Algarabía 154

Marilyn: dulce ángel del sexo

La Venus naciendo en un mar de dólares para los productores de Hollywood, el ángel del sexo para Norman Mailer: el símbolo sexual más reconocible de la historia; ella es Marilyn Monroe.

Una mujer rubia vestida de blanco, despampanante, se encuentra de pie sobre una rejilla del metro; de pronto, el aire que produce el paso del tren levanta su falda blanca y ella juguetea con la tela. «¿No es delicioso?» dice riendo. Y al hablar de la suave brisa en realidad habla del placer, del sexo —sin decirlo— sólo con la candidez de su sonrisa, con el contoneo de su cuerpo. Con esta simple imagen, sin mencionar a nadie, usted ya imaginó a Marilyn. El apellido es un formalismo.

Fue la más hermosa criatura para Truman Capote, la Venus naciendo en un mar de dólares para los productores de Hollywood, el ángel del sexo para Norman Mailer: el símbolo sexual más reconocible de la historia. Genio de la comedia y afrodisiaco del celuloide; la «rubia tonta» que leía a Joyce y a Rilke; mito lascivo
de pureza inalcanzable. Desde su muerte, medio siglo ha pasado, pero el fantasma erótico de sus labios rojos y sus ojos tristes seguirá, eterno, habitando las fantasías de millones desde las dulces mentiras del cine.

Marilyn Monroe

N. J. Mortenson

Antes de la diosa rubia y el péndulo de sus caderas celestiales, estuvo la pequeña Norma Jean: huerfanita invisible y abandonada, refugiándose del hambre en los cines, codiciando el amor y adoración que las grandes estrellas cosechaban: «Soñaba con ser tan bella que la gente volteara a verme cuando pasara». El estudio la llamó una «Oliver Twist con vestido», explotando su miseria en la promesa más dulce que el sueño americano habría de encarnar. Nunca conoció a su padre; más de un hombre abusó de ella. Su madre, sumida en los demonios de la esquizofrenia, tuvo que dejarla en un orfanato católico que pasó una década imponiéndole miedo al Infierno y colocándola en una docena de «hogares provisionales».

Pero llegó la pubertad. «Cuando tenía 11 años el mundo estaba cerrado para mí. De pronto todas las puertas se abrieron. El mundo se volvió amigable. Los hombres sonaban sus cláxones, sus rostros se iluminaban al verme. Fue una libertad repentina: si me ponía un suéter ajustado los chicos me prestaban sus bicicletas y yo amaba correr en el viento. Pero era un arma de doble filo: cuando el mundo se abre la gente cree tener derecho a cosas, esperan mucho a cambio por muy poco».

Norma escapó de la orfandad casándose con James Dougherty, su vecino, a los 16 años. El matrimonio duró cuatro años antes de derrumbarse cuando él fue llamado
a combatir en la II Guerra. Y así empieza su larga procesión: fieles devotos cegados por el mito y la belleza, incapaces de satisfacer a la diosa, ciegos ante una pequeña huérfana iracunda.

Un susurro sugestivo

Durante la guerra, Norma había comenzado a trabajar
en una fábrica inspeccionando piezas para aeroplanos cuando, a finales de 1944, David Conover la descubrió mientras retrataba a chicas bonitas que trabajaban para las Fuerzas Armadas. Ahí comenzó su carrera como modelo pin-up y Norma Jean —torpe, morena y adolescente— iría disolviéndose en una terrible belleza, magistralmente perfeccionada. Primero llegó el tinte: un estilista asignado por la agencia de modelaje tuvo que convencerla de aclararse y alaciarse el pelo; Norma temía lucir artificial, demasiado lejana de su «yo real». Luego vinieron las operaciones: afilar su nariz y moldear la barbilla. El natural contoneo de sus caderas se vio acentuado por el truco de calzar zapatos con tacones dispares; luego desarrolló ese susurro sugestivo que la caracterizaba para contrarrestar su frecuente tartamudeo.

Tomaba clases de actuación, canto y danza. Deambulaba
 por los foros estudiando las filmaciones, pedía consejos
a los fotógrafos y aprendió sobre lentes, luces y ángulos favorables. Lois Banner, historiadora, observa: «En estas primeras sesiones vemos a una niña-mujer disfrutando de
su cuerpo y buscando atención, algunas veces tímidamente, otras, atrevida, pero jamás luce vulgar». Se rumoraba que
se acostaba con quién pudiera conseguirle una oportunidad de trabajo, pero lo más aproximado a la verdad es que «se tiraba» a todo aquel que quedara atrapado en la corriente de sus instintos, ya fuera un productor importante o un anónimo taxista. Marilyn usaba su cuerpo como un regalo, como moneda de intercambio en pago por el cariño que no había recibido nunca. Se enorgullecía en su habilidad insuperable de complacer a los hombres: cada amante era el único,
el último, el mejor.

Marilyn Monroe

Una necesidad intempestiva

Arthur Miller, quién años después se convertiría en su
tercer esposo, diría: «Algunos han deseado conquistarla sexualmente, otros quieren protegerla sexualmente. Algunos esperan absorber su sabiduría, otros son encantados por
su inocencia; muchos se bañan en la gloria de su imagen pública, otros sueñan con cuidarla en casa». En 1952, ya encumbrada en la fama, se negó a mentir o a disculparse tras el redescubrimiento de un calendario pornográfico para el que había posado desnuda: «Lo hice porque tenía hambre.
Y ahora planeo guardar una copia para mis nietos». Marilyn había recibido 50 dólares por la sesión completa, pero fueron vendidas por 500 a un joven Hugh Hefner que las publicó en su primer número de Playboy.

El estudio cinematográfico temía el derrumbe de su estrella, pero el público enloqueció por ella entre la visión de su
piel desnuda y la inocencia de su actitud. La relación de Norma Jean con su cuerpo era un acto de rebelión contra el destino; las suaves formas de su carne fueron espada y armadura. Desde niña sentía una necesidad intempestiva por desnudarse; se soñaba entrando en una iglesia vistiendo una falda sin pantaletas. La congregación, postrada en el suelo, levantaba la mirada para espiar debajo de su ropa mientras ella caminaba de puntas para no pisarles las cabezas: «En mi sueño no había vergüenza o pecado, las miradas me hacían sentir menos solitaria. Creo que siempre quise ser vista desnuda porque estaba avergonzada de llevar siempre el mismo vestido azul deslavado, la ropa de la pobreza».

La tendencia al nudismo perduró toda su vida, aunque las profundas oleadas de depresión le cambiaban el disfrute
por un abandono suicida estimulado por el alcohol y las drogas. Entre mujeres, Norma se quitaba la ropa como una manera de apaciguar sus frecuentes ataques de pánico.

Entre hombres su desnudez se tornaba manipuladora, siempre proyectando un erotismo indefenso que transpiraba en la pantalla. «Nadie más que Marilyn Monroe —escribió Diana Trilling—, podría insinuar semejante pureza en el deleite sexual. El arrojo con que podía pasearse y sin embargo no ser nunca vulgar, la rimbombancia y jactancia sexual que exhalaba un aire de misterio e incluso reticencia, su voz,
que llevaba matices tan maduros de excitación erótica y no obstante era la voz de un niño tímido —estas complicaciones eran esenciales a su don—. Y éstas describían a una joven mujer atrapada en alguna tierra fantástica de la candidez».

Marilyn Monroe

 

Para 1946 ya había aparecido en 33 portadas bajo el nombre de Norman Jean; pero el tesoro que anhelaba era la plata del celuloide y no la pulpa de las revistas. Conoció a Allan «Whitey» Snyder, quién se convertiría en su confidente y maquillista hasta el día de su funeral —en agosto de 1962, para el que la vistió con su traje favorito, el Pucci verde

que había llevado en su visita a México, apenas unos meses antes—. Juntos crearon el icónico rostro de la bomba rubia: los ojos caídos, el lunar sugerente, los labios coloreados con cinco capas de vaselina y rojo diabolique.

El estudio la nombró «Marilyn» en honor a una legendaria actriz de cine silente;1 el «Monroe» era el apellido soltera de su madre.

En la jerarquía hollywoodense estaba destinada a ser «carne de relleno» para películas de clase B, pero Leon Shamroy vio su prueba de pantalla —ella entrando al salón, sentándose y encendiendo un cigarrillo— y se encontró con una alquimia inesperada: «Me recorrió un escalofrío. Esta chica tenía algo que no había visto desde las películas mudas: cada cuadro de su prueba irradiaba sexo».

Billy Wilder, legendario director que años más tarde la llevaría a la inmortalidad, lo definía como «el impacto de la carne». «Es algo poco común [...] carne que fotografía como carne. Te hace sentir que puedes estirar la mano y tocarla». Es justo esta fantasía de proximidad lo que diferenciaba a Marilyn: en la pantalla se desbordan su ego frágil, su bullicio infantil, su necesidad obsesiva de ser deseada y admirada. «Marilyn sugería que el sexo podría ser difícil y peligroso con otros —decía Mailer— pero con ella era como comer helado. “Tómame”, decía su sonrisa. “Soy fácil. Soy feliz”». Y lo fue, aunque por instantes y con la misma intensidad tiránica con la que la tristeza la arrastraba.

Si quieres conocer más sobre Marilyn Monroe consulta el número 154 de Algarabía. 

 

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