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Picasso, un trazo, una figura

Un toro luminoso flota en el espacio. La línea a la que debe su efímera existencia sigue fluyendo. Por un instante, un flash saca al artista de la oscuridad que sirve de fondo para el dibujo. No alcanza a ver lo que nosotros reconocemos, gracias a la cámara, que ha perpetuado la huella de su mano.

«Has de empezar a dibujar para saber qué quieres dibujar.»

Pablo Picasso

La fotografía del frontispicio, una instantánea de esta escena, es obra de Gjon Mili, quien visitó a Picasso en Vallarius, en 1949. Tenía intención de pedir al artista que dibujara en el aire, con una especie de linterna.

Las exposiciones prolongadas a la luz permitían que las figuras luminosas perduraran. En ellas queda plasmada la maestría de Picasso, que Aldo y Piero Crommelnyck han descrito como la «rapidez extraordinaria de su mano, ligada a la correspondiente rapidez de su espíritu, su idea del todo». El toro de luz puede incluirse en una categoría de dibujos en los que una sola línea continua confiere forma a seres vivos y objetos. No existe un segundo trazo, no hay vuelta atrás ni posibilidad de hacer trampa. La primera línea es la definitiva porque es a un tiempo la última. La «idea del todo» es aquí condición sine qua non.

En la prolífica obra de Picasso, estos dibujos de un solo trazo representan un fenómeno aislado, si bien fascinante en extremo. Como curiosidades de su virtuosismo merecen nuestra atención incondicional. De hecho, Picasso no creía en la distinción entre formas de expresión de mayor o menor importancia. «En mi opinión, todo es importante, no existe diferencia alguna entre obras grandes y pequeñas.»

Los dibujos de un solo trazo de Picasso alcanzaron su cúspide entre 1918 y 1924, época de vertiginosa multiplicidad estilística en la que la línea, bajo los auspicios del neoclasicismo, tan centrado en los contornos, pasó a desempeñar un papel preponderante.

Picasso dibujó unos músicos en 1919, cuando trabajaba en una portada para la primera edición de la versión para el piano de Ragtime de Igor Stravinski. Con los intérpretes del banjo, Picasso hacía referencia a los orígenes del ragtime, que había evolucionado a partir de dicho instrumento. Acompañado de un pianista y un perro, un músico está sentado con su banjo en medio de una de las escenas de músicos callejeros más elaboradas (figura 1), que recuerda un poco las imágenes poéticas de Joan Miró.


Figura 1: Estudio para la cubierta de la partitura «Ragtime», de Igor Stravinski, tinta india sobre trazos de lápiz, 1919. Museo Picasso.

La línea base está trazada a lápiz y reforzada con tinta china. Ello se pone de manifiesto en el trazo ancho en forma de hoz que insinúa el sombrero del intérprete de banjo. La curva ascendente y descendente de la línea, así como sus florituras, recuerdan el antiguo arte de los calígrafos, que con frecuencia remataban las letras con adornos muy artísticos. ¡Poco falta para que podamos llegar a leer en los dibujos de Picasso! Aun sin quererlo, intentamos descifrar la palabra que parece formar las manos del pianista.

Los dibujos de un solo trazo de Picasso son un regalo para la vista. Un placer que halla su máxima expresión cuando nos situamos en la misma longitud de onda de Picasso, que, en cierta ocasión, apoyó el dedo sobre la fotografía de una de las figuras que Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina, acompañó con él la línea del cuerpo y exclamó: «¡Qué placer seguir esta línea!».

Lee más sobre el arte de Picasso y observa sus dibujos de un solo trazo en Algarabía 7.


*Extracto de la introducción del libro Picasso, trazos y dichos de Thomas
Heyden, Barcelona, España: Ediciones B, 1997.

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