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Textos Tóxicos —Inesperados casos de envenenamiento—

Habiendo puesto sobre la mesa del lector el hecho ponzoñoso de que todo lo que ingerimos puede envenenarnos si alcanzamos la dosis adecuada —lo que, por fortuna, es muchísimo más fácil de escribir que de hacer, pues: ¿quién, que no sea Popeye, puede comerse un costal de espinacas para intoxicarse con el ácido oxálico presente en sus hojas?—

Traemos ahora a este convite algunos casos sumamente inusuales en los que no es necesario consumir copiosas cantidades de cierto alimento, comúnmente inofensivo, para padecer pérdida de memoria, alucinaciones, entumecimiento de manos y pies y otros extraños efectos.

A veces, ni siquiera un detective especialista en venenos «tradicionales» —como el cianuro y la estricnina— de la talla de los imaginados por Agatha Christie, sería capaz de incluir, de entrada, a alguno de los alimentos de este artículo en la lista de los sospechosos.

El alucinante pez de los sueños —y de las pesadillas—

El turista que visita las playas mediterráneas no necesita peyote ni chamanes para gozar —o sufrir, según sea el caso— de una experiencia por entero alucinante: basta con que consuma un filete de buen tamaño del llamado dreamfish o «pez de los sueños», de la especie Sarpa salpa. Aunque aún se ignora cuáles son los compuestos que producen alucinaciones parecidas a las provocadas por el ácido lisérgico —lsd— en los inocentes comensales, se sospecha que estas toxinas son producidas por ciertas algas que sirven de alimento a este onírico pez, y que poco a poco se van acumulando en su escamosa piel.

Enterados de los efectos alucinógenos de este pez, durante el Imperio Romano el consumo de Sarpa salpa añadió un propósito recreativo al meramente nutricional, ya que permitía amenizar las comilonas —y, suponemos, también una que otra orgía—, mientras que en las islas polinesias se le empleaba con propósitos ceremoniales. En la actualidad, sin embargo, los reportes de alucinaciones por ingestión de Sarpa salpa son sumamente extraños; de hecho, en la literatura científica hay únicamente dos casos clínicos de ictioalienotoxismo —como se conoce en jerga médica al envenenamiento por ingestión de pescado y caracterizado por alucinaciones y otras perturbaciones en el sistema nervioso central— certificados desde la década de los noventa.

El protagonista del primero de estos incidentes fue un ejecutivo cuarentón que, en abril de 1994, más tardó en terminar su pescado durante una cena en la Riviera francesa que en sufrir náuseas y vomitarlo durante la noche. Al día siguiente su vista empezó a nublársele y comenzó a experimentar alucinaciones en las que aparecían animales agresivos gritando, por lo que decidió acudir al hospital a pie, en lugar de manejar, porque su auto estaba rodeado por gigantescos artrópodos —otra alucinación, por supuesto—. Estos psicodélicos efectos, junto con la memoria de ellos, desaparecieron a las 36 horas de haber ingerido el pez de los sueños.

La segunda anécdota con peces de los sueños se remonta a marzo de 2002, cuando un jubilado de 90 años comenzó a escuchar voces fantasmales —gritos humanos y chillidos de pájaros— a las dos horas de haberse preparado un filete de Sarpa salpa que compró a un pescador en la Riviera francesa —sí, de nuevo ahí, aunque ahora en Saint Tropez y no, como en el primer caso, en Cannes—. Aunque los efectos del pez de los sueños desaparecieron tres días después, lo único que provocó en el nonagenario durante dos noches fueron numerosas pesadillas.

La dulce y ponzoñosa miel loca

Un contador de nombre Benincasa fue devorado hasta los huesos por hormigas luego de quedar paralizado por el efecto narcótico de una poco común variedad de miel salvaje o silvestre. O al menos eso nos dice Horacio Quiroga en el cuento «La miel silvestre». Dejando el tema de las marabuntas asesinas para otro día y para otros autores —como García Márquez, por ejemplo—, tal vez Quiroga se inspiró en el envenenamiento por la llamada miel loca.

La miel loca contiene una sustancia tóxica conocida como grayanotoxina, que proviene del néctar de plantas de las especies Rhododendron luteum y Rhododendron ponticum, pertenecientes a la región forestal de Turquía, próxima al Mar Negro. Se han reportado algunos casos de maléfica —«locura melífica»— en los ee.uu., Corea, Alemania y Austria —lo que no descarta por completo que la miel silvestre de Quiroga estuviese libre de grayanotoxina.

El registro histórico más antiguo de los locos efectos de esta venenosa miel se deben al historiador y militar Jenofonte, quien describió cómo sus compañeros en armas, al consumir copiosas cantidades del alimento favorito del osito Pooh, empezaron a hacer locuras propias de borrachos y, en último término, a caer inconscientes por doquier, recuperando el sentido al día siguiente, si es que no siguieron drogados hasta tres o cuatro días después.

Aunque siglos después san Francisco de Sales se refería a otra cosa cuando dijo: «Se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre», en el año 97 a.C. el rey Mitrídates1 vi mandó colocar numerosos panales llenos de miel loca en el camino seguido por el ejército romano de Pompeyo, su enemigo, para así derrotar fácilmente a los pompeyanos consumidores de miel —no, de aquí no viene la frase «Están locos estos romanos», tantas veces dicha por Obélix en el cómic Astérix.

Como en el cuento de Horacio Quiroga —bueno, más o menos—, se sabe que la grayanotoxina presente en la miel loca puede provocar debilidad, mareo, adormecimiento de las extremidades, presión baja y síncopes. Basta una cucharada de miel —unos 15 gramos— para experimentar estos efectos y, si no se los comen las hormigas, los pacientes se recuperan por lo general luego de una o dos horas de haberla ingerido o, en casos severos, al día siguiente.

El árbol de la muerte: otra historia de manzanas envenenadas

La madrastra de Blancanieves se habría ahorrado el trabajo de preparar una manzana envenenada si el cuento hubiese ocurrido en un ambiente costero y, cerca de la playa, alguien hubiera plantado un árbol de la especie Hippomane mancinella, también conocido como «el manzanillo de la muerte».

Aunque tiene una apariencia similar a la de un manzano y sus frutos son igualmente parecidos a manzanas rojas, amarillas y, más comúnmente, verdes, el árbol mortal es tan tóxico que si alguien decide guarecerse de la lluvia bajo sus ramas, el agua que ha estado en contacto con sus hojas produce inflamación, ampollas y quemaduras en la piel. Si un moderno Robinson decide hacer una fogata con leña de este manzanillo, el humo puede causar inflamación de la córnea e, inclusive, ceguera. Y comer varias de sus manzanillas de olor dulce y agradable daría como resultado la muerte de aquel desprevenido imitador de Blancanieves, sin que haya príncipe azul que consiga despertarlo.

Este buen árbol, cuya sombra no cobija a quien a él se arrima, crece en las costas de Florida, Centroamérica, las islas del Caribe, Sudamérica y el oeste de África. Los indios caribes usaban la savia del manzanillo letal para, a semejanza de los indios amazónicos con el curare, impregnar las puntas de sus flechas envenenadas. Pero no desaprovechaban ninguna parte de este árbol, ya que empleaban sus hojas para envenenar los suministros de agua de sus enemigos y amarraban a sus cautivos sobrevivientes al tronco del manzanillo, con lo que les provocaban una muerte lenta y dolorosa. El explorador Juan Ponce de León es, posiblemente, la víctima más famosa del árbol letal, no por morder una de sus manzanas, sino por haber sido alcanzado por una flecha envenenada con su savia —si bien otras versiones exculpan de esta muerte al manzanillo.

La literatura médica moderna reporta casos de muerte de humanos y ganado que han consumido frutas y hojas de Hippomane mancinella. Si alguien come una manzanilla de esta especie, sufrirá un edema faríngeo que hará necesaria una traqueotomía —o, en palabras menos técnicas y más alarmantes: que nos agujeren el cuello hasta la tráquea y nos introduzcan un tubo para que podamos respirar—. Hay también casos menos graves, si bien bastante embarazosos, de turistas que han usado las hojas del árbol de la muerte como sustituto del papel higiénico, y de niños que han cargado manzanas mortales dentro de sus trajes de baño, con resultados inolvidables en sus regiones perianal y genital —para decirlo de la manera más amable posible.

Esperamos que anécdotas tan escabrosas como las anteriores no le quiten el apetito al lector, ya que, como señalamos al principio de este texto, es extremadamente raro que en el próximo banquete al que asistamos degustemos una ensalada de manzanas orgánicas cortadas del árbol de la muerte, seguida de un filete de pez de los sueños como plato principal y, para terminar, un postre endulzado con miel loca. Y, si esto ocurre, le aseguramos que, por lo menos, su nombre, quedará inmortalizado, si no en la historia de los envenenamientos, sí en las páginas de Algarabía.

❉❉❉

  1. El tema de los venenos, al parecer, envenenaba a Mitrídates, pues quizá experimentó con varios de ellos e inventó una mezcla, a la que llamó mitridato, cuyo consumo cotidiano aumentaría su resistencia a los efectos del envenenamiento hasta hacerlo inmune a éstos. Esta práctica es ahora conocida en su honor como mitridatismo y, con lo que Mitrídates no contó, fue con que envenenarse fuera algo necesario ante su derrota por Pompeyo: al no poder suicidarse envenenado, tuvo que ordenar a uno de sus oficiales que lo matara con su espada.

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