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Alejo Carpentier

Alejo Carpentier

Él era un amante incondicional: comprendía como pocos lo han hecho, las contradicciones y problemáticas arraigadas profundamente en las raíces de Latinoamérica y aún así nunca dejó de profesarle su adoración.

Desde una edad temprana manifestó una inteligencia prodigiosa y a los siete años ya tocaba a Chopin en el piano. A pesar de que sus biógrafos no concuerdan en si su nacimiento tuvo lugar en La Habana o en Suiza, se sabe que sus padres lo introdujeron a la literatura clásica y a la música a una temprana edad.

George Julián Carpentier, un arquitecto francés y prodigioso chelista y Lina Valmont, profesora de idiomas y pianista, se establecieron en La Habana en alrededor de 1908, pero siempre llevaron como acompañante a su hijo durante sus viajes por Europa, dotando a Alejo de una rica formación multicultural.

A pesar de sus evidentes inclinaciones por la literatura, que se manifestaron en numerosos cuentos y escritos que realizaba en su tiempo libre, Alejo se sintió obligado a seguir el modelo paternal y comenzó en 1922 sus estudios en arquitectura. Rápidamente se dio cuenta de que ésa no era su profesión y abandonó la escuela para dedicarse al periodismo.

Carpentier encontró en el periodismo cultural una forma de canalizar su pasión por la música y la literatura.

Ni siquiera tenía la mayoría de edad cuando comenzó a publicar en la prensa cubana, por lo que sus primeros textos aparecieron bajo el nombre de su madre. Su labor como crítico continuaría durante el resto de su vida, acumulando más de 4000 artículos dispersos en distintos periódicos. El último de sus escritos periodísticos lo termino en la mañana de su propia muerte.

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La sensibilidad del escritor lo llevó a participar activamente en la política social de Cuba y se involucró en grupos que protestaban contra la corrupción gubernamental y la injerencia estadounidense en la política de la isla. Durante esa época ingresó de llenó al círculo de intelectuales latinoamericanos y trabó amistad con Diego Rivera y José Clemente Orozco.

La actividad política de Carpentier lo hizo blanco de una persecución anticomunista impulsada por el gobierno cubano. En 1927, el escritor se une a otros intelectuales y firma un acta de protesta contra la dictadura de Gerardo Manchado. Es encarcelado bajo sospecha de ser comunista y se ordena su deportación. Carpentier se resiste legalmente a la expulsión, declarándose «cubano de nacimiento».

También, Carpentier fue uno de los primeros en comentar las reacciones del público ante el cine sonoro.

Para sobrevivir a la rutina del encarcelamiento, escribe su primera novela. ¡Écue-Yamba-Ó! (1993), un relato afrocubano que contrasta la disparidad del ambiente rural con el urbano, es publicada después de que Carpentier fue liberado, tras dos semanas de encierro.
El escritor la consideraba una obra imperfecta, digna de un novato, que no estaba a la altura del resto de su trabajo y prohibió la reimpresión de aquella.

Años después, cuando una editorial pirata Argentina comenzó a hacer circular una copia mal editada, Carpentier tuvo que ceder y autorizar la publicación de una edición oficial.

En 1928, decidió alejarse de la persecución política y se estableció en París. En Francia continúo su intensa actividad cultural, escribió varias piezas musicales y colaboró con la emisora Le Poste Parisien. En esta época también se puso en contacto con los surrealistas y escribió en la revista Révolution Surréaliste de André Breton.

A pesar de su éxito en Europa, Carpentier no olvidó las dificultades del pueblo cubano. Desde París participó en una asociación clandestina de propaganda contra Manchado y colaboró en la publicación de El terror en Cuba, obra de denuncia acerca de los abusos de la tiranía.

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Continuó su actividad literaria con la publicación de El Reino de este mundo (1949), inspirado por un viaje a Haití y Los pasos perdidos (1953), obra en la que se expresa mejor su comprensión del contraste entre la frivolidad intelectual europea y la espiritualidad indígena de Latinoamérica. Toda su producción narrativa se caracteriza por fundamentarse en investigación y cumplir con rigor histórico en cada paso del relato.

En 1959, después del triunfo revolucionario, Carpentier pudo finalmente establecerse permanentemente en Cuba.
Ahí retomó su carrera política y desempeñó cargos importantes como Subdirector de Cultura del Gobierno Revolucionario y Director Ejecutivo de la Editorial Nacional de Cuba.

Se convirtió en el primer latinoamericano en recibir el premio Miguel de Cervantes Saavedra en 1977 en reconocimiento por su obra escrita. El resto de su vida lo pasó alternando sus funciones de diplomático en Francia con la producción de obras literarias, participación en varios documentales y conferencias en universidades.

Carpentier falleció en Paris el 24 de abril de 1980, y dejó un legado de obras que marcaron profundamente la identidad latinoamericana y una figura que será recordada con cariño en su tierra adoptiva.

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