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Guía del tacaño odioso

No es que uno sea codo pero, cuando toca organizar una reunión y luego se hacen cuentas, la quincena ya voló… Ante esto, proponemos una guía para salir bien librados del compromiso e incluso pasar un rato agradable.

Aquí de lo que se trata no es sólo de timar a los invitados con la calidad
 y la cantidad —cualquier imbécil puede rellenar las botellas vacías de borgoña con tintorro marroquí o comportarse como si su conocimiento sobre las bebidas alcohólicas se le hubiera borrado del cerebro a las 10 de la noche—, sino de fregarlos mientras parece, o les parece al menos a las esposas, que se les está tratando muy bien.

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Recuerda tu plan: tu objetivo ideal es que se arme una gran bronca entre cada marido y mujer en su camino de vuelta a casa: mientras él menosprecia tu hospitalidad.

Ella insiste en que estuviste muy simpático y atento, y piensa que su marido no es más que un borracho resentido.

1. El que pega primero, pega dos veces. Cuando lleguen los invitados, ofrece a cada dama una rosa 
y a los caballeros ni los saludes. Siguiendo en esa línea, felicita a cada dama por su aspecto y, de vez en cuando, dirígele a alguno de los maridos ciertos comentarios como «me dijeron que no andabas muy bien» —borracho como cosaco todos los días— o «te veo mucho mejor que aquella vez» —o sea, cuando tenías aquella cruda de campeonato.

2. De vital interés: prepara bebidas en alguna despensa, barra 
o rincón bien alejados de la escena principal. Así, no sólo disimularás tu tacañería, sino que también convertirás cada nueva ronda en un leve esfuerzo, dando a entender a cualquier individuo que no será fácil servirle un trago más.

Siéntate siempre en un sillón donde te quedes convenientemente hundido y procura 
que se note que te cuesta un poco 
levantarte.

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3. Antes de ofrecer la 
cena varían los procedimientos. El más evidente es ofrecer tan sólo una clase de bebida; por ejemplo, un «ponche» elaborado con vino tinto baratón, agua mineral, un vasito de jerez del que usas para cocinar —siendo generosos— y mucha fruta fresca para
dar una impresión de exuberancia. Di que te lo has inventado tú y añade, en tono amenazador, «que es más pegador que lo que se cree». Sírvelo en copas pequeñas.

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Puedes convertir el esfuerzo en algo positivo basado en dedicar casi todo tu tiempo a controlar el fuego, cerciorándote a conciencia de que
 el material se mantiene lo suficientemente caliente, o recorriendo una y otra vez el camino que separa la cocina de la sala; de este modo, pasarás más tiempo deambulando que sirviendo copas.

Tras un par de dosis, tus invitados estarán sudando la gota gorda y no tendrán 
muchas ganas de más.

Siempre puedes ahorrar dinero llenando los vasos con muchísimo hielo —más trabajoso que servir simple alcohol, pero mucho más barato— o, en el caso de los martinis: poner en la copa una aceituna del tamaño de un puño de bebé.

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Si ante estas estrategias aún queda algún borracho veterano que insista en pedirte, por ejemplo, un whisky, vete a la despensa y dedica unos minutos a la lectura del periódico antes de servírselo. Luego entrégale el trago con mucho énfasis, puede, incluso, que adoptando un acento irónicamente servil: «¡Aquí está el scotch de Su Señoría!».

Con el whisky las cosas se complican. Recurre a los vasos de colores o a la marca más oscura que encuentres. Y no dejes de rebajar las cervezas.

4. Pasa pronto a la cena y asegúrate de que haya mucha comida, por lamentable y barata que sea.

5. Quédate sentado ante los restos de la cena todo el tiempo que te atrevas o que te permita el cuerpo; luego llévatelos a todos al salón A esas alturas ya habrá
 pasado bastante tiempo
 desde el final de la cena,
 media hora de haberte
 «olvidado» de servir una
 gota de nada puede resultar 
muy arriesgado. Al final
«date cuenta de repente» de que estás aplicando 
la ley seca y ofrece brandy, evidentemente, se trata de un brandy de cocina aguado—tárdate mucho para ir y venir de la despensa—, que los invitados, como sólo han probado el falso armagnac de los restaurantes promedio, pueden encontrarlo hasta potable.

También prueba: De cervezas y jaiboles

Deja pasar el tiempo sirviendo whisky aguado —refunfuña un poco antes de ofrecerlo– y no te olvides de decir en voz alta lo de: «Yo, personalmente, considero que una cerveza fría —y de la más barata— es lo mejor para esta hora de la noche».

Por supuesto, tus propios tragos nunca deben estar por debajo de aquello a lo que estás acostumbrado, por crueles que resulten las privaciones que impongas a tus invitados

Pregunta a las señoras si les apetece una copita de strelsavauda, licor ruritano «muy poco conocido», —compuesto por higos pochos y pellejo de almendras— que, admitámoslo, puede «subírsete
a la cabeza» si no estás acostumbrado a tomarlo. Todas te dirán que no, pero 
te agradecerán muchísimo el detalle

Si crees que todo esto es pura 
fantasía satírica… Mejor ve el artículo original en Algarabía 135

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