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Una embarrada teatro clásico

Hablar de teatro clásico es difícil —como
 de sexo—, porque es muy extenso —y en la variedad está el gusto— temporal, cultural y geográficamente hablando. Pero podemos empezar remontándonos a sus inicios.

Como en los cuentos, hace mucho, pero mucho tiempo,
 en un país ya no tan lejano, Grecia, los helenos, queriendo rendir culto a Dionisos, el dos veces nacido —del vientre carbonizado de su madre y del muslo de su padre— dios,
 de la vid y el vino —que tan gratos momentos nos sigue proporcionando—, establecieron las Dionisiacas, festividades míticas en que se representaba el nacimiento y vida de este dios, y que posteriormente fueron el origen del teatro griego, al incluir historias de reyes y héroes.

El teatro griego tuvo su origen en la «catarsis» —del griego cátarsis, «purificación»—, que es la comunión o «común unión» entre público y actor, mediante la cual surgían sentimientos de compasión y temor; compasión por la «tragedia» del personaje y temor de sufrir lo mismo.

Tespis, poeta trágico a quien se ha otorgado el título de «Padre del Teatro», estableció ciertos principios para que existiera esta catarsis: el uso de máscaras, la representación con actores —originalmente, las obras eran sólo recitales de un grupo de personas o coro dirigidas por un corifeo o director— y, para una catarsis absoluta, la existencia de un autor, un actor y un espectador. En teatro, ya fuera por culto a Dionisos o por esa misma catarsis, el autor exonera al público de sus miedos, sentimientos, emociones y culpas, además de brindarle entretenimiento.

El tema principal era la forma en que los seres humanos intentaban burlar el destino que les había sido asignado por los dioses en el Olimpo. ¡Qué mejor que reírnos de nuestras tragedias, de nuestro destino!

Los tres grandes trágicos
 griegos fueron Esquilo
 —Los persas, Los siete 
contra Tebas, La orestiada—, 
Sófocles —Edipo rey,1 Aquí Edipo mata a su padre, el rey, y se enamora de su madre, la reina; coronado rey y usurpando el lecho paterno, al enterarse de su realidad, termina sacándose los ojos; históricamente ha representado la fijación afectiva madre-hijo o complejo de Edipo. v. Algarabía 34, mayo 2007, trivia: «De complejos y acomplejados»; pp. 48-51. 
Antígona, Áyax— y 
Eurípides —Medea, Troyanas,
 Electra2 En esta tragedia, Electra asesina a su propia madre, Clitemnestra, en complicidad con Orestes, su hermano, para vengar el asesinato de su padre, Agamenón. Históricamente ha sido tomada como referencia de la fijación afectiva padre-hija o complejo de Electra. Idem.—, considerados 
los padres de la tragedia. 
Sin embargo, en el teatro 
griego no todo fueron tragedias, también había que reír, pues la vida diaria está llena de picardía y absurdo; así nació el gran autor de la comedia, Aristófanes —Las nubes, Las avispas, Lisístrata— que, a través de sátiras, formuló severas críticas a la democracia, las ideas filosóficas y teológicas, la guerra y cualquier tipo de reforma.

Y el teatro clásico continúa. A lo largo de la historia hemos tenido grandes representantes en diferentes latitudes y épocas, con la misma fuerza catártica del teatro griego. Echemos un vistazo a este legado.

«C’est notre inquiétude, c’est notre impatience qui gâte tout, et presque tous les hommes meurent de leurs remèdes, et non pas de leurs maladies»3 «Nuestra inquietud, nuestra impaciencia es lo que echa todo a perder; y casi todos los hombres mueren de los remedios que les han suministrado y no de las enfermedades.» El enfermo imaginario, Molière.

Teatro clásico francés

No podemos olvidar el gran teatro clásico francés. En él, las tragedias griegas fueron temas recurrentes para autores como Corneille y Racine, que, con maestría y gran éxito, las reprodujeron en obras como El Cid, Horacio, Cinna, Polyeucto o Nicomedes, el primero, y Fedra, Andrómaca e Ifigenia, el segundo.

Sin embargo, el representante más importante del teatro clásico francés fue Molière, que, a través de la exageración de los vicios y de una manera divertida, buscaba purificar al espectador, es decir, revivir la catarsis para limpiar los vicios. Su maestría, que nos legó frases como: «Hay que comer para vivir y no vivir para comer» —El avaro—, es reconocida mundialmente y sus obras siguen vigentes, aun con el paso de los siglos; ejemplo son El médico a palos, Don Juan —aunque no lo crean—, El enfermo imaginario, Tartufo y Las trapacerías de Scapin.

Teatro del Siglo de Oro español

Lope de Rueda, uno de los primeros actores profesionales de España, es considerado el fundador del teatro español del Siglo de Oro. Junto con su compañía, actuó en diversos escenarios y para diferentes públicos —la realeza, los eclesiásticos, la nobleza y hasta las clases populares de las villas—. Sirvió de inspiración a sus sucesores para darle un carácter nacional al teatro; «el vulgar» —Lope de Vega— y «el culto» —Cervantes— lo tomaron como referencia.

Los dramaturgos españoles exponían en sus obras los usos y costumbres de la época, pero respetaban los principios aristotélicos de unidad de tema, espacio y tiempo, y, por medio de diálogos en rima, renovaron el idioma español.

¿Sabes de qué tipo de popular entretenimiento televisivo son referente las comedias de enredos de Lope? Te lo contamos en la Algarabía 44, junto con los orígenes del teatro inglés y mexicano.

Roberto Blandón Jolly es actor egresado de la Academia Andrés Soler. En teatro ha sido La Bestia, el padre Silvestre y Thénardier; galán de comedias y hasta villano de telenovelas. Cuando lo ven en la calle le dicen: «¿Usted es el artista? Yo soy su fans». Además, juega beisbol con el beisbolista abogado penal de los Delicados.

Notas:

  1. Aquí Edipo mata a su padre, el rey, y se enamora de su madre, la reina; coronado rey y usurpando el lecho paterno, al enterarse de su realidad, termina sacándose los ojos; históricamente ha representado la fijación afectiva madre-hijo o complejo de Edipo. v. Algarabía 34, mayo 2007, trivia: «De complejos y acomplejados»; pp. 48-51.
  2. En esta tragedia, Electra asesina a su propia madre, Clitemnestra, en complicidad con Orestes, su hermano, para vengar el asesinato de su padre, Agamenón. Históricamente ha sido tomada como referencia de la fijación afectiva padre-hija o complejo de Electra. Idem.
  3. «Nuestra inquietud, nuestra impaciencia es lo que echa todo a perder; y casi todos los hombres mueren de los remedios que les han suministrado y no de las enfermedades.» El enfermo imaginario, Molière.
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