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La paradoja del lenguaje en «Las meninas»

Lo invitamos a hacer un recorrido imaginario por un espacioso museo –como el del Prado, en Madrid– para conocer una de las pinturas más famosas del arte occidental: Las meninas, de Diego Velázquez (1599-1660).

Ver arte y hablar de él es interpretarlo, generar discursos a partir de la experiencia de observar y caer en la cuenta de que el arte —con mayúscula— habla por sí mismo, porque es un lenguaje. en este sentido, Hegel (1770-1831) asegura que el arte es «la apariencia sensible de la idea», es decir: el arte más excelso deja ver lo que es verdadero sin condicionamientos.

Mirar y ser mirado

Hagamos un recorrido imaginario por un espacioso museo en el que somos llevados por un guía hasta una sala oscura, con una larga fila de cómodos sillones, desde los que podemos ver una de las pinturas más famosas del arte occidental: Las meninas, del pintor sevillano Diego Velázquez (1599-1660).

En un primer golpe de vista distinguimos a un grupo de personas vestidas lujosamente, a la usanza del siglo xvii, la mayoría de las cuales nos está mirando. Después de un examen más minucioso sabemos que en el centro de la composición está la infanta Margarita; a sus lados izquierdo y derecho vemos a sus doncellas, una acercándole un vaso de barro con alguna bebida —¿chocolate?— y la otra haciendo una discreta reverencia; al grupo se suman una enana, un enano y, en el sector inferior derecho, un perro.

Menina, en portugués, significa «damita de compañía», el equivalente a paje, en masculino

Del otro lado, en la parte izquierda del cuadro, se asoma un fragmento del revés de un lienzo frente al cual se para el pintor, paleta en mano. Es Velázquez, no cabe duda, pero no mira la tela, sino que fija la mirada en su modelo, nos mira, o ésa es mi apuesta y la de Michel Foucault1 Filósofo estructuralista. Durante la década de los años 60 fue una de las figuras más importantes e influyentes de la filosofía occidental (1926-1984). —quien hace una descripción mucho más intensa, extensa y detallada de esta pintura en su libro Las palabras y las cosas—. Lo que no sé es si el pintor añadirá un último toque o si aún no ha realizado el primer trazo.

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Diego Velázquez, Las meninas, 1656.

En la perspectiva respecto al espectador, el cuadro está invertido. Para el pintor el modelo es totalmente visible; esto significa que para quienes contemplamos el cuadro ahora,
él está en la parte derecha, que al mismo tiempo ocupa el extremo izquierdo.

¿Quién es 
el que está en el cuadro?, ¿quién es el representado? Incógnita que admira a Foucault, quien termina por concluir: «Extraña manera de aplicar, al pie de la letra [...] el consejo que su viejo maestro Pacheco le dio cuando trabajaba en el estudio de Sevilla: “La imagen debe salir del cuadro”»
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Pero, ¿qué se supone que está pintando Velázquez? Eche un vistazo al fondo de la habitación; verá que en el muro hay una serie de cuadros entre los cuales destaca uno por su brillo y mayor claridad. En su superficie se distinguen las siluetas de dos personajes y un cortinaje rojo que se pliega por encima de ellos.

Al verlo con mayor detenimiento, caemos en la cuenta de que no se trata de un cuadro, sino de un espejo que, con su sola presencia, abre el espacio de representación hacia atrás y hacia delante.

En este cuadro, el pintor acepta tantos modelos como espectadores surjan, reemplazando lo que siempre se 
ha encontrado ahí: «el sujeto y el objeto, espectador y modelo, cambian su papel hasta el infinito».

Las imágenes reflejadas son las del rey Felipe iv y la de Mariana de Austria, su esposa. Lo que vemos, entonces, es lo que ve la pareja real, mientras que los personajes representados contemplan al rey y a la reina, no a nosotros, que con el solo hecho de mirar el cuadro entramos en él, por lo que justo sería que en el espejo apareciera el rostro anónimo del que pasa. No obstante, aunque el rey aparezca en el fondo del espejo, tampoco pertenece al cuadro.

A través de este razonamiento, Foucault evidencia el carácter de la imagen como pura representación, lo que equivaldría a observar observaciones. Y, ya que estamos en este juego de espejos, juguemos con las observaciones de Foucault para allegarnos otras interpretaciones.

El cuadro dentro del cuadro

El filósofo alemán Dietrich Schwanitz sugiere que en la interpretación del cuadro de Las meninas puede ser de utilidad analizar retratos contemporáneos de la infanta Margarita, en los que aparece un indicio muy peculiar: la raya de su peinado siempre está hacia el otro lado. ¿Qué quiere decir esto? ¿Que están invertidos los cuadros? Dietrich contesta que lo que está invertido es el cuadro del sevillano.

Pero si esto es así, entonces Velázquez no está pintando a
 la pareja real; lo que pinta es un espejo y, por lo tanto, el cuadro de Las meninas sería el reflejo en el espejo del espacio que vemos

En los inventarios del Palacio Real de Madrid, el lienzo aparecía como La familia del Señor Rey Phelipe Quarto

De esta forma queda al descubierto la unión entre lo visible y lo invisible; no podemos ver el cristal del espejo, sólo la imagen que refleja, por 
lo que la experiencia en la observación de este cuadro sería equiparable a la de verse en el espejo y descubrir a un observador. Es decir: «la forma del lenguaje [plástico, en este caso] se convierte en su propio contenido».

La descripción del cuadro de Velázquez nos invita a relacionarnos con él, y sólo se puede hablar de Las meninas si se juega, en su análisis, con el sujeto y el objeto, con el observador y el observado.

El examen completo a esta obra de Velázquez fue publicado en Algarabía 32.

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