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Pintura rupestre

La necesidad de expresión del hombre ha sido manifestada de muchas maneras a lo largo de su existencia; por ejemplo, lo ha obligado a desarrollar habilidades físicas, como el habla y la expresión corporal, y a generar códigos de comunicación tan complejos como el abecedario.

Aunado a lo anterior, hay otras cosas que son innegables desde que el hombre es hombre, como el impulso de perpetrar ideas, pensamientos, ritos, sentimientos o acontecimientos que den fe del conocimiento adquirido y de los hechos vividos, lo que llevó al hombre prehistórico a plasmar en cuevas y cavernas imágenes que ahora conocemos con el nombre de «pinturas rupestres».

Las figuras plasmadas nos han llevado a tratar de entender su significado original, nos preguntamos si son parte del rito de la caza y la recolección, si es un mensaje para las siguientes generaciones, si es una expresión artística o si sólo pintaban por placer.

¿Impulso primario o vestigio ritual?

Dice Jean Piaget (1896-1980) que se puede establecer una analogía entre el desarrollo del hombre primitivo y el de un niño pequeño en el sentido de descubrir el mundo y tratar de asimilarlo. Así, para el Homo habilis el descubrimiento de que un pedazo de carbón le permitiera sacar de su mente imágenes e ideas fue un hecho divertido y estimulante, tanto como cuando un niño descubre un lápiz —como uno que conozco, que empezaba por dibujar en la hoja y se seguía por la mesa, la silla y cualquier superficie que continuara el caminito—. Pero esto es sólo una idea, pues teorías acerca del sentido de las pinturas rupestres hay muchas.

Si nos guiamos por los vestigios arqueológicos, podemos concluir que el hombre pintó en las cavernas y otras superficies rocosas porque ése era el soporte disponible, es decir, todavía no descubría lo que utilizó miles de años después: pieles restiradas, tablillas de arcilla, papiros y el papel. Por otro lado, se han encontrado cuevas en las que algunas pinturas están hechas sobre otras anteriores, lo que ha puesto en tela de juicio el sentido sagrado que suele atribuírseles. Sin embargo, no podemos dejar de mencionar que, de entre los vestigios hallados en estas cuevas, no hay señales de que fueran espacios habitados, más bien de que en ellos sólo se pintaba, lo que ha dado más argumentos a aquellos que las ven como resultado de una práctica mágica y religiosa.

Ahora bien, si se analizan con detenimiento las imágenes que existen en las cuevas, no podemos negar que son producto de un proceso de aprendizaje de la propia técnica de representación, pues si han durado tantos y tantos años, significa que los pigmentos se mezclaban con aglutinantes —modo de fijación del tinte—, es decir, el hombre tuvo que aprender primero a que, si bien las tierras y los trozos de carbón dibujaban, era necesario hacer «algo» para que sus trazos permanecieran en el tiempo. ¿Y para qué querían que perduraran? Eso, querido lector, no lo sabemos a ciencia cierta.

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Victoria García Jolly es diseñadora gráfica, apasionada por los temas del arte y la escritura. Comulga con las ideas de Frutiger, aunque no sirvan para nada, según dicen los que la conocen. Tuvo que lavar muchas paredes cuando su
«primitivo particular» descubrió que una hoja tiene muy poco espacio para todo lo que puede salir de un lápiz.

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