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La lectura como placer —segunda de cuatro partes—

Segunda parte del discurso dictado por el escritor José Emilio Pacheco para promover la lectura en México.

Te presentamos la segunda parte del discurso que pronunció José Emilio Pacheco en la Cuarta Conferencia Anual de Libros Infantiles y Juveniles en Español (1994), en San Diego, California. Puedes leer la primera parte del discurso aquí.

VI

Debo equilibrar el tono sombrío de mis palabras anteriores con otra comprobación. Si cuando empecé a escribir, hace más de treinta y cinco años, hubiera tenido el honor de hablar ante ustedes, mis dudas 
y temores hubiesen resultado muy semejantes o quizás más pesimistas. Parecía un suicidio embaucarse en una labor condenada a la extinción bajo lo que Walter Benjamin llamó la tempestad del progreso. Para 1970, me decían, ya no habrá libros, los diarios y revistas se habrán extinguido, no quedará sobre la tierra un solo lector.

Un mínimo repaso de lo escrito y publicado en las décadas que nos separan de aquellas profecías muestra como se equivocaron quienes auguraban la muerte de la lectura y el fin de la letra impresa. Esta aclaración intenta poner las cosas en perspectiva, en modo alguno negar lo que sucede y apartar la vista de los problemas.

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Nunca, en ninguna época de la historia, se ha escrito
 y publicado tanto como ahora. Tampoco ahora hemos sido tantos seres humanos ni se ha abusado a tal extremo de los recursos tan limitados del planeta
 que nos sustenta. Una consecuencia inevitable de la explosión demográfica es la explosión bibliográfica que, paradójicamente, se dirá la mayor amenaza contra el porvenir de la lectura.

Sucede algo parecido a lo que ocurre con la televisión: disponer de quinientos canales significa condenarse 
a no ver realmente ninguno. Entre tantas otras cosas, nuestra era es el tiempo de la desatención. Pasamos por todo sin detenernos en nada. El exceso de informaciones sustituye al saber y lo deteriora. Me alarma y me duele lo que sucede en Sarajevo. Si me piden que explique por qué ocurre encontraría graves dificultades para explicarlo. No tengo antecedentes, carezco de perspectiva. Soy como los relojes digitales en que sólo aparece el instante como si fuera parte de un proceso que viene del pasado y avanza hacia el futuro.

VII

Para la mayor parte de quienes estamos aquí, los libros son la literatura. Basta visitar la librería de un centro comercial o pasearse por una feria del libro para darnos cuenta que la narrativa, la poesía, el ensayo y el drama son apenas un sector muy reducido del universo bibliográfico, casi una isla en el océano de manuales de autosuperación o de computación, dietas, horóscopos, guías para la sexualidad o para invertir en la bolsa de valores.

Sin embargo todos —libros, no-libros e ilegibros— tienen algo en común: están escritos, bien o mal pero están escritos. Mi hipótesis de trabajo sería que, contra lo que escuchamos a toda hora, el texto en sí mismo no está amenazado. Al contrario, jamás ha tenido la difusión y la omnipotencia de que goza ahora.

Nunca, en ninguna época de la historia, se ha escrito y publicado tanto como ahora, pero el exceso de informaciones sustituye al saber y lo deteriora.

Esos quinientos canales de televisión difunden textos. También los propagan las estaciones de radio y los billones de discos compactos que se están escuchando en este momento. Quizá la historia de la literatura en todas las lenguas contenga menos palabras que las aparecidas hoy en las pantallas de quienes se hallan suscritos a la Internet. Nos envuelve la telaraña de los textos que ya han perdido el sustento tradicional del papel.

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El papel como lo conocemos tiene menos de siglo
 y medio. Hacia 1860 empezó a elaborarse a partir
 de la pulpa de madera. Pese a todos los esfuerzos de reciclaje, estremece pensar en las hectáreas de bosque consumidas por las ediciones dominicales de periódicos —que son en cerca de un 80% anuncios— y lo que es aún más horrible, aterra recordar que nuestras tentativas literarias también han exigido la desaparición de muchos árboles indispensables para nuestra supervivencia como especie. Para mitigar cualquier sentimiento de culpa, recordemos que el papel de imprimir es nada si se compara con las cantidades
 de celulosa invertidas en servilletas, clínex, rollos higiénicos, envolturas.

VIII

En el curso de los 80 el mundo orgánico se pobló con una nueva flora y fauna inorgánica que hoy es parte
 de nuestro entorno. Computadoras, impresoras y fotocopiadoras personales, faxes, módems, antenas parabólicas, videocaseteras y videocámaras, discos compactos, aparatos de sonido, audiolibros, teléfonos celulares. Todo tan nuevo e inesperado como debe haber sido para la generación de Henry Adams el cable submarino, la luz eléctrica, el teléfono, el fonógrafo, el cinematógrafo, el ferrocarril subterráneo o los rayos x.

Contra las profecías lanzadas veinte años atrás por Marshall McLuhan, que después de todo no era un enemigo de los libros sino un profesor de literatura,
 se creyó que procesadoras e impresoras reconciliaban la galaxia de Gutemberg con los medios electrónicos. Por vez primera en la historia, sin mayor entrenamiento técnico y sin movernos del escritorio, ustedes y yo podemos producir en pocas horas un libro, digamos de haikús, desde la redacción hasta la impresión y enviarlo gratuitamente a los cien últimos lectores de los que hablaba Henry Adams.

IX

Así pues, no hay nada que temer: la literatura y la poesía pueden sobrevivir a despecho de todas las exigencias comerciales, los tabloides televisivos e impresos, las películas sangrientas sobre asesinos en serie. Como en las artes marciales, las artes de la palabra han tomado su fuerza precisamente del impulso enemigo. Para el ámbito de los negocios y la política jamás ha sido tan importante escribir bien. La claridad, la economía y la precisión de un párrafo enviado en un fax pueden y deben equivaler a media hora de conversación telefónica.

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Si las palabras tienen hoy una difusión nunca soñada y la importancia de saber escribir la reivindican aun y sobre todo las grandes corporaciones que manejan el mundo, ¿de qué nos lamentamos? Al quejarnos, ¿no defendemos un privilegio inalcanzable para la inmensa mayoría que habita este planeta?

Después de todo, la poesía, la narrativa y el drama son anteriores en muchos siglos a la invención de la imprenta. El libro que durante un breve tiempo fue su vehículo puede desaparecer y la literatura seguirá prosperando porque es parte de la humanidad y la acompañará hasta el final.

Para leer el discurso completo, consulta Algarabía 120 y 121.

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