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Los albores del muralismo mexicano

El muralismo mexicano surgió como una herramienta para difundir la cultura después de la Revolución Mexicana.

México brilló con especial fulgor en el firmamento artístico durante los años que siguieron a la Revolución y hasta el inicio de 
los años 40, gracias a un movimiento que surgió de modo más o menos espontáneo y que reunió una pluralidad de grandes talentos: el muralismo.1 Se conoce como «muralismo» a la corriente artística mexicana que nació poco después de la Revolución; sin embargo, este término no sólo designa a esta escuela, pues en realidad se trata de una técnica de pintura al fresco

El muralismo surgió porque un día el maestro José Vasconcelos, rector de la Universidad Nacional durante el gobierno de Álvaro Obregón, propuso al Congreso la creación de la Secretaría de Educación Pública. Vasconcelos era un hombre de muchos proyectos, no acostumbraba dejar nada en el tintero y solía decir: «Ya que el hombre es pequeño,
 que sus obras sean grandes», así que, una vez que contó con la venia del gobierno, puso manos a la obra. En el campo
 del arte, tuvo la idea de que los muros de las dependencias gubernamentales y de las escuelas fueran una magnífica herramienta para sus proyectos educativos.

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En 1921, Vasconcelos comenzó con la Escuela Nacional Preparatoria —ubicada en el Antiguo Colegio de San Ildefonso— y le encargó el proyecto a Germán Gedovius, uno de los mejores maestros de pintura de la Escuela de San Carlos. Gedovius declinó la invitación en virtud de su avanzada edad y de su sordera.

Entonces Vasconcelos se acercó a Alfredo Ramos Martínez, director de la Escuela de Pintura al Aire Libre de Coyoacán, quien tampoco aceptó el encargo debido a sus enfermedades gástricas, que le impedían subir a los andamios.

El secretario de Educación le solicitó seleccionar a algunos de sus estudiantes para que se ocuparan de la tarea. Ramos Martínez corrió la voz entre sus alumnos, pero de
 un modo poco atractivo: «Vasconcelos quiere que se decore el anfiteatro de la Preparatoria —y agregó—; los encargos 
son siempre encargos, compromisos, y el verdadero arte se hace sin compromisos». Por supuesto que, ante semejante invitación, ninguno de los estudiantes aceptó la oferta.

El mejor lienzo: una pared blanca

Pero entonces, como ahora, los pintores mexicanos no la tenían fácil: no había chamba. Salvo uno que otro aristócrata venido a menos o algún heredero de los tiempos de don Porfirio que encargaba retratos para sus vetustas residencias, en realidad no había trabajo para los artistas.

Así que, haciendo de tripas corazón, los pintores fueron acercándose uno a uno a Ramos Martínez para pedirle la oportunidad
 de aceptar el encargo del gobierno. Los primeros fueron el pintor y crítico de arte Fernando Leal y Ramón Alva de la Canal, a quienes se les solicitaron bocetos para mostrárselos a Vasconcelos. Los dos trabajaron en ello, pero no concluyeron ningún proyecto, por lo que poco a poco la idea de pintar en las paredes públicas empezaba a caer en el olvido.

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Justo cuando el proyecto de decoración mural parecía venirse abajo, antes de empezar siquiera, Diego Rivera llegó de Europa, escapando de los desbarajustes que siguieron 
a la i Guerra Mundial.

Rivera ya era un artista conocido, extravagante y famoso por la forma en la que utilizaba su imagen en los periódicos de la época, y por el modo, entre soberbio y bonachón, de conducirse frente a otros artistas.

Vasconcelos se apresuró a invitarlo a pintar —de una vez por todas— los muros de la Preparatoria y Diego, ni tardo ni perezoso, aceptó la tarea.2 Antes de que Diego Rivera terminara la decoración del Anfiteatro en 1922, Vasconcelos ordenó restaurar el Extemplo de San Pedro y San Pablo —hoy Museo de la Luz— y encargaría su decoración a Roberto Montenegro, quien crearía ahí el mural El árbol de la vida (1922), y en donde Xavier Guerrero, que también sería ayudante de Rivera en San Ildefonso, haría El zodiaco (1921), considerado el primer mural moderno mexicano.

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Además de figura mediática, Diego Rivera era un mitómano genial. Para realizar el encargo, decidió utilizar una técnica llamada encáustica —que consiste en proteger una pintura mural con una capa de cera y después pulirla con trapos de lino—, que resguardaría mejor la pintura
 en el clima tropical mexicano.

En todo momento, Diego proclamaba que la había aprendido «observando y analizando detenidamente los murales de Pompeya», lo cual envolvía de romanticismo su trabajo y lo hacía ver como un titán frente a otros pintores; pero la verdad era que había leído sobre la encáustica en un libro llamado La ciencia de la pintura, de Jean-Georges Vibert. Una mentira así hizo que Rivera le infundiera aires divinos a su trabajo.

Monos en la pared

Vasconcelos solía visitar ocasionalmente las escuelas que dirigía, y una de ellas era la Escuela de Pintura al Aire Libre de Coyoacán. Al recorrer sus estudios, dio con el trabajo de Fernando Leal —el mismo que nunca concluyó la propuesta de la Preparatoria—. Fernando era un artista menospreciado por sus compañeros, porque le daba por retratar indios zapatistas.

Él fue el primero en pintar una escena de la Revolución, para gran disgusto de todos, incluyendo al director de la escuela, Alfredo Ramos Martínez, quien prefería que a los indios se les representase con ollas en 
las manos y no con fusiles y pistolas. Pero a Vasconcelos le encantó su obra y lo invitó inmediatamente a que escogiera uno de los muros de la Preparatoria, el tema de su agrado y, de paso, que convocara a todo el que estimara adecuado para enfrentar un problema mural, pues «ya le había dicho a Diego Rivera que invitara a algunos jóvenes artistas, pero no había invitado a nadie».

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Fernando invitó al francés Jean Charlot, y también se integraron Ramón Alva de la Canal, Fermín Revueltas, Emilio García Cahêro y, posteriormente, David Alfaro Siqueiros, quien recién había dejado el puesto de escribiente en la Legación3 Sede de la representación diplomática, equivalente a la embajada actual. de México en Madrid.

Antes de iniciar el proyecto, todos estos artistas eran amigos; al terminarlo, apenas si se toleraban: debió de ser difícil reunir a tantos genios en un mismo lugar. Pero todo esto es sólo anécdota; su trabajo persiste y hoy el Antiguo Colegio de San Ildefonso resguarda el trabajo de la primera corriente plástica que nació en forma en México.

About Mexican curious and folklore…

A partir del trabajo en San Ildefonso, otros recintos públicos y privados contrataron, por separado, los servicios de los muralistas. Tres fueron los artistas que lograron obtener mayor reconocimiento y proyección mundial: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, cuyo trabajo alcanzó tales dimensiones y preponderancia que —al igual que el de Frida Kahlo en días recientes— ha sido declarado patrimonio artístico nacional.

¿Qué temas aborda el muralismo mexicano? Analicemos primero el contexto en el que surge esta corriente artística: estamos hablando de los años entre las dos guerras mundiales; la Revolución Rusa y la Mexicana recién habían terminado y las tendencias artísticas en Europa, después de vanguardias como el cubismo y el surrealismo, parecían estancadas. Bajo estas circunstancias, los muralistas mexicanos partían de las siguientes premisas:

  1. El arte debe contener la semilla de la revolución social: no se trata sólo de embellecer paredes, se trata de que el arte conmocione los sentidos del pueblo.
  2. El arte es un instrumento más para favorecer la lucha de clases: el marxismo también se vale de los muros para incendiar el germen de la revolución.
  3. El arte debe nutrirse de temas autóctonos: la Revolución Mexicana es la principal fuente de inspiración.

Quizá algunos de estos motivos podrán parecer románticos; pero, más allá de su carga ideológica, los murales de
 Rivera, de Orozco, de Siqueiros y de muchos otros artistas, contienen, por sí mismos, propuestas estéticas fabulosas; en ellos se usó el color y la forma para abandonar la influencia de las corrientes europeas y crear, así, una nueva, nativa y propia, que aún perdura y que, mientras existan los muros que las contienen, seguirá vigente por mucho tiempo.

Más obras que ver

La siguiente es una breve lista de los pinceles emblemáticos del muralismo y de las obras que nuestros ojitos deben contemplar antes de que cada quien baile el respectivo danzón con doña Flaca.

Diego Rivera: Palacio Nacional, Ciudad de México; David Alfaro Siqueiros: Polyforum Cultural Siqueiros, Ciudad 
de México; José Clemente Orozco: Palacio de gobierno, Guadalajara, Jal.; Juan O’Gorman: Biblioteca Central de la unam, Ciudad de México; Rufino Tamayo: Museo Nacional de Antropología e Historia, Ciudad de México; José Chávez Morado: Alhóndiga de Granaditas, Guanajuato, Gto.; Jorge González Camarena: Instituto Mexicano del Seguro Social, Ciudad de México; Pablo O’Higgins: Palacio Municipal de Poza Rica, Ver.; Fermín Revueltas: Antiguo Colegio de San Ildefonso, Ciudad de México; Julio Castellanos: Escuela Héroes de Churubusco, Ciudad de México; Alfredo Zalce: Palacio de Gobierno, Morelia, Mich.

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