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¿Existen las razas?

El antropólogo y divulgador Marvin Harris nos enumera algunos de los sorprendentes y paulatinos procesos que definen a cada grupo racial, mientras intenta responder la pregunta que da título a este texto.

Ésta es una pregunta difícil
 de contestar porque los rasgos con que determinamos si una persona es caucasoide, negroide, mongoloide, etcétera, son las partes blandas y superficiales del cuerpo. Los labios, narices, pelo, ojos y piel no se fosilizan.

Al mismo tiempo, las partes duras, que sí se conservan, no son fiables como indicadores raciales porque las dimensiones de los esqueletos de todas las razas coinciden en su mayor parte.

Factores como el clima, las migraciones y la mezcla genética influyen para establecer los rasgos físicos y las características que definen a cada raza.

Pero hay todavía un problema más grave a la hora de determinar cuánto tiempo llevan existiendo las razas.

Incontables combinaciones

Los genes que determinan las características utilizadas para definir las razas contemporáneas no forman necesariamente conjuntos de rasgos hereditarios que se den siempre juntos. Las variantes de color de la piel, forma de pelo, tamaño de los labios, anchura de la nariz, pliegues epicánticos1 También llamado epicanto, es la piel del párpado superior que cubre el ángulo interno del ojo., etcétera, se pueden combinar y heredar independientemente unas de las otras.

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Aún hoy existen en el mundo tantas combinaciones diferentes de rasgos raciales que la simple clasificación en cuatro o cinco tipos principales no basta para hacerles justicia.

En el norte de África viven millones de personas que tienen labios delgados, nariz fina y pelo ondulado, pero con una tez que va del moreno oscuro 
al negro.

Encasillamiento racial

Desconocer o negar la independencia de los rasgos utilizados para determinar las razas puede mover a crear extrañas categorías biológicas.

La distinción entre blancos y negros utilizada en los ee. uu., por ejemplo, omite el hecho obvio de que las personas negras pueden tener ojos, nariz, pelo y labios indistinguibles de los de las personas blancas. Sucede, asimismo, lo contrario con los blancos, entre los cuales algunos individuos parecen más negroides que algunos negros.

Estas anomalías se producen porque los estadounidenses no entienden por raza el aspecto efectivo de una persona determinado por sus genes, sino con arreglo a la categoría en que fueron clasificados sus padres.

Según esta concepción de raza, si uno de los padres
 es «negro» y el otro «blanco», el hijo de ambos es negro pese al hecho de que, conforme a las leyes de
 la genética, la mitad de los genes del descendiente proceden del progenitor negro y la otra mitad del blanco.

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La práctica de encasillar racialmente a las personas resulta absurda cuando los antepasados negros se reducen a un abuelo o bisabuelo2 Como en el sistema de castas de la Nueva España..

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La mayoría de los estadounidenses negros han heredado una parte importante de sus genes de antepasados europeos recientes. Cuando se estudian muestras de negros estadounidenses, suponer que representan a africanos es incorrecto desde el punto de vista genético.

Los rasgos que podemos ver no coinciden con los que no podemos ver.

Quizá sería mejor imitar a los brasileños, que determinan los tipos raciales no con tres o cuatro términos sino con 300 o 400, inclinándose debidamente ante el hecho de que no puede considerarse europeas, africanas o amerindias a personas cuyos padres y abuelos eran una mezcla de europeos, africanos y amerindios.

Rasgos migrantes

Combinaciones y frecuencias nuevas de genes han mantenido a los tipos raciales de la especie en estado de fluidez desde que empezaron a extenderse por África y Eurasia
 las poblaciones de sapiens modernos. Algunos de estos cambios son frutos de la casualidad.

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Durante las migraciones de pequeños grupos a regiones nuevas, 
podía suceder que los 
colonizadores portasen
 accidentalmente un gen 
menos frecuente entre
 sus antepasados.

A partir 
de ese momento, la
 nueva población presentaría una frecuencia mayor de la variante

Otro proceso de carácter esencialmente aleatorio,
que contribuye a la difuminación de los rasgos raciales, es el acelerado flujo de genes que se produce cuando las poblaciones migrantes encuentran poblaciones distintas desde el punto de vista genético. En tiempos remotos es improbable que ocurrieran mezclas raciales tan masivas como las registradas en los ee. uu. y Brasil, cierto grado de mezcla racial habría sido inevitable en las fronteras cambiantes de poblaciones genéticamente diferentes.

El árbol genético

Pese a todas las reservas, sigue siendo posible diferenciar las poblaciones humanas sobre la base de gran número de rasgos genéticos invisibles cuyas frecuencias medias se agrupan en grado estadísticamente significativo.

El porcentaje de genes que comparten estas poblaciones puede emplearse para medir 
la «distancia» genética que las separa.

El árbol genético más probable muestra que la primera derivación del tronco común africano se produjo hace unos 60 mil anos

Además, suponiendo que el ritmo de cambio genético ha sido uniforme en dichas poblaciones, se puede estimar el momento en que dos de ellas empezaron a divergir y, por tanto, a construir un árbol genético probable que muestre la secuencia de sus derivaciones a través del tiempo.

El antropólogo Luigi Cavalli-Sforza ha utilizado este método para definir las siete poblaciones contemporáneas principales:

  • africanos
  • europeos
  • asiáticos nororientales
  • asiáticos surorientales
  • isleños del Pacífico
  • australianos
  • neoguineanos

Sólo el tiempo dirá si el árbol genético de Cavalli-Sforza sobrevivirá al vendaval de críticas que ha suscitado. Pero téngase presente que el grupo de rasgos empleado para establecer el árbol no incluye ni el color de la piel, ni la forma del pelo, ni ningún otro rasgo «racial» convencional y que cuanto más nos alejemos del tiempo, mayor será la dificultad de hablar de grupos parecidos a las razas que conocemos actualmente.

Consulta la revista Algarabía 137  y lee este ensayo completo que extrajimos del libro Nuestra especie (1981), de Marvin Harris.

 

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