Ideas

La lepra en la Europa medieval

Cualquier enfermedad con un origen oscuro y cuyo tratamiento sea ineficaz estará siempre cargada de significados, religiosos o no.

Muchas enfermedades han sido y son mucho más que una alteración biológica del cuerpo: se tornan un espacio y tema de expresión cultural o un campo semiótico amplio.

Existen muchos ejemplos de este hecho: en la Edad Media, el leproso fue emblema de redención y trasgresión; en el siglo xix, el tuberculoso representó la consunción y la debilidad, y luego, en la Edad Moderna, el sifilítico fue signo de degradación y vulgaridad. Actualmente, el enojo, la tensión, la «desviación» sexual y la incontinencia se consideran el origen de males como el cáncer y la depresión; más aún, la falta de «buenas costumbres» y el «mal comportamiento» se relacionan con otros como el sida.

Lepra en tu alma

Cualquier enfermedad afecta la existencia de quien la padece, pero la lepra —como ningún otro mal en la historia medieval— tuvo consecuencias terribles para la vida social del enfermo. Estas implicaciones se originaron en el temor a contraer un padecimiento considerado contagioso e incurable que, además, ocasionaba terribles deformaciones.

Por siglos, los leprosos sobrellevaron el sufrimiento de su dolencia, cargaron la imagen aterradora que de ella se tuvo y fueron receptores del miedo colectivo. El cuerpo del leproso, mutilado y gangrenado, ofrecía una terrible visión, despedía un olor nauseabundo y desafiaba la distinción fundamental entre la vida y la muerte al pudrirse mientras vivía. Su sola presencia provocaba horror.

El cristianismo estableció una estrecha relación entre la lepra y el pecado. Así, la sociedad medieval consideró esta enfermedad como propia de la maldad, la lascivia y la herejía, y a sus portadores, como réprobos y enfermos del alma: sobre el cuerpo de aquellos dolientes se reflejaba la podredumbre de su espíritu. En muchas ocasiones, los leprosos —al igual que judíos y herejes— fueron tratados con violencia; por ejemplo, en 1321 se acusó a un grupo de leprosos de envenenar los pozos de agua franceses y fueron enviados a la hoguera.

Para canonizarte

Al mismo tiempo, la lepra fue vista como vía de penitencia y expiación para el enfermo y como vía de santidad para quien lo atendía y procuraba. Esto provocó la imagen milagrosa de su curación y la imagen compasiva de su cuidado. La mentalidad medieval otorgó a los leprosos el purgatorio en vida —por cargar en este mundo el castigo a sus pecados— y dio especial mérito a la práctica de lavar, besar y atender a estos enfermos. San Francisco de Asís; San Luis, Rey de Francia; Santa Isabel de Hungría, y Santa Catalina de Siena encontraron su vocación y santidad en el amor y devoción a los sufrientes leprosos y éstos buscaron en aquellos virtuosos el milagro de su curación. Fue San Lázaro el santo encargado de la protección y alivio de estos enfermos y, como el medioevo designó a muchos padecimientos con el nombre de su santo protector, la lepra fue llamada también «mal de San Lázaro».

Según la oms, en 2006 se registraron poco más de 259 000 casos de enfermedad de Hansen en todo el mundo.

A pesar de lo anterior y de que la Edad Media dignificó la caridad y la piedad a pobres y enfermos, para aquellos que padecieron el mal de San Lázaro su enfermedad significó el rechazo violento de la comunidad, que evitaba el contacto y la relación con aquellos contagiosos y trasgresores, lo que los confinaba a un retraimiento social. Asimismo, marcó su declive hacia la pobreza, pues se les confiscaban bienes y derechos, y se les imponía una serie de prohibiciones, tanto civiles como eclesiásticas: entrar a iglesias, mercados y plazas, hablar con los sanos, contraer matrimonio e, incluso, ser enterrados en cementerios públicos. Además, los leprosos medievales debían avisar de su presencia sonando una matraca o campanilla a su paso y portando una capa gris, cuando iban por los caminos pidiendo limosna.

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Lazaretos o malaterías

La consecuencia más terrible para los que padecían lepra fue su aislamiento obligatorio en leprosarios, también llamados lazaretos o malaterías. Como aquella enfermedad tuvo su máxima intensidad en Europa entre los siglos x y xiii, durante esos años se multiplicaron los leprosarios, que llegaron a cerca de 19 000. Esto refleja un importante esfuerzo caritativo por parte de la sociedad medieval, pero también el incremento de la hostilidad hacia los leprosos. Aunque quizá para ellos el encierro significó una mejor alternativa de vida que andar errantes y expuestos a la violencia.

Aquellos lazaretos se establecían fuera de las poblaciones, tenían escaso contacto con el exterior, solían ser bastante pequeños, se mantenían de la caridad y las limosnas y, en ocasiones, eran dirigidos por un leproso. Además, ofrecían a sus ocupantes amparo, comida y asistencia espiritual —más que tratamiento médico—, exigiéndoles a cambio un buen comportamiento.

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A pesar de la ansiedad social que la lepra ocasionaba, los médicos medievales la trataron como una alteración del cuerpo y no sólo como una enfermedad del alma. Así, intentaron su paliación, curación y tratamiento por medio de la ingestión de carne —bajo la idea de que ésta producía más carne—, de la moderación en la dieta, de la aplicación de diversos ungüentos y del uso de métodos evacuativos como las sangrías. Médicamente, el mal de San Lázaro se concebía como una podredumbre extendida en el cuerpo causada por un desequilibrio humoral debido al exceso de bilis negra o humor melancólico; este desequilibrio, muchas veces, se originaba en la transgresión moral. También se le asoció con el consumo de carnes podridas o saladas en exceso, con el abuso de lentejas, con el aire corrupto, con la concepción de un hijo durante la menstruación y con las relaciones sexuales con una mujer menstruante. Además, se pensaba que se transmitía y heredaba sexualmente, y que incrementaba el apetito carnal.

Que a Dios toca juicio

Un tribunal compuesto por jueces, clérigos y, progresivamente, médicos se encargaba de hacer el iudicium leprosorum, es decir, el diagnóstico y juicio de los leprosos para, dado el caso, sacarlos de la comunidad. Las manchas y lesiones en el cuerpo, así como la falta de sensibilidad causada por la enfermedad eran decisivas. Que la aguja y el agua fría no causaran dolor era señal inequívoca de lepra; la disolución inmediata de tres granos de sal en la sangre del enfermo también era signo indudable de aquel padecimiento.

Hay muchas teorías sobre la disminución de la incidencia de lepra en Europa. Una de ellas propone que sus portadores fueron los primeros en sucumbir a la muerte negra y a las siguientes olas de peste; otra, que los médicos afinaron sus diagnósticos y dejaron de llamar leprosos a la mayoría de los que padecían una afección de la piel; otra más señala que la mayor incidencia de la tuberculosis dio cierta inmunidad contra la lepra, y otras dan crédito a una mejor higiene. Lo cierto es que, a partir de la segunda mitad del siglo xvi, muchos leprosarios europeos cerraron sus puertas o se volvieron casas de pobres u hospitales durante las incidencias de epidemias. La disminución del mal de San Lázaro coincidió con plagas de peste y episodios de sífilis, y esto contribuyó al desarrollo de políticas de salud pública más amplias que el mero confinamiento de enfermos.

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