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Experiencias cercanas a la muerte –NDE–

Hubo un tiempo en el que bastaba parecer muerto para que a uno lo mandaran al sepulcro.

Se cuenta
 que, para declarar la muerte del Papa, era suficiente con que no respirara
 ni reaccionara después de haber oído tres veces su nombre—. Es un hecho que en el pasado muchos despertaron bajo tierra: durante la plaga de Londres se registraron al menos 149 personas enterradas vivas; una tal madame Bobin incluso dio a luz en el ataúd, hecho del que se supo más tarde, cuando la exhumaron.

Lo que alguna vez fue de incumbencia exclusiva de teólogos y visto con desdén por la medicina, se ha convertido en un área de estudio a la cual la ciencia consideró que debía, al menos, echar un vistazo.

Pero el avance de la medicina y de las técnicas de resucitación ha permitido, en primer lugar, que esos casos sean cada vez más raros, y en segundo, que muchas personas lleguen cerca del «punto del no retorno», a pisar el umbral de la muerte para después ser reanimados; individuos suertudos que apenas hace 100 años hubieran ido al mismo hoyo que la madame.

Particularmente, las operaciones del corazón han traído consigo un considerable refinamiento de los métodos de resucitación.

Se sabe de personas carentes de ritmo cardiaco, respiración y actividad cerebral —al menos la que puede medirse en el quirófano— que han sido arrancadas de la muerte después de haber permanecido «clínicamente» muertas durante segundos o minutos.1 La muerte clínica de un paciente habría de definirse como el estado en que han cesado la respiración, la actividad cardiaca y la cerebral, pero en el que no está excluida la posibilidad de resucitación.

En los años 60 del siglo pasado, la doctora Elisabeth Kübler-Ross comenzó a investigar sobre ese gran acto que es morir, mas no desde el punto de vista del médico, sino del paciente. Entrevistó a cientos de personas que se encontraban a horas de morir, para conocer sus emociones y estado mental. Su aportación más grande fue descubrir las etapas que vive un enfermo terminal.

–Conoce la muerte aparente

Pocos años después se publicó un libro que, a pesar 
de tener un título sensacionalista y haber engendrado malas imitaciones, exponía con cautela y seriedad los testimonios de los pacientes que habían experimentado la muerte clínica.

El libro, titulado «Vida después de la vida», fue escrito por Raymond Moody, un psiquiatra 
con doctorados en filosofía y psicología.

A Moody le llamó la atención la similitud en los relatos de más de 150 pacientes que habían estado muertos por unos momentos y que regresaron a la vida mediante técnicas de resucitación. Aunque los pacientes se sentían muy avergonzados y temían ser tachados de locos, relataban con convicción lo que habían visto.

La luz al final del túnel

Se trataba de personas de diversas edades, nacionalidades, antecedentes culturales y religiosos, incluso de circunstancias médicas distintas que parecían repetir un patrón. Según sus reportes, cuando una persona llega al punto de máxima agonía, escucha al médico declararla muerta; viene enseguida un «sonido» molesto, parecido a un zumbido; el acuciante dolor físico desaparece y se tiene una perspectiva externa: algunos ven su cuerpo sobre el pavimento, o en el quirófano mientras los médicos intentan reanimarlo.

En la literatura académica, estas experiencias —que en algún momento se consideraron cuentos de fanáticos— se conocen como Near Death Experiences —NDE—.

La exaltación pasa y poco a poco se acostumbra a un nuevo «cuerpo», a una forma de existencia; llega luego la sensación de flotar y ser absorbido por un túnel, al final del cual hay una luz muy brillante que brinda la sensación de paz absoluta.

–Entérate en qué consiste la muerte cerebral

Prácticamente nadie en la comunidad médica duda de la existencia de este fenómeno, el cual se hizo público tras la abrumadora cantidad de reportes sistematizados luego de la publicación del libro de Moody.

Cine sin palomitas

Los cinéfilos estarán contentos de saber que, en la mayoría de los casos, las personas que mueren dicen ver pasar su vida como en una película, hasta el último detalle y en tercera dimensión: cada acontecimiento trivial e importante, desde el nacimiento hasta la caída del primer diente y la primera decepción amorosa.

«Un recuerdo de mi infancia
 tras otro, tan nítido y claro como si estuviera pasando nuevamente. Fue muy agradable ver la mayor parte, pero unas cosas me hicieron sentir mucha vergüenza», cuenta una mujer.

Al terminar la «función», las personas dicen haberse sentido abrumadas, superadas por una fuerte sensación de euforia, felicidad y aceptación indescriptibles; finalmente, llegan a un umbral que identifican como el «punto de no retorno» o, cuando su «misión en la Tierra» todavía no ha concluido, como la orden de regresar.

Este modelo «básico» no siempre se cumple; algunas personas aseguran experimentar sólo la visión del túnel, y no la sensación de flotar sobre el cuerpo; otras han relatado experiencias cósmicas, visiones del paraíso
 y encuentros con un ser supremo. Existen, incluso, casos de ciegos de nacimiento que llegan a «ver» cosas.1 Muchas otras personas, no está por demás decirlo, no ven nada.

Aunque el de Moody fue en su época el libro más célebre sobre el tema, no fue el único.

Un año antes,
el profesor Wiesenhütter —de psiquiatría, en la Universidad de Tübingen— había publicado Blick nach drübeUna vista al más allá—, que recopilaba casos 
de personas que se habían ahogado o despedazado
 en accidentes automovilísticos. El mismo profesor experimentó una nde como consecuencia de dos infartos pulmonares: «Después de un rato de un dolor y miedo intolerables, perdí la noción del tiempo y de los objetos a mi alrededor. Al principio era como si yo me estuviera reduciendo a un punto en el espacio, pero al mismo tiempo me expandiera hacia el infinito. Decir que tuve una sensación de liberación y felicidad es poner en palabras lo que no puede describirse».

Carretera al infierno

Por su parte, los amantes del heavy metal estarán encantados al saber que unas cuantas personas reportan vivencias infernales, similares a pesadillas; otros cuentan haber sido atacados por una presencia maligna. Entre los testimonios desagradables, el más común es experimentar «la nada» —una oscuridad absoluta, sin sonidos ni sensaciones táctiles— y la percepción de estar completamente solo.

Richard Bonenfant describe el caso de un niño de Nueva York que fue atropellado a los 6 años y que dijo haber visitado un lugar oscuro y tranquilo, y haber visto al diablo, a quien describió no con la imagen tradicional de cola y cuernos, sino como un enorme pedazo de carne descompuesta, una figura a la vez «enferma y loca».

Las experiencias «infernales» no parecen tener relación, por cierto, con el estilo de vida de las personas.

Ocurren por igual a hombres y mujeres de todas las edades, niveles educativos, económicos, orientaciones sexuales y espirituales. Quienes sobreviven a un intento de suicidio, por ejemplo, suelen tener experiencias pacíficas, breves y menos complejas que el promedio. Contrario a lo que podría pensarse, se hacen menos religiosos, al menos en el sentido convencional. Adoptan una espiritualidad universal: «Estoy consciente de Dios en todas las cosas. No siento necesidad de ir a una iglesia. Ahora sé que soy parte de algo más grande».

¿Realidad o alucinación? A la fecha, el debate sobre estas sigue latente. Conoce más de la conciencia post mórtem en la edición 110 de Algarabía.

 

 

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