Ideas

Mandas, juramentos y otros trueques de fe

Un día, mientras trabajaba como operador de maquinaria, quiso la mala suerte que mi tío se rompiera la tibia y el peroné.

A los cuarenta y tantos años de edad, eso no era poca cosa, y había un riesgo de que quedara incapacitado para ejercer su trabajo. La única solución, dijeron los doctores, era un intervención quirúrgica.

Devoto como es, mi tío se encomendó al Santo Niño de Atocha —una fe que había heredado de mi abuelo— y le prometió que, si le concedía recuperar la movilidad del pie, en agradecimiento iría a verlo hasta su santuario...

Voy a pagar una manda / al que me hizo un gran favor / al santo que a mí me ayuda/ yo le rezo con fervor/ y lo traigo en mi cartera / con aprecio y devoción...

«Jesús Malverde», Los Cadetes de Linares

s27-ideas-legmilagros

Sí, sí: la operación fue un éxito, mi 
tío sanó, recuperó la movilidad del pie, conservó su empleo y siguió trabajando hasta que cumplió los años de servicio reglamentarios para acceder al retiro y a una pensión. Hoy en día, el buen señor disfruta del ocaso de su vida de manera apacible y contemplativa, y todo gracias a la intercesión del Santo Niño de Atocha, y a que mi tío, una vez sanado, acudió a su templo en Plateros, Zacatecas, a «pagar su manda». Un final feliz, como en cualquier historia que se respete.

Trueques de Fe

Como se pudo leer en el ejemplo anterior, la práctica de las mandas, las juras y de otros «trueques de fe»
está perfectamente establecida en la tradición de nuestro país —y, me informan, en otros que profesan mayormente la fe católica—, y sus mecanismos, rezos, juramentos y pagas, obedecen a un ritual depurado y definido a lo largo de los siglos, a tal grado que la Iglesia católica las reconoce como «religiosidad popular»1 En un documento publicado por el Consejo Episcopal Latinoamericano de Puebla, se lee: «Por religión del pueblo, religiosidad popular o piedad popular, entendemos el conjunto de hondas creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y las expresiones que las manifiestan. [...] Es un catolicismo popular».–pero la señala como un «reduccionismo de la fe a un mero contrato en la relación con Dios».

«San Donato, San Donato, de los cojones te ato, si no encuentro lo perdido, no te los desato»

Una manda es una promesa hecha ante un santo, la Virgen, Jesús u otro sujeto de culto que, de acuerdo con la fe del solicitante, tiene el poder de interceder ante Dios y facilitar la realización
 de un milagro: recobrar la salud, 
de uno mismo o de un ser querido; salir airoso de una situación comprometida o peligrosa; recuperar algún objeto valioso que se daba por perdido o, incluso, a un pariente extraviado.

Ve: Gracias a la virgen que me ha dado tanto

A cambio el beneficiario promete peregrinar al templo del santo a «pagar la manda», a veces completando algún ritual específico —bailar, vestirse como un santo o la Virgen, cargar con una imagen—, o incluso —y esto es lo que encrespa a muchos clérigos— llevando a cabo alguna mortificación, a veces brutal, de la carne pecadora: ayuno, peregrinaje prolongado a pie, «caminata» de rodillas en el atrio, e incluso, flagelación.

Para casos difíciles y desesperados...

No es el fin de estas líneas el juzgar como correctas o incorrectas estas prácticas, como falsos o verdaderos los milagros, ni como comprobable o no la existencia de las entidades divinas. Ese terreno es una pendiente llena de espinos, de la que no creo salir bien librado.

En su lugar, respetuosamente platicaré con usted de algunos de los ejemplos más visibles de esta religiosidad popular:

s27-ideas-nino-de-atocha

  • El Santo Niño de Atocha. En Plateros, una aldea cercana a las minas de Fresnillo, Zacatecas, se construyó una iglesia en honor al milagroso Santo Cristo de los Plateros, y en ella se colocó una imagen de Nuestra Señora de Atocha que sostenía al Santo Niño.

A fines de la época colonial, la reputación del Santo Niño como hacedor de milagros creció tanto, que el santuario se convirtió en un importante lugar de peregrinación.En 1848, se escribió una novena para completar una manda o un voto, rezándole al Santo Niño a cambio de la recuperación de una grave enfermedad —como la de mi tío.

  • El Señor de Chalma. En el Estado de México, muy cerca de Malinalco, desde el siglo xvi se venera a un Cristo crucificado hecho de pasta de maíz de caña. A este santuario llegan peregrinos de todo el país a «pagar sus mandas»: según la tradición, los fieles riegan un ahuehuete, se bañan en el manantial —como símbolo de purificación— y una vez limpios, se coronan de flores, y bailan en el atrio como signo de agradecimiento. De ahí la expresión «Ni yendo a bailar a Chalma», cuando ni un milagro nos rescata de lo inevitable, y la canción que dice «Al Santo Señor de Chalma yo le pido con el alma que te deje de querer».

s27-ideas-senor-de-chalma

  • La Capilla de los Juramentos. Localizada en la Villa de Guadalupe, en la Ciudad de México, ahí llegan, por voluntad propia o presionados por la familia o la cónyuge, fieles «derrotados, llenos
 de sentimientos de culpa, de enojo y, sobre todo, de fracasos» pues no han sido capaces de dejar comportamientos negativos, que buscan celebrar un compromiso personal ante Dios y la Virgen de Guadalupe: su juramento para cambiar y asumir una vida nueva, libre de vicios y maldades.

Y para otros que no son tanto

También existe otra suerte de trueques de fe —los llamo así porque se truecan o intercambian bienes sin intervención del dinero: favores inmateriales como la salud, la fortaleza o un milagro, por actos materiales como una peregrinación, rezos u otras manifestaciones devocionales— en la que se solicita auxilio en alguna apuración menor.

«San Antonio, San Antonio, de cabeza te pondré y de los pies te ataré hasta que me des matrimonio»

El ejemplo más claro es el que llevan a cabo las mujeres solteras que desean dejar de serlo —aunque me pregunto qué tan «menor» sería el asunto para la damnificada en cuestión— y, para tal efecto, ponen de cabeza la imagen de San Antonio de Padua y le ofrecen trece monedas, que tienen que haber sido regaladas por igual número de hombres —¿será que alguno de éstos se anime a «entrar al quite»?

s27-ideas-SanAntonio

Y hay más, por ejemplo, si uno pierde un objeto debe pronunciar: «Santa María del monte prusiano, que venga [se inserta aquí el objeto perdido] a mi mano» tres veces, seguido de tres padresnuestros; también
 San Pascual Bailón recupera cosas perdidas a cambio 
de «bailarle un son»; tampoco es extraño que —sobre todo en las colonias populares y pueblos— se vea gente vestida como una Virgen «porque está pagando una manda», o que uno se recupere de una enfermedad sólo para encontrar que debe ir a tal o cual templo, o prender tantas velas o rezar, porque «doña Fulanita pidió por ti y prometió que te llevaría a ver a la Virgencita».

Así las cosas, parece que todos tenemos un santito al que rezarle. O, al menos, deberíamos tenerlo.

Encuentra este artículo completo en la edición 95 de la revista Algarabía.

También te interesará conocer:

Vida y milagros de la colonia Roma

Los evangelios apócrifos

La pasión de Juana de Arco

El sensual y siniestro Rasputín... ¿muerto?

Usted

busca en algarabía

Publicidad

Publicidad

Newsletter Algarabía

Publicidad

Publicidad

– Publicidad –

Optimization WordPress Plugins & Solutions by W3 EDGE