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Teatro —que divierta y haga recordar—

A veces la gente dice, ¿por qué hacen ese teatro? ¡Qué aburrido! Y sí, tal vez lo sea. Porque el teatro apunta a una de dos cosas: hacer recordar o divertir.

Recordar es volver a pasar algo vivido por el corazón; y este proceso puede ser agradable, doloroso o difícil. Diversión tiene que ver con distraerse, con poner atención en otra cosa. No es lo mismo un Macbeth donde el personaje se pregunta cómo se atrevió a matar y piensa que «toda el agua del mar no bastará para lavar sus manos», que una película de James Bond donde matar es una forma de seducir o de acariciar la vanidad. A ver: pensar o no pensar, ésa es la cuestión.

Don Porfirio Díaz pensó que más que pensar había que despejar la mente en rachas de ocio. Sus teatros monumentales como el Palacio de Bellas Artes, el Teatro Colón y tantos otros sirvieron a los esposos como atalaya para contemplar a las tiples; estas cantantes de principios de siglo xx que más que cantar, bailaban, que más que bailar, recibían obsequios en el camerino: «flores, sí, pulseras, más». Mostrar el tobillo era muy seductor. Por este camino de la seducción a lo que se llega es a que no se pueda ser actor sin ser el recomendado de alguien, y de ahí que los padres prohíban la profesión a los hijos y sobre todo a las hijas: «mi’jita, ésa no es una carrera decente».

Pero este entretener no podía ser eterno. Por ahí estaban Los contemporáneos —sí, los mismos que eran poetas, que tenían una revista del mismo nombre y que revolucionaron la literatura— quienes, sobre todo Novo y Villaurrutia, se inclinaban, después de la poesía, al teatro. «¿Cómo era posible —se preguntaban— que en Rusia la dramaturgia de Chéjov tuviera eco en la dirección comprensiva de Stanislavski y de ahí se derivara el realismo norteamericano de principios del siglo xx, mientras que en México seguíamos con la herencia de la zarzuela, resquicio último de la colonización?».

Así que manos a la obra. Rechazados por una dictadura homofóbica, se abocaron a los espacios reducidos que permitían intimidad, aunque redujeran el ingreso por taquilla. Apostaron por las escenografías hechas en México y por la dramaturgia de vanguardia, aunque no por la mexicana. Prefirieron importar a anglos o sajones como O’Neill, Ibsen o Strindberg y así, el teatro templó sus pasiones y sus excesos en el fuego de la pieza como género dramático, un género donde pasa todo, se destruye y cambia la vida de un ser humano —pero sólo dentro de él— y no tiene que morirse para que su universo se trastoque.

De ahí que en escena se necesite otro tipo de actuación, y a la pregunta que pudiera hacer un personaje: —¿Te vas con ella?, la respuesta del otro personaje: —Sí, adiós, pueda ser dicha de mil maneras: si se dice con autocompasión, se incurre en el melodrama —género cuya tesis es el amor como sacrificio y su manifestación es la exacerbación de las emociones—; si se dice con introspección templada por la experiencia —reconociendo que no hay otro remedio, que el camino lleva a marcharse pero que no por esto es superflua la despedida—, ahí está el tono de pieza. Esto, en términos de realización puede significar un silencio de diez segundos entre texto y texto. ¿Resultado? Un espectador pendiente y conmovido y otro a su lado, dormido. Depende del proceso de atención y de la mímesis que se dé en uno o en otro.

Los contemporáneos fueron el parteaguas del teatro mexicano porque entonces la dramaturgia empezó a encontrar camino, primero costumbrista y después sobre todos los temas posibles con los que se empezaron a dar varias alternativas en cartelera.

La otra línea de teatro siguió a través del vaudeville, género de origen francés al que le dicen «vodevil», que consiste en ligeras comedias de enredos o equívocos de no muy buena calidad dramática, y sigue también en el musical en todas sus acepciones —aunque este teatro tiene más que ver con la ópera como origen y con parámetros musicales.

Llama la atención que en México actualmente se están conjugando las dos vertientes teatrales: hay obras bien escritas y dirigidas, con excelentes apoyos de mercadotecnia, que están llenando los teatros y siendo exportadas tanto a nivel de texto como de representación.

Cuestión de prosperidad, de madurez urbana, de conjugar calidad con alcance; a pesar de que en México las familias puedan practicar deporte, ir a reuniones, visitar todos los fines de semana centros comerciales y, hasta a veces, realizar actividades al aire libre, muy pocas veces destinan la sobremesa a hablar de las obras teatrales vistas en la semana.

Ni modo, México no es Londres o algún otro lugar donde asistir al teatro sea un baluarte, pero entre diversión y recuerdos, tanto Los contemporáneos como
la generación de las tiples, estarían contentos de saber que hoy en día, cualquier combinación a nivel espectáculo teatral es posible.

Teresina Bueno es actriz, directora y maestra de actuación. Ha trabajado en ámbitos universitarios, académicos, de producción privada y pública. Es miembro de la Compañía Nacional de Teatro y con ella actuó en El diván, espectáculo de Michel Dydim que se presentó en el Festival Internacional Cervantino 2003. Piensa que el teatro para pensar es lo mejor para pensar.

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