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El día en que la Ciudad de México ardió de sed

El domingo 19 de noviembre de 1922, la Ciudad de México amaneció sin agua. En la capital había, según el censo realizado el año anterior, 615 mil habitantes. En las primeras horas de la mañana, la mayor parte de éstos descubrió que era imposible sacar de los grifos una sola gota de agua.

La higiene no era el mejor hábito de los capitalinos: muchos destinaban el domingo a su aseo personal y pasaban el resto de la semana dándose rápidos baños de gato. El sistema de aguas no pudo elegir peor día para fallar. Desde muy temprano, ejércitos completos de fámulas1 Criadas, empleadas domésticas. fueron vistos en la calle con baldes en las manos. Un desastre impensable se había consumado.

La Ciudad, decía un periodista, «había perdido el canto del agua». Con el pelo enmarañado y lagañas en los ojos, la gente se sentó a esperar. Pero iba a resultar muy largo aquel domingo.

«El agua es huevona: siempre se va por el camino más fácil». Marino Hernández B. «Marianito»

Sequía por descuido

Desde la instalación del moderno sistema de distribución de agua potable, que comenzó en 1903 durante el gobierno de Porfirio Díaz, y culminado en 1912 bajo la administración de Francisco I. Madero, cada habitante de la capital solía disponer en su domicilio, con el simple hecho de girar un grifo, de un promedio diario de 240 litros de agua.

Cuando cayó la noche, los baños de cines, cantinas, teatros y restaurantes se estaban convirtiendo en zonas de desastre. Al día siguiente se esparció la noticia de que, a causa del descuido de un empleado, los motores eléctricos que ponían en marcha las bombas de agua de la planta de la Condesa —en donde concluía el acueducto proveniente de Xochimilco— se habían mojado. El director de Aguas Potables anunció que iba a tomar tres días desarmar, secar, reparar y volver a montar la maquinaria. Entregó al público una mala noticia: en ese lapso la ciudad carecería de líquido suficiente para satisfacer sus necesidades. «El agua almacenada —dijo— sólo permitirá abastecer a la población durante dos horas diarias».

La gente agolpó cubetas bajo los grifos para surtirse en el horario señalado, pero el agua no llegó. A tres días del desperfecto, el Ayuntamiento informó que el problema se prolongaría a lo largo de la semana, «hasta el sábado o el domingo siguiente». Comenzaban, en cascada, los males que desataron una crisis que dejó en las calles decenas de muertos y heridos.

Desde la tribuna de los diarios, las plumas más influyentes acusaron al gobierno de engañar a la población. Algunas pedían que el primer mandatario, Álvaro Obregón, disolviera el Ayuntamiento; otras se preguntaban para qué demonios pagaba la gente el impuesto de aguas. De las atarjeas2 Canales pequeños de mampostería, a nivel del suelo o sobre arcos, que sirven para conducir agua. comenzaba a desprenderse un hedor insoportable. Los baños de los hogares eran semejantes a los de las cárceles.

Innumerables vecinos viajaban, desde todos los puntos de la ciudad, a las colonias San Rafael y Santa María, en donde algunas casas con pozos artesianos3 Un pozo artesiano es aquel tipo de manantial o pozo que comunica con un acuífero cautivo de agua. obsequiaban líquido a los necesitados. Éstos hacían filas inmensas, y después de esperar horas eternas frente a los pozos volvían a sus domicilios acarreando el agua en botes de hojalata.

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Agua de las piedras

Seis días después del arribo de la emergencia, la ciudad se consumía de angustia, rabia y desesperación. La mayor parte de las actividades se habían derrumbado. Por las calles y las plazas desfilaban «verdaderas caravanas [...] buscando ansiosamente el indispensable elemento». Muchos se arremolinaban en las tomas de agua, intentando abrirlas por la fuerza. Otros se encaminaban hacia canales infestos de donde extraían un líquido turbio que luego vendían a precios increíbles.

Tras una complicada serie de pruebas infructuosas, se admitió que no había forma de poner en marcha el motor de arranque, «la llave de toda la maquinaria que hay en la Condesa». El presidente municipal declaró que la compostura tardaría por lo menos otras 48 horas, y la prensa ardió en santa indignación. «Ya no hay pronóstico en lo que se refiere a la fecha en que habrá servicio de aguas, pues nadie cree nada, ni se tiene confianza en nadie». El diputado Jorge Prieto Laurens aseguró que la administración municipal había traficado con las piezas de repuesto de la estación de bombeo, vendiéndolas como fierros viejos. El alcalde fue acusado de descuido, negligencia, corrupción.

Para entonces, la ciudad había viajado varios siglos
 en el tiempo. El estancamiento de inmundicias en excusados y atarjeas, los enjambres de moscas que sobrevolaban la urbe, la mugre adherida a las manos y las uñas, perfilaban la llegada de un temido fantasma: la epidemia.

Ante «el punible abandono de los servicios públicos», la gente se encargó de obtener agua con sus propias manos. En la calle Nuevo México, un vecino razonó que «estando la ciudad edificada sobre un lago, todavía es posible encontrar depósitos de agua, y aun corrientes, a pocos metros de profundidad». Tres horas de trabajo le bastaron para abrir un pozo y encontrar un venero de agua sucia que de inmediato fue aprovechado por los moradores de la calle para lavar trastos, y «otros usos». En patios de vecindad, en corrales y solares, la gente se entregó a cavar con denuedo. Había llegado el momento de sacarle el agua a las piedras.

Si quieres saber en qué termina esta narración, consulta Algarabía 100.

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