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Reseña: Las horas más oscuras

Con seis nominaciones en los premios Oscar, Darkest Hour destaca por la actuación magnífica de Gary Oldman en uno de los personajes más peculiares que se le ha visto personificar.

Un plano cenital nos ubica en un aturdido parlamento con decenas de británicos en discusión, quienes no esclarecen una sola palabra en su peculiar acento. No hasta que el vocero del auditorio nos revela que la estrategia proteccionista del primer ministro —Neville Chamberlain—, tras el apoderamiento de la Alemania nazi de territorios como Bélgica y Holanda y su inminente avance hacia Francia, es la causa de la insatisfacción general.

Entramos de lleno al ambiente tenso con el que el largometraje, Las horas más oscuras —bajo la dirección de Joe Wrigh—, se mantendrá durante poco más de dos horas.

Con una dicción distintivamente borrosa, malhumor, carisma muy templada y la presencia continua de un puro en su boca —lo que afecta todavía más su pronunciación—, nos es presentado Winston Churchill, el candidato más acertado al puesto de primer ministro —aunque no muy aceptado por los miembros de su propio partido—, pues viene respaldado por amplia experiencia de años que claramente ya han cobrado su juventud.

 

Es en este personaje en el que se encuentra el mayor mérito de la película. Una extraordinaria caracterización y maquillaje acompañan la actuación magnífica de Gary Oldman, quien muestra en verdad un estudio minucioso de su personaje a nivel de personalidad y de la famosa forma de hablar. Sin duda alguna se trata de uno de los actores más perfilados a ganar el Óscar en la categoría de mejor actor.

 

«No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor».

 

 

Entre dudas y titubeos, el rey lo declara primer ministro. Él define desde su primer discurso las características ofensivas de su política; objeción total a acuerdos pacíficos pues el repudio hacia la figura de Hitler cubre a la sociedad británica. El político recurre a discursos motivacionales y patriotas muy bien estructurados, buscando a través de éstos convencer de la aptitud de su movilización ofesniva. Un guion —realizado por Anthony McCarten— muy bien logrado en su inclusión de frases famosas y diálogos con similitud a las mismas.

 

Continúa el ambiente tenso, pues el ejército nazi no hace más que seguir avanzando, de modo que la idea de atacar se percibe poco factible. El aliado de Norteamérica se niega a enviar ayuda, pues su postura neutra está firmada. La armada francesa está casi rendida tras el acorralamiento de sus soldados —junto con cientos de miles de soldados británicos— en la playa de Dunkerque.

Churchill convoca la famosa Operación Dínamo, en la que una flota de barcos civiles se dispuso a rescatar a los hostigados. En esta escena se muestra la característica primordial de la fotografía de Bruno Delbonnel. Movimientos de cámara discretos en una composición muy típica de la nación isleña. Ambientes fríos y colores templados aciertan en el ambiente de la historia.

El primer ministro casi dudoso de sí mismo, toma un vagón de metro por primera vez en su vida, sorprendiendo a los ciudadanos en una de las escenas más patrióticas del filme. Una plática en la que se refleja la repugnancia general hacia los nazis y la indisposición a llegar a tratos con su líder, a través de Mussolini. Con este discurso, Churchill expresa al parlamento —quienes ahora ya son convencidos y simpatizantes— la idea de no rendirse y luchar contra la tiranía monstruosa.

Una película que debes ver.

 

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