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Brujerías mexicanas

Camino por el sucio y solitario callejón. Un olor a putrefacción me asquea y me hace mirar al suelo. A unos cuantos pasos veo una bolsa de plástico, de donde sale la peste.

Distingo en su interior el cadáver de un ave —una gallina, me parece— negra y me pregunto en qué rito habrá sido usada.

En el caso del México precolombino, estas personas obtuvieron respeto, poder y temor por parte de quienes no tenían sus habilidades.

Los brujos, curanderos o hechiceros existen casi desde los principios de la humanidad, desde que el hombre creyó en seres superiores a quienes llamó dioses y buscó intermediarios para comunicarse con ellos. Se trataba de hombres y mujeres que habían nacido en un día especial o con alguna facultad considerada mágica.

Los antiguos mexicanos

Todas las culturas que habitaban en México antes de la Conquista tenían sus brujos y curanderos. La variedad de éstos era inmensa y sus poderes variaban según el origen y el rango que tenían.

Tan sólo en el mundo náhuatl, fray Bernardino de Sahagún enumeró en su Historia General de las Cosas de la Nueva España a tres grandes grupos de brujos, mientras que el historiador Alfredo López Austin contó por lo menos 40 clases de magos, muchos de ellos temibles y excéntricos.

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Y no sólo en la cultura náhuatl: se dice que había
 brujos en el Sureste de México que por la noche se desprendían de piel y carne y sólo en esqueleto volaban hasta las casas de aquellos a quienes deseaban dañar,
se introducían por la ventana y les robaban el alma. También se habla en varias culturas de los nahuales, hechiceros con la capacidad de transformarse en animales y enfermar las almas y cuerpos de sus enemigos.

Fernando Benítez relata que entre los mazatecos —Oaxaca, Veracruz y Puebla— «hay rezanderos, culebreros y curanderos.

Los rezanderos se alquilan para rezar en diversas ceremonias, leer los libros de rezos aunque no sepan leer. Los culebreros son los que curan las mordeduras de serpientes, y los curanderos son los médicos. Los brujos son aquellos que se han iniciado en las artes mágicas. Los brujos come semillas pueden ver las almas, los yerberos curan por medio de hierbas1 Fernando Benítez, Los indios de México, tomo iii, México: Era, 1989.

El mágico mundo náhuatl

Contaba Bernardino de Sahagún que entre los nahuas había hechiceros malignos que espantaban a los adultos y chupaban a los niños; astrónomos o adivinos que presagiaban acontecimientos diversos, y nigrománticos, quienes pactaban con el demonio para transformarse en animales y hacer daño.

Entre los muchos brujos que describe López Austin estaban los tlatlacatecolo, quienes tenían poderes debido al día de su nacimiento o a un defecto físico congénito, varios de ellos practicaban la magia en beneficio de
su comunidad, otros eran francamente viles: estaban los que lanzaban maleficios para enloquecer, enfermar o envenenar.

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Los tepupuxacuahuia «atontaban a la gente», los teixcuepani «trastocaban los rostros», los teyolmalacachoa «hacían girar los corazones».

Y los tlatlacatecolo podían,
 incluso, usar sus «poderes»
para violar, robar y asesinar.

Había otra clase de brujos,
los «dominadores de meteoros», aquellos que podían controlar los elementos: provocar la lluvia, el viento y el granizo, su principal actividad era proteger las cosechas. Por otro lado, estaban los astrólogos, que leyendo en el firmamento predecían el futuro y aconsejaban a los gobernantes. O quienes practicaban la adivinación con tabaco, granos de maíz, agua, conchas, pajas o cuerdas, quienes interpretaban los sueños, los «médicos» que curaban chupando en la parte enferma, entablillando huesos, pisando el cuerpo o haciendo sangrías.

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No faltaban los pseudomagos, los ilusionistas que, al más puro estilo de David Copperfield, hacían trucos espectaculares como: «incendiar» casas, cortar cuerpos que luego aparecían completos y hasta convertir los granos de maíz en palomitas en la palma de su mano.

En la cultura náhuatl de la época prehispánica, existían el teyollocuani —«el que come los corazones de la gente»— y el tecotzcuani —«el que come las pantorrillas de la gente»—. Ambos eran brujos que perjudicaban a los que hechizaban: el primero mentalmente, el segundo físicamente.

Brujos virreinales

Con el Virreinato llegaron Dios y el Diablo. Las deidades prehispánicas vieron cómo
los españoles destrozaban sus templos y adoctrinaban a sus adoradores. Los sacerdotes, curanderos y tlatlacatecolo se ocultaron o —por conveniencia— se convirtieron a la nueva religión. La Santa Inquisición se dedicó a castigar a quienes se negaban a adorar al único Dios y pactaban con dioses falsos o con su enemigo el demonio.

La sangre menstrual y el semen varonil fueron ampliamente usados durante la época virreinal para los conjuros amatorios. Esta costumbre sobrevive hasta nuestros tiempos.

Surgieron nuevas leyendas: la mulata de Córdoba dibujaba un barco en el muro de su prisión y con artes demoniacas escapaba de la hoguera; la Llorona podía ser la diosa Cihuacóatl o una asesina de niños que había pecado contra el dios de los cristianos. Aún así, sobrevivieron entre las sombras 
los curanderos, los nahuales y los brujos que practicaban sus antiguas artes.

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Un nuevo elemento se añadió a esta transformación:
de África y Cuba llegaron esclavos negros y mulatos, trayendo sus propios elementos religiosos. Fue así que al Santo Oficio le tocó castigar a las hechiceras locales y a las brujas africanas, quienes llegaron con pócimas de amor y rituales para obtener la riqueza. Brujas europeas, santeros caribeños y curanderos nacionales fueron aportando sus saberes hasta lograr un sincretismo que se ha mantenido hasta el siglo xxi.

 

Lee este artículo completo en la edición 131 de Algarabía.

 

 

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