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«Gas» —El primer cuento de Hitchcock—

En 1918, cuando tenía menos de 20 años, Alfred Hitchcock trabajaba en Henley, una fábrica londinense de cables y telégrafos. Ese año, el futuro maestro del terror publicó —en el modesto boletín interno de la empresa—, un cuento que a continuación reproducimos.

Ella nunca antes había estado en esa parte de París; sólo había leído al respecto en las novelas de Duvain o había visto esa zona en el guiñol.

¿De modo que esto era Montmartre? Ese horror donde el peligro acechaba oculto en la noche, donde las almas inocentes sucumbían sin remedio, donde la perdición salía al paso de los incautos, donde los salvajes se divertían.

Avanzó con precaución a la sombra del alto muro mientras miraba hacia atrás furtivamente por la amenaza oculta que podría seguir sus pasos. De pronto se precipitó en un callejón sin reparar hacia dónde iría a dar. Buscaba a tientas el rumbo entre la oscuridad negra como tinta, tan sólo tenía en la cabeza la idea fija de eludir la persecución... ahí se aventuró. ¿Cuánto terminaría ese tormento? Ante sus ojos surgió un portal de donde salía una luz. Debo entrar aquí, o donde sea, pensó.

La puerta daba a una escalera. Sus escalones rechinaron de viejos mientras ella bajaba con dificultad. En eso oyó un ruido: risas de borrachos, y se estremeció y suplicó que no fuera así, todo menos eso. Llegó al pie de la escalera y vio un bar que olía a vino rancio, con restos de lo que una vez habían sido hombres y mujeres refocilándose y emborrachándose en gran orgía. Y en eso la vieron: vieron esa imagen de pureza temerosa. Seis hombres se lanzaron hacia ella entre los gritos de aprobación del resto. La agarraron. Gritó aterrada: mejor hubiera sido caer en las manos de su otro perseguidor, fue el rápido pensamiento que le cruzó por la cabeza mientras los hombres la arrastraban sin miramientos. Se repartirían sus pertenencias y luego a ella misma antes de echarla a las ratas. Por supuesto. ¿No era aquí el corazón de Montmartre? La forzarían a acompañarlos y las ratas tendrían su banquete. La amarraron y la bajaron por el callejón oscuro; luego subieron por unas escaleras y así hasta que llegaron a la orilla del río. Las ratas del agua debían tener su banquete, dijeron. Y entonces bambolearon su cuerpo de un lado a otro y la arrojaron —solo se oyó el chapoteo— al fluir de las aguas negras. Ella se hundió cada vez más. Solo fue consciente de una sensación de ahogo, de modo que esto era la muerte... —Ya salió la muela, señora—, dijo el dentista—. Me debe media corona, por favor.

Traducción de Luis Miguel Aguilar. Tomado de «Gas», de Alfred Hitchcock, Milenio: 13 de febrero de 2013, p. 42.

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