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El manierismo

La palabra manierismo viene del italiano maniera que significa «estilo», lo cual hace la definición aún más compleja —si no queremos caer en redundancias—. Para los artistas del Renacimiento la maniera señalaba la forma particular con la que un maestro pintaba, un sello artístico.

Debido a la forma en que se enseñaba el arte, si uno quería aprender tenía que entrar a un taller y aprender las técnicas artísticas; uno iba avanzando lentamente hasta convertirse en oficial, el cual ya era considerado conocedor del oficio.

Sólo los que lograban la excelencia de la técnica podían presentar un examen, en el cual producían una obra maestra que era valorada por sus futuros pares, otros maestros, y si lograba pasar el escrutinio, podía abrir su propio taller. El proceso era bastante tardado y difícil, no sólo por la complejidad de la tarea, sino también por las trabas del gremio que no quería más competencia.

Leonardo da Vinci veía la necesidad de entrar con un maestro consolidado a aprender el oficio, pero debía abandonar el taller cuanto antes para poder desarrollar un estilo propio y no caer en el mannierismo, el arte que sólo reproducía el estilo del maestro, sin innovar. Para Leonardo, esto era caer en la esterilidad artística, en ser un técnico de la pintura y no un verdadero artista.

El perfeccionamiento del arte, en el sentido de lograr la reproducción de la naturaleza —alcanzado por los cuatro grandes maestros del Renacimiento: Leonardo, Donatello, Miguel Ángel y Rafael—, planteó ciertas dificultades a sus sucesores. Si ya todo estaba hecho, ¿qué podían hacer ellos? A los nuevos pintores sólo les quedaba reproducir los estilos de los cuatro grandes, el arte seguía los cánones dispuestos por los maestros y los lineamientos se seguían a pie juntillas.

El manierismo rápidamente probó sus limitaciones expresivas en el nuevo contexto de mediados del siglo xvi —entre la crisis protestante y la Contrarreforma—. El arte se transformó y los artistas empezaron a jugar con las estilización de las formas canónicas: los cuerpos se volvieron más alargados, se perdió el relajamiento volcándose en posturas complicadas, elásticas y fluidas, además de que el naturalismo del Renacimiento fue opacado por la iluminación teatral y los ambientes absurdos.

El Rapto de las Sabinas, de Giambologna, y Perseo con la cabeza de Medusa, de Cellini, son dos obras en las que es bastante perceptible el flujo de los cuerpos que caracterizó al manierismo.

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En El descendimiento de la Cruz, de Pontormo, vemos un maravilloso juego de luces que resalta los colores de forma poco naturalista.

Y nada como El entierro del Conde de Orgaz, de El Greco —Doménikos Theotokópoulos—, para ejemplificar las luces, el alargamiento de figuras; en general una trasgresión del naturalismo.

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El manierismo se presenta como un arte de oposición —entre el siglo xvi y xvii— que lucha con las bases impuestas tan perfectamente por el Renacimiento, pero le es difícil escapar a ellas, logrando un despego sólo a medias y sirviendo como antesala del Barroco. Así, podemos definirlo como un arte de transición.

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