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Cantinflas: el hombre del detalle

En 2011 se cumplieron cien años del nacimiento de una de las figuras más populares, emblemáticas y mundialmente conocidas del cine nacional. Por esa razón, Algarabía rinde un pequeño homenaje al actor, al torero, al empresario y al hombre que, con su cigarrillo, los ralos bigotes y la inconfundible manera de hablar, cinceló en la memoria de millones de personas el nombre de Cantinflas.

El niño Fortino Mario Alfonso, cuarto de ocho hijos de los Moreno Reyes, se despierta, como cada mañana, para ir a la escuela. No se le da mucho el estudio, pero es popular y con frecuencia convence a sus amigos para irse de pinta. Su infancia se desarrolla en la colonia Guerrero; sueña que va a ser rico, que va a viajar, que va a conquistar a las muchachas, pero aún no sabe cómo.

Pasan los años y el adolescente Mario, alias «el Chato» Moreno, tiene sus primeros empleos: ayudante de escribano, recogedor de pelotas de tenis, asistente en la oficina de Correos de México, donde trabaja su padre. Le gusta bailar y boxear. Se empieza a entrenar en este deporte, pero siempre acaba en la lona, así que lo deja. Por las noches asiste a las funciones en las carpas, donde los cómicos y las bailarinas hacen felices a los espectadores. Mario quiere formar parte de este mundo. Ingresa en él como bailarín, asciende a actor sustituto y termina trabajando a diario, a escondidas de sus padres, muy maquillado para que no lo descubran. Inevitablemente se dan cuenta, y a disgusto, aceptan que el muchacho se dedique a este —para ellos— poco honroso empleo.

A finales de los años 20 surge «Cantinflitas», un payaso-peladito que resulta muy popular en las carpas citadinas. Es un muchacho flaquillo y desgarbado, de pantalón caído hasta media nalga, un arrugado sombrerito, la cara pintada a la usanza de aquellos foros, y demás andrajos. Se nota que está inspirado en Chupamirto, personaje creado por Jesús Acosta Cabrera para el periódico El Universal. Dicen que Cantinflas nació porque alguien le gritó a su creador: «¡Cuánto inflas!». No es así pues —según ese señor Moreno que encarna al peladito— a él se le ocurrió el nombre y el vestuario de su personaje, tanto que se lo apropió para convertirlo casi en un símbolo nacional. El payaso «Cantinflitas» crece y se convierte en Cantinflas.

La justicia llega, tarde, pero llega.
Lo que pasa es que, como es ciega, no sabe por dónde anda.

Mario es feliz en el ambiente un tanto miserable de la carpa, hace giras y su Cantinflas le gusta al público. Trabaja en la capital y en la provincia: la Pagola, de Xalapa; el Salón Sotelo, de Azcapotzalco; el Salón Mayab y el Teatro-Salón Valentina, donde se enamora de la mujer que se convertirá en su esposa: la inmigrante rusa Valentina Ivanova, su «Valita», cuñada de Estanislao Schilinsky. Ante su éxito en las carpas, la gente de teatro se fija en él. El empresario José Furstemberg lo contrata para inaugurar el Follies Bergere, en Garibaldi. Al igual que la carpa, el recinto se llena para verlo.

Cantinflas ha evolucionado. Ha hecho suyo el estilo de hablar y hablar sin decir nada. El maquillaje sigue siendo excesivo, pero más tendiente a peladito que a payaso.

En sus sketches utiliza una expresión que se asociará al personaje para la posteridad: «el detalle», que entre los peladitos es la mariguana, pero para Cantinflas puede ser muchas cosas: una situación, una novia, un problema. Los cómicos que lo acompañan en el teatro —Manuel Medel, Schilinsky, entre otros—, aunque son muy buenos, no logran el éxito de Cantinflas, que está a punto de pasar a las ligas mayores de la artisteada: el cine.

Los años de pobreza —que no de miseria— de la familia Moreno Reyes han quedado atrás. Mario gana un buen sueldo y les regala un carro a sus papás. Él se compra su propio Cadillac y una casa en la colonia Clavería, donde vive con su mujer y sus suegros. A finales de los años 30, se asocia con el libanés Santiago Reachi y el judío Jacques Gelman para producir sus películas. Forma un sólido equipo de trabajo encabezado por su eterno director, Miguel M. Delgado y se gana un sitio en la llamada Época de Oro del cine nacional.

Cantinflas y su arte

Su primera película es No te engañes corazón (1936), en la que tiene dos o tres escenas en compañía de otro cómico famoso de la época: Marcelo Chávez «Don Catarino». El recibimiento de Cantinflas es tibio, quizá porque no aparece con su indumentaria típica, sino con bombín y tremendo corbatón. Pero llega el año de 1940, y con él, el gran estreno de la película que lo hará famoso: Ahí está el detalle. En esta cinta aparece en su personaje, tal como lo ha hecho en carpas y teatros. Del maquillaje extremo de los primeros tiempos quedan los bigotitos incipientes y la barba de tres días, el sombrero maltrecho, los pantalones rotos y aguados a la cadera, el hilacho al que pomposamente llama «gabardina» y los toscos zapatones. Cantinflas brilla, la crítica lo aclama y los cines se saturan durante meses para ver esta cinta, considerada una de las mejores en la historia de la pantalla grande en México.

Usted tiene un punto de vista y yo tengo otro, como quien dice, estamos contrapunteados.

Mario Moreno no es Cantinflas. Es el actor que ha creado «el personaje», el empresario que ha ganado una fortuna, un hombre severo que gusta del lujo, que tiene un inmenso guardarropa de la mejor calidad, casas suntuosas y extensas propiedades, es un hombre influyente que destina grandes cantidades de dinero a obras de caridad. Mario Moreno no sonríe. Los admiradores corren a pedirle autógrafos a su artista favorito, creen que les hablará como Cantinflas y les hará bromas, pero se encuentran con un tipo serio, con los pantalones bien fajados, sin el bigotito de partido de futbol —once de cada lado— y con una gabardina de verdad. Firma sin entrar «en confiancitas».

Conoce más detalles sobre la vida y obra de “el mimo de México”, su filmografía completa y fotografías únicas, sólo en Algarabía 83.

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