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Por qué detesto el teatro

En otras ocasiones hemos publicado las letras del escritor español Javier Marías. Esta vez, presentamos con mucho agrado un texto publicado en el suplemento «El semanal», en 2001; en el que este académico de la lengua comparte la irreverente y poco halagüeña opinión que le merece el arte escénico.

Algunos lectores me han pedido explicaciones respecto a un inciso que, sin darle la menor importancia —era una forma de hablar—, introduje en una columna de hará mes y medio.1 En el artículo «De memoria locuaz leída», incluido en A veces un caballero. Entre mis obras literarias preferidas del siglo xx mencioné las comedias bárbaras de Valle-Inclán, y añadí: «…y eso que detesto el teatro». Trataré de decir por qué, pero será la exposición de una mera manía personal: no pretendo tener razón, ni aportar argumentos objetivos, ni desde luego convencer a nadie. Vayan al teatro ustedes, faltaría más.

La culpa es del cine

Creo que el primer culpable de mi aversión es el cine. Para quien se educó desde niño en este arte de la representación, la que las tablas ofrecen no puede por menos resultar comparativamente pobre, hierática e inverosímil. En el cine uno adopta todos los puntos de vista imaginables, el propio del espectador pero también el de cada personaje, el de un avión, un águila o una serpiente, el de Dios; contempla la acción y a los intérpretes de lejos o de cerca, sesgados, con movimientos de cámara —esto es, propios—, y por supuesto no hay nunca el menor impedimento para cambiar de tiempo o de espacio. Uno ve el interior de un cuarto y un barco azotado por la tormenta, atisba los más sutiles gestos o miradas de los actores, puede asistir al pasado y al presente y aun a la figuración del futuro, saltar de un escenario a otro y tantas cosas más.

En el teatro, por el contrario, nuestra perspectiva no varía: tenemos a los personajes siempre a la misma distancia, apenas vemos sus caras, nuestra sensación frecuente es de impotencia. Y, por otra parte, no logro sacudirme con facilidad el distanciamiento que me produce la comparativamente pobre escenificación. Me molesta que los decorados se noten tanto, que las puertas se perciban tan falsas, que cuando se abre un grifo no siempre salga agua. Pero en fin, si sólo fuera esto. Si fueran tan sólo las deficiencias técnicas del teatro de antaño o tradicional... Podría sobreponerme a ellas y entrar en el juego y la convención.

El problema mayor es que el teatro que me ha tocado en mi época ha pretendido casi siempre ser «innovador» y «moderno». Y las supuestas innovaciones y modernidades consisten a menudo en desdichas como las que siguen: si se trata de una obra clásica, uno ya no ve nunca esa obra, sino la versión, adaptación o recreación que de ella ha llevado a cabo algún avispado contemporáneo nuestro que así se embolsa el dinero que ya nadie cobraría, pues Sófocles, Shakespeare, Lope de Vega, Molière, Goldoni y demás lumbreras son del dominio público.

Estas adaptaciones se fundamentan por lo general en la destrucción de la obra clásica: hay quienes deciden prescindir del verso, si lo había; hay quienes visten a Julio César, Marco Antonio y Bruto con chaqueta y corbata, o de gerifaltes nazis, o los hacen corretear desnudos durante la representación entera —aunque hay gran afición a vestir a todo el mundo con una especie de sacos espantosos, todos iguales—; hay quienes prefieren que los personajes brinquen y chillen mucho por un escenario completamente vacío, quizá una rampa, o una carpa, o una red de la que se cuelgan.

No les creo

A los actores se los suele convencer de que sean «muy naturales» o «muy artificiales», pero en ambos casos el resultado es idéntico: una verdadera incapacidad para recitar los textos de manera que se escuchen, interesen y prendan la atención del espectador, el cual acaba por estar mucho más pendiente de los aullidos, las vacilaciones forzadas, los frecuentes canturreos o letanías y la imperfecta dicción de los intérpretes —así como de sus propios y continuos sobresaltos, pues a menudo los actores arrojan agua o bengalas al público— que de lo que éstos transmiten verbalmente.

Además, en el teatro actual es casi imposible que, vengan o no a cuento, no haya: a) danzas más o menos histéricas y sin sentido, quizá para que se aprecie el «movimiento corporal»; b) alguna escena más o menos «salvaje» o un poquito medieval, tipo aquelarre, jolgorio plebeyo, linchamiento, violación masiva o canibalismo en grupo: sea cual sea el modelo elegido, nada de eso impresiona ni resulta nunca creíble; c) saltos, piruetas y juglaría, y algo de mimo, y nada detesto tanto como los mimos y los juglares —espero no verme obligado a explicar el porqué otra semana.

De la palabra, en cambio, cada vez se sabe menos: entre lo corporal, los cortes y la abundancia de personajes idióticos —herencia en parte de mi admirado Beckett—, parece que fuera el verbo lo que menos importa. Algún término medio debería haber entre las perezosas y rancias representaciones a lo Pérez Puig2 Gustavo Pérez Puig nació en Madrid, es director de teatro y realizador de televisión. —Teatro Español de Madrid desde hace siglos— y las superficialidades camelísticas de los innovadores profesionales.

En fin: lo último que se me ocurre, si tengo dos horas libres, es sentarme a ver sacos, carpas, rampas, aburridos juegos de luces, seres desquiciados correteando y bramando y danzando y balbuceando, pobres intérpretes engañados. Comprenderán que cuando viene así envuelto, me sea muy difícil creérmelo. ¿Y qué hago yo ahí sentado en tinieblas durante dos horas, si no me lo creo? Eso sí, al teatro a veces —y con placer— lo leo. Contra eso no tengo nada.

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  1. En el artículo «De memoria locuaz leída», incluido en A veces un caballero.
  2. Gustavo Pérez Puig nació en Madrid, es director de teatro y realizador de televisión.

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