Escuchar la música de Mozart nos hace más inteligentes

Si tuviésemos que elegir una de las estrategias más populares y socorridas que como padres hemos seguido para estimular tempranamente a nuestros hijos, no habría mejor manera que familiarizarlos desde el útero con las arias de «La flauta mágica», pues está «científicamente comprobado» que su música actúa como una masajista mental que hace que se ejercite hasta la neurona más floja de los miles de millones que hay en la cabeza de los portadores de nuestros genes.

A más de quince años de la publicación del artículo científico que originó esta «mozartmanía», aún merece la atención de científicos y legos por igual cómo fue que el llamado «efecto Mozart» se convirtió en una leyenda científica según la cual nos bastaría con escuchar en nuestro iPod piezas como su «Sinfonía No. 40» o la «Pequeña serenata nocturna» para entender finalmente ese problema que necesitamos resolver en el examen extraordinario de Cálculo.

Recientes investigaciones han revelado que escuchar la música de Mozart tiene efectos positivos en la habilidad verbal, la inteligencia espacial, la creatividad, la intuición y la memoria.

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La realidad es que jamás existió un estudio científico que afirmara que el simple acto de escuchar a Mozart, con total pasividad y sin esfuerzo mental alguno de nuestra parte —pues una cosa es escucharlo y otra, muy distinta, aprender a tocar su «Concierto No. 21» en piano—, nos vuelva más inteligentes.

Inicia el mito

Todo comenzó en 1991, con un libro escrito por Alfred A. Tomatis, médico francés especialista en otorrinolaringología: Pourquoi Mozart —Por qué Mozart—. En su obra, Tomatis propone terapias musicales para tratar trastornos neurológicos como la dislexia, el autismo y los problemas del aprendizaje. Este médico bautizó como «efecto Tomatis» a lo que, según él mismo, se traducía en una mejora en la salud de sus pacientes con problemas de aprendizaje o de conducta, mediante músicoterapia mozartiana, llegando incluso a curarse casos de depresión.

Es en su libro donde, por primera vez, se hace alusión a un «efecto Mozart». ¿Y por qué este compositor en particular? Afirma Tomatis: «Porque Mozart tuvo una vida prenatal excepcional. Su madre, que vivió un embarazo feliz, impregnado de música y del amor de su marido —talentoso compositor—, le pudo transmitir al feto el deseo de nacer, de vivir y de comunicar con la misma fuerza que lo deseaba. Wolfang gozó de un entorno familiar y musical formidable, que le permitió codificar su sistema nervioso sobre ritmos fisiológicos verdaderos, universales, cósmicos…».

En resumen, aunque Tomatis fue quien acuñó el término, no es el responsable del mito que asocia a Mozart con el supuesto incremento en la inteligencia de quien lo escucha. La semilla de esta leyenda urbana fue la publicación en 1993 de un artículo científico titulado «Music and spatial task performance» —«Música y desempeño en tareas espaciales»—, escrito por Frances H. Rauscher, Gordon L. Shaw y Katherine N. Ky, del Centro para la Neurobiología del Aprendizaje y la Memoria de la Universidad de California

Rauscher y sus colegas reportaron los resultados de un experimento en el que 36 estudiantes universitarios —primera llamada de alerta: no se trató de niños ni bebés, mucho menos fetos en el vientre materno— resolvieron, todos ellos, bajo tres condiciones distintas, diferentes tareas de razonamiento espacial procedentes del test de inteligencia de Stanford-Binet —segunda llamada de alerta: se trata únicamente de razonamiento espacial, nadie habló de habilidad verbal, creatividad, intuición y memoria.

Antes de resolver las tareas, durante diez minutos todos los estudiantes tenían que: 1) escuchar la «Sonata para dos pianos en Do mayor, K448»; 2) escuchar una cinta de relajación; o 3) permanecer sentados en silencio.
En la condición 1 —después de escuchar a Mozart—, los estudiantes obtuvieron de 8 a 9 puntos más, en la escala que mide el Coeficiente de Inteligencia, que en las otras dos condiciones, cuyos resultados no difirieron entre sí. Esta mejora en la condición musical fue notablemente temporal: no duró más allá de los quince minutos, durante los cuales los estudiantes resolvieron las tareas espaciales —tercera llamada de alerta: nadie dijo que fuera un efecto duradero, mucho menos, permanente.

Tan sólo a cinco años de la publicación del artículo científico, el auténtico efecto del «efecto Mozart» era innegable: en 1998, el estado de Georgia decidió distribuir gratuitamente discos compactos de música clásica a madres primerizas y en Florida no se quedaron atrás, dado que ese mismo año sus senadores destinaron parte del presupuesto a guarderías, para que sus pequeños huéspedes y futuros votantes escucharan música clásica durante toda su estancia.

El verdadero culpable de la popularización masiva del «efecto Mozart» fue el libro de un antiguo compositor, Don Campbell, titulado El efecto Mozart: tocando el poder de la música para sanar el cuerpo, fortalecer la mente y liberar el espíritu creativo (1997). De lo que no queda duda es de que Mozart liberó el espíritu capitalista de Campbell, pues no tardó ni un movimiento de una de sus sonatas en convertir «The Mozart Effect» en marca registrada.

Lee más acerca de este mito y de otros más —como si es verdad que sólo usamos 10% de nuestro cerebro, si el sol es de color amarillo o si es necesario beber ocho vasos de agua al día— en nuestro libro del mes: Mitos de la ciencia, de Algarabía LIBROS.


imagen: Leopoldo Mozart, padre de Maria Anna Mozart, de once años, y de J.-G Wolfgang Mozart, de siete años. The British Museum