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Elíxir de pasión —en busca de la «droga del amor»—

La ciencia explica qué pasa con nuestro cerebro durante el enamoramiento y cómo actúa la oxitocina, conocida como la droga del amor.

Esta historia comienza muchos siglos antes de que la psicología —primero—, la neurobiología y la neuroquímica —después— se interesaran en observar y describir los nada sutiles cambios en la conducta de los enamorados. Y también en entender qué pasa en nuestros cerebros cuando alguien «nos ha sorbido el seso», como consecuencia de cambios en las concentraciones de muy diversos químicos —o drogas— presentes en nuestro organismo.

«...Procura, hija mía, que sólo ellos prueben este brebaje / porque tal es su virtud que quienes lo beban juntos se / amarán con todos sus sentidos, con todo su espíritu, para / siempre, en la vida y en la muerte...» Joseph Bédier, Romance de Tristán e Isolda.

El anhelo de modificar artificialmente, a favor nuestro, los sentimientos de la persona que deseamos con pasión es universal y, animales como somos, tiene su fundamento evolutivo, dado que la selección natural favorece a los Don Juanes o Casanovas que consiguen pareja y pueden reproducirse y pasar sus genes con éxito a la siguiente generación, respecto de aquellos cuyos amores no son correspondidos.

Enfrentados a este reto, es entendible que en cuentos y leyendas de todo el orbe, y en la literatura de todos los tiempos, se hable de encantamientos para conseguir el corazón del ser amado; en todos ellos, la forma más rápida y sencilla de lograrlo es mediante una poción de amor.

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Los componentes del brebaje amatorio varían según el tiempo y el lugar del que se trate; desde una manzana colocada bajo nuestra axila durante un día entero, que luego se le da de comer al amado —pasando por el mexicanísimo toloache—, hasta remedios caseros y disponibles en Internet a bajo costo con ingredientes tan comunes en cualquier cocina, como canela, tomillo y romero. Aunque poco higiénica, la historia de la manzana enamorante podría tener una explicación desde el punto de vista inmunitario: hay estudios que muestran que, al elegir una pareja únicamente con base en el olor, es más probable que las mujeres escojan a alguien con anticuerpos diferentes a los suyos, por lo cual, si llegan a aparearse con ese alguien, el fruto de su amor tendrá un sistema de defensa más completo.

Y si de toloache hablamos, es probable que su fama como pócima de amor se deba más a uno de los efectos de ingerir esta planta de la especie Datura inoxia, que contiene escopolamina, alcaloide que, en dosis pequeñas, tiene una acción sedante, nos relaja y nos lleva a un estado similar al atolondramiento que tradicionalmente —y con cierta razón, como veremos más adelante— asociamos con quien está «locamente» prendado de una persona: adormecimiento, dificultad para hablar, reflejos tardíos... Véase cualquier animación clásica de Disney en la que uno de sus personajes se enamora a primera vista.

La apasionante neurociencia detrás del amor

Gracias a diversas tecnologías, como las imágenes por resonancia magnética, los neurobiólogos pueden determinar qué regiones de nuestro cerebro se activan cuando pasamos por alguna de las tres románticas etapas con las que los investigadores clasifican el enamoramiento, con base en los cambios que ocurren en nuestro cerebro: lujuria, atracción y apego.

«Te llevo en la sangre siempre como un vicio», Amaury Gutiérrez.

Durante la etapa de lujuria buscamos la unión sexual con cualquier pareja que esté disponible. En la de atracción elegimos, de entre los candidatos posibles, aquél que consideramos adecuado —un adjetivo que abarca distintas características, dependiendo de si el «lujurioso» es un macho o una hembra—. En la etapa de apego decidimos permanecer al lado del compañero elegido, si bien el tiempo de permanencia varía, de meses a años. De nuevo hay una razón evolutiva para ello: el tiempo que tarda una pareja de nuestra especie en asegurar las posibilidades de supervivencia de un bebé al mantenerse juntos, o al menos así fue durante los cientos de miles de años anteriores a nuestra era moderna.

Los estudios revelan que, como si de un indio amazónico se tratara, Cupido ha puesto en la punta de sus flechas muy diversos químicos que modulan nuestro comportamiento y fisiología en cada una de estas fases. Siendo más precisos, cuando escribimos «los estudios revelan» nos referimos, en buena parte, no a experimentos con nuestra especie, en la que usar un coctel de drogas para intensificar o reducir alguna de las etapas citadas en un grupo de voluntarios podría no ser visto como algo demasiado ético —haciendo por un instante a un lado el problema de hallar un número suficientemente grande de enamorados que desearan poner a prueba la fuerza química de su amor—, de lo que hablamos en realidad es de trabajos con perritos de la pradera y perritos de la montaña —de la especie Microtus ochrogaster y Microtus montanus, que, a pesar de lo que indica su nombre, son roedores, no caninos.

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Los perritos de la pradera son monógamos, mientras que sus parientes montañeses son polígamos. Las dos especies resultan muy útiles para averiguar si basta con administrarles x o y compuesto para que un —hasta ese momento leal a su pareja— perrito de la pradera decida que es momento de quitarle el diminutivo a su nombre y copular con cuanta perra —perdón, perrita— se le ponga enfrente.

La evidencia es apabullante: sí es posible modificar químicamente y de manera determinante el amor, en términos de la facilidad con que se forman vínculos afectivos en una pareja de estos pequeños mamíferos cuando se les suministran dosis de las hormonas vasopresina a los machos y oxitocina —popularmente conocida como «la droga del amor»— a las hembras. Resultados similares se han visto en estudios relativos a nuestra especie.

Un coctel químico de amor

En nuestra especie los siguientes compuestos están involucrados en una o más de las tres etapas del enamoramiento:

Dopamina. Del inglés dopa, abreviatura de dihidroxifenilalanina, precursora de esta hormona y neurotransmisor —sustancia química que permite la comunicación entre neuronas— responsable de los estados eufóricos de alegría y placer, como los que experimentamos al tomarnos de la mano e intercambiar miradas con el objeto de nuestro afecto.

Feniletilamina. Amina, alcaloide y neurotransmisor, es una droga que produce nuestro cuerpo cuyo efecto es parecido a doparnos con anfetaminas: estimula el sistema nervioso de forma tan intensa que nos lleva a «perder el sueño» —literal— pensando en la persona amada. Esta sustancia también se encuentra en algunos alimentos como el chocolate.

Norepinefrina. Del latín norma, ‘regla, norma’, y del griego έπί, epí, ‘sobre’, y νεφρός, nephros, ‘riñón’, también conocida como noradrenalina, hormona y neurotransmisor que incrementa la presión sanguínea, por no hablar de cómo acelera nuestro músculo cardiaco, lo que en otras palabras significa que, como si fuera letra de una canción cursi: «Mi corazón late con desenfreno cada vez que pienso en ti».

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Oxitocina. Del griego όξύς, oxys, ‘agudo, rápido’, y τόκος, tokos, ‘parto’, hormona formada en el hipotálamo que afecta positivamente comportamientos como la empatía, la confianza y la generosidad, por lo que juega un papel importante en la formación de lazos afectivos tanto entre amantes como en cualquier otra relación interpersonal; sin embargo, investigaciones recientes advierten que también intensifica sentimientos negativos como la envidia y el regodearse con el fracaso de otros, por lo que habría que pensarlo dos veces antes de comprar alguno de los frascos de oxitocina disponibles en Internet.

Serotonina. Del latín serum, ‘suero’, y del griego τόνος, tonos, ‘tensión’. Neurotransmisor del sistema nervioso central que al enamorarnos nos transforma en algo parecido a un paciente con trastornos obsesivo compulsivos, como ver cada cinco segundos el celular con la esperanza de que nuestro amorcito haya respondido nuestro último mensaje.

Testosterona. Del latín test(i), ‘testículo’, del griego στερ, -ster, y el sufijo -ona, significa ‘hormona esteroide’. Esta palabra fue creada en 1935 
para designar a la hormona producida en los testículos del macho y en los ovarios de las hembras, que incrementa el deseo sexual en ambos. Estudios señalan que existen feromonas humanas, presentes en el sudor, que podrían sernos de utilidad a la hora de buscar pareja, pero esto es debatible y al parecer el olfato no es la principal arma de los «soldados del amor», lo que no ha sido obstáculo para que en diversos medios se ofrezcan colonias con nombres al estilo de «CliMax Attract: Atrayente sexual para Él», acompañadas de la leyenda «máximo atractivo sexual gracias a su fórmula concentrada con 23 mg de feromonas».

Vasopresina. Del latín vās(um), ‘vaso,
conducto’, y pres, ‘oprimir, ser oprimido’.
«La hormona de la monogamia», junto
 con la oxitocina, está relacionada con los sentimientos de tranquilidad y estabilidad
 que sentimos durante una relación a largo plazo.

Si quieres conocer más sobre la química del amor, consulta Algarabía 117.

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