Sin categoría

El gran ¡Ooohhhhh! —La ciencia del orgasmo—

Para alcanzar el clímax sexual se requiere de una laboriosa complicidad entre estímulos psicológicos y sensoriales, y también de que ciertas áreas críticas del cerebro «se queden mudas».

Las nueve décimas partes de lo que se atribuye a la sexualidad son obra de nuestro magnífico poder de imaginar, el cual ya no es un instinto, sino todo lo contrario: una creación.

José Ortega y Gasset

Lejos de ser temas puramente hormonales, el apetito sexual y el orgasmo están sujetos a diversas circunstancias que afectan al cerebro y al sistema nervioso, y que controlan las glándulas sexuales y los genitales; algunas de estas influencias tienen más bien que ver con las circunstancias sociales y con estímulos visuales y sensoriales.

Tomografías del cerebro de hombres y mujeres revelan que el orgasmo involucra más que una desbordada excitación sexual: se requiere la liberación de las inhibiciones y del autocontrol, para así desconectar el centro de vigilancia cerebral y de varias áreas que rigen los pensamientos y las emociones. En los escaneos cere¬brales hechos durante el orgasmo, los centros de placer del cerebro tienden a iluminarse —sobre todo en los hombres— revelando cómo el sistema de recompensas crea un incentivo para buscar más encuentros sexuales, esto, obviamente conlleva claros beneficios para la supervivencia de la especie.

Sexo en círculos

Para entender cabalmente el fenómeno, es conveniente recapitular la investigación científica sobre la sexualidad humana: entre los años 20 y 30 del siglo xx, algunos investigadores identificaron ciertas hormonas sexuales como el estrógeno y la testosterona. En la década siguiente, el biólogo Alfred Kinsey —en Sexual Behavior in the Human Male y Sexual Behavior in the Human Female— presentó su primer reporte sobre prácticas sexuales, el cual abrió un nuevo diálogo acerca de la sexualidad humana. En él no sólo se abordaban temas como la masturbación, la homosexualidad y el orgasmo, que mucha gente considera tabúes, sino que se revelaba la sorprendente frecuencia con que la gente se engancha e involucra en incontables variedades de relaciones sexuales. Con esto, Kinsey inauguró la «ciencia del sexo», allanando el camino a otros que interpretarían de manera diferente las estadísticas del reino de la biología.

En los años 60, el ginecólogo William Masters y la psicóloga Virginia Johnson describieron por primera vez el ciclo de respuesta sexual que a saber comienza con la excitación, la sangre se precipita al pene del hombre; el clítoris, la vulva y la vagina se dilatan y humedecen; poco a poco, se llega a la meseta, en la que se está completamente excitado —pero todavía no se alcanza el orgasmo—, y después de ésta, se llega a la fase de la conclusión, en la cual los tejidos regresan a la etapa previa a la excitación.

En 1970, la psiquiatra Helen Singer Kaplan añadió, basada en su experiencia como terapeuta sexual, una pieza clave en este ciclo: el deseo. En su modelo de tres etapas, el deseo precede a la excitación, para luego dar paso al orgasmo. Y debido a que el deseo es meramente psicológico, Kaplan insiste en la importancia de la mente en la experiencia sexual e identifica la ansiedad, la actitud defensiva y los problemas de comunicación como fuerzas destructoras de esta experiencia.

A finales de la década de los 80, la ginecóloga Rosemary Basson propuso un ciclo sexual circular. Ella sugería que el deseo podría llevar a una estimulación genital, al mismo tiempo que ésta avivaría este deseo —contrariando la idea de que el orgasmo es el clímax de la experiencia sexual— y afirmaba que una persona puede sentirse sexualmente satisfecha en cualquiera de las etapas que llevan al orgasmo, el cual, por lo tanto, no es siempre el objetivo último de la actividad sexual.

Diseccionando el deseo

Dada la importancia del deseo en este ciclo, los investigadores han buscado descifrar su «receta secreta». La sabiduría popular dice que el deseo del hombre se dispara por estímulos sensoriales simples, como los visuales y táctiles; los hombres se excitan fácilmente a través de la vista, lo que explica el éxito de revistas como Playboy, mientras que el deseo de la mujer está más enfocado en un conocimiento emocional y más amplio de la situación, al hecho de que se sientan cómodas, seguras y que perciban un «lazo real» con el otro.

Sin embargo, un estudio reciente demuestra que el estímulo visual también excita a las mujeres, lo cual se comprobó al evaluar el nivel de excitación en mujeres y hombres, homosexuales y heterosexuales, mientras veían fragmentos de películas eróticas en las que salían personas del mismo sexo teniendo sexo, hombres y mujeres masturbándose o ejercitándose desnudos, así como coitos heterosexuales y hasta apareamiento entre bonobos.

Un coctel de sensaciones

La importancia de las influencias sensoriales y emocionales en el orgasmo puede diferir entre los dos sexos, quizá por sus diferencias evolutivas. El orgasmo en los hombres está vinculado directamente con la reproducción, por medio de la eyaculación, mientras que en la mujer tiene un papel más sutil en términos evolutivos —ayudar en la retención del esperma o crear un lazo afectivo con su pareja—. Así, el orgasmo femenino se desarrolló por razones de evolución sociocultural y es quizá por eso que involucra pensamientos y sentimientos aún más complejos que el de los hombres.

Dejar el miedo a un lado

Los investigadores han intentado confirmar esta suposición estudiando la actividad cerebral durante el orgasmo masculino y femenino. En un estudio, once mujeres estimularon el pene de sus parejas hasta lograr la eyaculación, mientras los investigadores escaneaban los cerebros de estos últimos. Durante la eyaculación, encontraron una extraordinaria activación del máximo centro del sistema de recompensas del cerebro —equiparable a la que produce la heroína—. La conclusión fue que, como la eyaculación provee de espermas al aparato reproductor de la mujer, es crucial para la reproducción de las especies favorecer la eyaculación como la mayor recompensa. También se observó una intensa actividad en las regiones del cerebro involucradas con la memoria visual y con la visión misma. La actividad de la amígdala, el centro cerebral de vigilancia y del miedo, decayó durante la eyaculación.

De nuevo, para averiguar si el orgasmo del hombre «lucía» más que el de la mujer, los científicos pidieron a doce hombres que estimularan el clítoris —el sitio que más fácil permite obtener un orgasmo— de sus parejas hasta que llegaran al clímax. Cuando la mujer alcanzaba el orgasmo, ocurría algo inexplicable: gran parte de su cerebro permanecía en silencio. Las regiones cerebrales menos activas se asentaban en la región que gobierna el autocontrol de los deseos primarios, así como en la región de la corteza que juega un papel en el razonamiento moral y la opinión de la sociedad.

La actividad cerebral en la amígdala también decayó, como en el caso del hombre, pero en mayor medida. La conclusión fue que el miedo y la ansiedad necesitan evitarse a toda costa si la mujer quiere alcanzar el orgasmo. Algo que ya sabíamos, pero que ahora pudo comprobarse buscando en las profundidades del cerebro.

¿Píldora del placer?

Cuando se esclarezcan las conexiones entre el orgasmo, la reproducción y los sentimientos, puede que se produzcan mejores alternativas sexuales que no serán puramente hormonales, sino más bien tácticas que se enfoquen en la mente. También los científicos están tratando de descubrir un nuevo fármaco que actúe sobre el sistema nervioso y que regule impulsos como el apetito y el sexo, pero aún los milagros de este tipo no existen. Más vale mientras tanto no analizar demasiado este momento de intenso placer y sólo dejarse ir «flojito y cooperando».

Si quieres saber más del tema, consulta el libro La ciencia platicadita iiem> de Algarabía Libros.

⎯Fragmento extraído de La ciencia platicadita ii; México: Colección Algarabía, 2011; pp. 149-155.

Optimization WordPress Plugins & Solutions by W3 EDGE