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Frankenstein, ancas de rana y evolución

Por los años 1800, el fisiólogo italiano Luigi Galvani presentó ante la Academia de Ciencias de Bolonia un descubrimiento que le haría pasar a la historia. Mediante la estimulación eléctrica de unas ancas de rana lograba hacer que éstas se movieran, tuvieran contracciones e incluso saltaran de vez en vez. Él refirió que el descubrimiento había sido realizado por una persona adscrita a su laboratorio.

Lo que nunca dijo, es que ese «alguien» había sido su mujer, la cual descubrió por mera serendipia, mientras cocinaba, que las ancas de rana eran estimuladas al juntar electrodos metálicos de cobre.

Tal acontecimiento habría pasado inadvertido de no ser porque durante todo el siglo xvii se había desarrollado en Europa un debate sobre cuál era la fuerza vital de los organismos, la llamada vis viva, pues ya desde el barroco Leibniz y otros filósofos naturales habían señalado la nula necesidad de Dios para explicar a los organismos vivos, dejando un vacío en el lugar que tradicionalmente ocupara el alma o, en todo caso, dejando al alma en un limbo de inexistencia material.

Así, ante el hallazgo de Galvani y con la llamada filosofía mecanicista de Newton imperando, se veía entonces por primera vez en la historia la posibilidad real de explicar la vida con principios materiales.

La electricidad fue vista como la fuerza motriz de todo lo vivo, siendo más intensa en los animales que en las plantas y asociándose su existencia con el calor, producto de la vida y la biogénesis de compuestos orgánicos.

Las demostraciones de la existencia de esa fuerza y su importancia rápidamente se extendieron por Europa, y la costumbre de dar choques a los cuerpos muertos de animales pasó entonces a ser un eje de la educación universitaria dieciochesca y decimonónica. La electricidad era la naturaleza material del alma.

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La idea se transformaría de tal forma que durante gran parte del siglo xix sería un espectáculo común el acudir a los anfiteatros para observar los cuerpos de criminales ahorcados siendo estimulados y, con ello, moviéndose y abriendo los ojos y la boca como si el individuo fuese a emitir alguna pronunciación.

Así las ideas de la electricidad como fuerza vital se hicieron parte de la sabiduría popular y serían llevadas a la sublimación en la novela Frankenstein o el nuevo Prometeo (1818) de Mary Wollstonecraft Shelley. La novela —precursora del romanticismo— es una apología de la ciencia y la medicina como métodos de curar y entender la vida.

La red continúa con Charles Darwin, quien en 1871 escribió una carta en la que hacía constar el problema del origen de la vida, uno de los puntos más frágiles de su teoría de la evolución. Para él era claro que la vida había surgido en el pasado remoto de la Tierra, sin la acción de Dios y gracias a la presencia de una serie de factores y condiciones. Entre ellos estaban: la luz, el calor, una serie de moléculas y, claro está, la electricidad, que llevaría un rol esencial en los procesos que darían origen a los primeros seres vivos a partir de la materia orgánica.

¿Cuál es hoy la influencia de la evolución o de las teorías del origen de la vida como producto de la interacción de materia y energía?

Sigue leyendo sobre el tema en Algarabía 12.

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