Jorge Ibargüengoitia

Oración fúnebre en honor de Jorge Ibargüengoitia

En 1964 Carlos Monsiváis —en la Revista de la Universidad de México1 reclamó a Ibargüengoitia su intento por «demoler la validez literaria de dos textos de don Alfonso Reyes». Además de señalar su «radical discrepancia» con las opiniones de Ibargüengoitia, Monsiváis aprovechó para «atisbar algunos de los escollos más evidentes de la crítica en México». Ésta es la respuesta que le envío Ibargüengoitia —que fue, además, su último artículo en la Revista de la Universidad de México.

Escribo este artículo nomás para que no digan que me retiré de la crítica porque Monsiváis me puso como Dios al perico [...] o porque me corrieron de aquí por mal crítico.

No me voy ni arrepentido, ni cesante ni, mucho menos, a leer las obras completas de Alfonso Reyes. Me voy porque ya me cansé de tener que ir al teatro —actividad que he llegado a detestar—, escribir artículos de seis páginas y entregarlos el día 20 de cada mes. Los artículos que escribí, buenos o malos, son los únicos que puedo escribir.

Si son ingeniosos —ver Monsiváis, loc. cit.— es 
porque tengo ingenio, si son arbitrarios es porque
 soy arbitrario, y si son humorísticos es porque así
 veo las cosas, que esto no es virtud, ni defecto, sino peculiaridad. Ni modo. Quien creyó que todo lo que dije fue en serio, es un cándido, y quien creyó que todo fue broma, es un imbécil.

Un respeto elemental

Antes de hacer algún comentario a lo que dijo Monsiváis, quiero advertirle al mismo que no habrá 
la polémica que creyó iniciar «sin previo aviso», porque si él quiere que la crítica se haga «[partiendo] de un respeto elemental hacia lo que se juzga, para concluir por un proceso orgánico en la pérdida o en el enriquecimiento de ese respeto», que lo haga él, porque para mí, el respeto mismo debe tener una base orgánica y en general puedo decir que respeto mucho más al teatro que a las obras que se montan en él y,
 en particular, que respeto mucho más a Landrú que a Alfonso Reyes.

En cuanto a la acusación de que me hace objeto Monsiváis de «tomar el rábano por las hojas» —expresión que nunca me atrevería a usar, porque no sé si «tomar» equivale a «coger» o a «confundir»— y de emplear frecuentemente expresiones tales como «es como si tal cosa» o «es como si tal otra», debo decir que el recurso aludido me parece perfectamente válido, aunque, claro, requiere cierta pericia en el uso
 y una habilidad natural para encontrar equivalencias. Acepto los riesgos del procedimiento y por eso los uso. Monsiváis, en cambio, a pesar de considerarlo ilícito, lo usa para criticarme a mí.

Dice, por ejemplo, refiriéndose a mis objeciones al comienzo de Landrú: «no se requería que [la obra] empezara diciendo: “En enero de 1915, Landrú asesina a Madame Cuchet y a su hijo. Trágico incidente que inicia una carrera de...” aunque esto en rigor exija Ibargüengoitia...».

En las frases contenidas en esta cita hay un «es como si» oculto, porque yo nunca exigí tal cosa. La cita puede redactarse de la siguiente manera: «Es como
 si Ibargüengoitia exigiera que la obra comenzara diciendo, etcétera». «Es como si» yo fuera tan tonto para exigir tal cosa. Porque aunque, como dice Monsiváis, el monólogo parte de la realidad de Landrú, lo único que sabemos de él es eso, precisamente: que, en enero de 1915, asesinó a Madame Cuchet.

«En el terreno de las ilusiones finas»

Pero, ¿por qué la asesinó? Monsiváis tiene la certeza de que «la nota roja es la historia sentimental de Occidente». Pero la nota roja sólo nos informa quién mató a quién y dónde y cuándo, el porqué es materia de conjetura y asunto precisamente del cine, del teatro, de la novela, etcétera. Así que, ¿por qué asesinó Landrú a Madame Cuchet? Vaya usted a saber, porque el Landrú de don Alfonso nos responde con otra pregunta:

¿Qué suceder es éste, qué armonía vibrada entre la rueda y el cuadro? ¿Quién al espacio-tiempo me confía? ¿Quién se burla de mí, pues me ha creado?

Ahora bien, yo pido a mis lectores que se sienten en el teatro a ver a un señor que sale a decir esta cuarteta y verán si entienden a qué rueda y a qué cuadro se refiere don Alfonso, con lo erudito que era. Por eso dije que me parecía «pedante, confusa y floja».
En cuanto a mi «Bella incursión... en el terreno de las ilusiones finas» —nótese el sarcasmo—. «¿Se identifica aquí entonces a Landrú con los anhelos incumplidos 
de quien, al no ser asesino notable, sí fue director del Colegio de México?» Pues sí. Precisamente. Sólo que la identificación no la hice yo, sino Gurrola. Esto puede comprobarse fácilmente comparando una foto del verdadero Landrú, con las de Alfonso Reyes y Carlos Jordán, para que se vea quién se parece a quién.

Cada quien tiene su cañoncito

Se me acusa de ortodoxia porque dije que la obra no era opereta, pero esto no es sino otra vez el mismo recurso: «es como si» yo hubiera dicho que no era opereta, sino sainete, cuando dije que no era opereta, sino cuatro monólogos y dos coros. El recurso está otra vez mal usado, porque no estaba yo aludiendo al género, sino a lo incompleto de la pieza, y al hecho de que no tiene ni diálogo, recurso inventado hace 2 500 años.

De La mano del comandante Aranda dije que era tediosa, porque me mató —metafóricamente— de tedio.
 Si es, como afirma Monsiváis, «un resumen de las aventuras de una mano, como tema y como símbolo contemporáneo», cabe advertir que en el resumen faltó hacer mención de la masturbación, omisión que me parece imperdonable en una obra tan ambiciosa.
Por último, quiero hacer notar que Monsiváis también cae en el error de que me acusa, de hacer afirmaciones rotundas al decir: «una certeza:
 la nota roja es la historia sentimental de Occidente»,
 o bien, «la defensa de quien
—primer hombre de letras de
 Hispanoamérica— por sí solo
 establece una categoría». ¿Ah,
 sí? Lo que pasa es que cada
 quien tiene su cañoncito, unos, 
grandote, y otros, chiquito, y 
cada quien lo usa como puede,
 pero venirme con una reclamación 
de que estoy destruyendo prestigios por mi amor al malabarismo, sale sobrando, porque con otros me
 he metido y nadie dijo nada. El caso es que decir que Alfonso Reyes escribió dos obras malas —una de las cuales, por cierto, él no se atrevió a publicar— sigue siendo aquí un pecado tan grande «como si» alguien dijera, hace cincuenta años, que Ángela Peralta cantaba muy feo, o hace veinticinco que Francisco Sarabia era un mal piloto. Así que: ¡Viva México! ¡Gloria a los héroes que nos dieron libertad!

❉❉❉

1. Revista de la Universidad de México, Volumen XVIII, Número 11, 1964, p. 29.

Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) fue Jorge Ibargüengoitia. Punto.

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