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Darwin defiende su Teoría de la evolución de las especies

En el capítulo XIV de su libro «El origen de las especies», Charles Darwin explica porqué está plenamente convencido de que su Teoría de la evolución de las especies es real.

A la mitad del siglo xix, Charles Darwin conmocionó al mundo con su teoría de la evolución de las especies, pues desafiaba las ideas bíblicas de la creación divina. Pero, ¿el mismo Darwin se había dado cuenta de la magnitud de sus descubrimientos? Conoce cuáles eran las reflexiones de este científico al poco tiempo de ser aceptada su teoría, que estableció las bases de la biología moderna.1 Este texto fue extraído del capítulo XIV de: Charles Darwin, El origen de las especies, Madrid: EDAF, 1981. [Trad. de Aníbal Froufe.]

—primera parte—

Recapitulo ahora los hechos y consideraciones que me han convencido por completo de que las especies se han modificado, durante un largo proceso de descendencia.

Estoy convencido de que la selección natural ha sido el principal, pero no el exclusivo medio de modificación. «El origen de las especies»

Esto se ha realizado principalmente por la selección natural de numerosas variaciones sucesivas, ligeras y favorables, auxiliada, de modo importante, por los efectos hereditarios del uso
 y desuso de las partes, y de un modo accesorio, por la acción directa de las condiciones externas y por variaciones que, en nuestra ignorancia, nos parece que surgen espontáneamente.

La fuerza de la tergiversación

Parece que en otro tiempo rebajé la frecuencia y el valor
 de estas últimas formas de variación, en cuanto que conducen a modificaciones permanentes de conformación, independientemente de la selección natural. Pero como mis conclusiones han sido recientemente muy tergiversadas, y se ha afirmado que atribuyo la modificación de las especies exclusivamente a la selección natural, me permito hacer observar que en la primera edición de esta obra, y en las siguientes, puse en lugar bien visible —o sea, al final de la Introducción en ambas— las siguientes palabras: «Estoy convencido de que la selección natural ha sido el principal, pero no el exclusivo medio de modificación.»

Esto no ha servido de nada. Grande es la fuerza de la tergiversación continua; pero la historia de la ciencia demuestra que, afortunadamente, esta fuerza no perdura mucho tiempo.

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Difícilmente puede admitirse que una teoría falsa explique
 de un modo tan satisfactorio, como lo hace la teoría de la selección natural, las diferentes y extensas clases de hechos antes especificados. Recientemente se ha hecho la objeción de que éste es un método peligroso de razonar; pero es un método utilizado al juzgar los acontecimientos comunes de 
la vida y ha sido utilizado muchas veces por los más grandes filósofos de la naturaleza.

De este modo se ha llegado a la teoría ondulatoria de la luz; de igual modo, la creencia en la rotación de la Tierra sobre su eje hasta hace poco tiempo no se apoyaba en ninguna prueba directa. ¿Quién puede explicar qué es la esencia de la atracción de la gravedad? Nadie se opone actualmente a seguir las consecuencias que resultan de este elemento desconocido de atracción, a pesar de que Leibnitz2 Gottfried Wilhelm Leibnitz (1646-1716), filósofo y matemático alemán que afirmó que no existe una sustancia única, sino una pluralidad de ellas, las llamadas mónadas. Distinguió entre verdades de razón, basadas en el principio de contradicción, y verdades de hecho, que están fundamentadas en el principio de razón suficiente. También desarrolló el cálculo infinitesimal con independencia de los trabajos de Newton. [Todas las notas son de la edición.] acusó ya a Newton de introducir «propiedades ocultas y milagrosas en la filosofía».

No veo ninguna razón válida para que las opiniones expuestas en este libro hieran los sentimientos religiosos de nadie. Es suficiente, como demostración de lo pasajeras que son tales imprecisiones, recordar que el mayor descubrimiento que jamás ha hecho el hombre —o sea, la ley de la atracción de la gravedad—, fue también atacada por Leibnitz, «como subversiva de la religión natural y, por consiguiente, de la revelada».

Un famoso autor y teólogo me ha escrito diciéndome que «poco a poco ha sabido comprender que es una concepción igualmente noble de la Deidad creer que ésta ha creado unas pocas formas primitivas capaces de desarrollarse por sí mismas en otras formas necesarias, como creer que ha necesitado un acto nuevo de creación para llenar los huecos producidos por la acción de sus leyes».

La verdad de lo mutable

Cabe preguntarse por qué, hasta hace poco tiempo, todos los naturalistas y geólogos contemporáneos más eminentes no creían en la mutabilidad de las especies. No puede afirmarse que los seres orgánicos, en estado de naturaleza, no estén sometidos a ninguna variación [...]. No puede sostenerse que las especies, cuando se cruzan, sean invariablemente estériles y las variedades invariablemente fecundas, ni que la esterilidad sea un don y un signo especial de creación.

La creencia de que las especies eran producciones inmutables fue casi inevitable mientras se creyó que la historia del mundo era de breve duración; pero ahora que hemos adquirido alguna idea del lapso transcurrido, somos demasiado propensos a admitir, sin pruebas, que el archivo geológico es 
tan perfecto que debería proporcionarnos pruebas evidentes de la mutación de las especies, si éstas hubiesen experimentado mutación.

Si bien Charles Darwin se mostraba plenamente convencido de los datos y opiniones que plasmó en su libro, no esperaba convencer a los naturistas de su época.

Pero la causa primordial de nuestra renuncia natural a admitir que una especie ha dado origen a otra especie distinta es que siempre nos tardamos en admitir grandes cambios cuyos grados intermedios no vemos. La dificultad es la misma que la que sintieron tantos geólogos cuando Lyell3 Charles Lyell (1797-1875), importante geólogo escocés, considerado el padre de la geología moderna y uno de los representantes más destacados del uniformismo, que sostiene que los fenómenos geológicos pasados son uniformes, excluyendo cualquier fenómeno catastrófico. sostuvo por vez primera que los agentes que aún vemos en actividad han formado las largas líneas de acantilados del interior y han excavado de los grandes valles.
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Quizá la mente no puede siquiera abarcar toda la significación de la expresión «un millón de años»; no puede sumar y percibir todos los resultados de muchas pequeñas variaciones acumuladas durante un número casi infinito de generaciones.

Aunque estoy plenamente convencido de la verdad de 
las opiniones expuestas en este libro bajo la forma de
 un compendio, no espero en modo alguno convencer a experimentados naturalistas cuya mente está llena de una multitud de hechos vistos todos —durante un largo transcurso de años— desde un punto de vista diariamente opuesto al mío.

Es muy cómodo ocultar nuestra ignorancia bajo expresiones tales como el «plan de la creación», «unidad tipo», etcétera, y creer que damos una explicación cuando tan sólo volvemos a enunciar un hecho. Todo aquel cuya disposición natural le lleve a dar más importancia a las dificultades no aclaradas que a la explicación de cierto número de hechos, rechazará seguramente la teoría.

Algunos cuantos naturalistas dotados de mucha flexibilidad mental, y que han empezado ya a dudar de la inmutabilidad de las especies, tal vez puedan ser influidos por este libro; pero miro con confianza hacia el porvenir, hacia los jóvenes 
y moderados naturalistas, que serán capaces de ver los dos aspectos de la cuestión con imparcialidad.

Quienquiera que sea movido a creer que las especies son mudables, prestará un buen servicio expresando concienzudamente su convicción, pues sólo de esta manera puede desaparecer la carga de prejuicios que pesa abrumadoramente sobre este asunto.

Texto publicado en Algarabía 76. Para leer la segunda parte del artículo, consulta Algarabía 77.

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