Ideas

El beneficio de las ventosidades

Es harto probable que Adán y Eva empezaran a ventosear cuando abrieron los ojos, cuando fueron condenados 
a labrar la tierra por su desobediencia, pues resulta indudable que el trabajo produce pedos.

Aunque también existe una gran posibilidad de que esa grosera operación diera comienzo antes de que empezaran a trabajar: del mismo modo que, según se dice, el miedo puede manchar de forma inmunda unos [calzones], también puede causar pedos de susto. ¿Y quién sería capaz de no hacer las dos cosas si una serpiente enorme y monstruosa, enroscada a un manzano, entablara una conversación con nosotros? [...]

Reflexionar sobre los pedos

Los clásicos soltaban unos pedos prodigiosos, sobre todo los griegos. [...] Incluso tenían unas ventosidades asesinas que los modernos desconocemos: debió de tratarse de una mezcla extraordinaria de aires refinados y sutiles, parecidos en naturaleza al rayo, que podía matar al instante.

Ha habido autores que han afirmado grave y pomposamente que los griegos de pedos asesinos soltaban algo parecido al rayo, con unos gases atroces, pero se trata de una conjetura imprecisa, y no podemos fiarnos de ella. Sin embargo, esos gases debían de ser maravillosos en grado sumo, inflamables y deletéreos, si con una sola explosión podían matar a un hombre, cosa que, en efecto, vemos que sucedía gracias a la siguientes y conmovedoras estrofas:

¡En una ocasión el valiente Áyax, hijo del gran Telamón, soltó un pedo mortífero con que mató a Agamenón!

[...] Ejemplos de talentos igualmente extraordinarios, empero, no escasean entre nuestros contemporáneos, aunque su inocencia, su utilidad y su gracia los
 hacen menos letales y asquerosos.

El flatulento más extraordinario de cuya existencia tengo noticia, y del cual existen numerosos testimonios, fue un tal Simon Tup, también llamado Tup «el Gaitas»; otros lo denominaban «el Herrero Pedorrero». El tipo nació
 en Kirkeaton, en Yorkshire; tenía un talento singular y avezado para acompañar cualquier instrumento con sus ventosidades, que soltaba tan admirable en cuestiones de tiempo, tonalidad y afinación, que engañaba a los jueces más precisos, los cuales no distinguían cuál era el instrumento musical y cuál el pedo. Imitaba la gaita de manera incomparable, y podía hacer un solo de fagot.

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Este hombre prodigioso recibió tantos parabienes que cerró su negocio y se dedicó a recorrer el país, ganando así mucho dinero.

Soltaba gases y los acompañaba con una canción, sobre todo con: «Marchad, dulces vendavales, y llevaos mis suspiros».

La suerte del desdichado fue sombría: a causa de un esfuerzo extraordinario que realizó durante la famosa tonada «Vientos fuertes y vientos flojos», desgraciadamente se le estalló una arteria, a consecuencia de lo cual falleció en el acto. [...] Estos pedos pueden considerarse en la categoría de los pedos musicales.

He aquí algunas de las muertes más estúpidas en la historia

Otro pedorrero célebre del que he tenido noticia fue el señor Robert Price, un juez de paz galés, el último que hubo en Cowbridge, en el condado de Glamorgan. Este honorable caballero tenía una facultad extraordinaria cuando ventoseaba: podía tirarse un número determinado de pedos en cualquier momento y, si se le preguntaba qué hora era, era capaz de responder tirándose directamente el número de ventosidades correspondiente a la hora.

Incluso, se dice que este flatulento espléndido tenía pedos especiales para la media hora, para el cuarto de hora y para los minutos.

El señor Price se entretenía soltando gases para alejar de su lado a aquellos cuya compañía le desagradaba, pero acabó alcanzando tal fama —tenía la desdichada facultad de resultar pestilente— que sus compañeros de asamblea no querían reunirse con él, y fue universalmente excluido de la sociedad. Aquello tuvo un efecto tan pronunciado en sus nervios, que se le estalló el corazón y murió, convirtiéndose así en un mártir de los pedos. Estos pedos pueden denominarse desdichados o nerviosos.

Flatulencias extraordinarias

No debo olvidar a ese extraordinario ventoso italiano, el signor Trebello. Tenía el talento asombroso e increíble de transferir el sonido de sus pedos a cualquier persona dentro de la misma estancia, y podía —¡qué gran maravilla!— hacer que pareciera que la flatulencia salía de un bolsillo, de una boca o de un oído. [...]
Resulta indudable que este talento era muy peligroso, porque, gracias a él, una dama podía soltar una ventosidad por poderes. Estos pedos pueden denominarse asombrosos o por poderes.

Tengo el honor de conocer a un caballero muy respetable que también es un discreto experto en pedos.

En cierta ocasión hizo una apuesta: dijo que podía soltar nueve flatulencias cuando el reloj diera las nueve; ganó. Estos pedos pueden recibir el nombre de pedos puntuales.

[...] Ha pasado a la posteridad la siguiente historia sobre el rey de Francia y su hermano; este último, en una ocasión en que se hallaba ante un grupo numeroso, empezó a salir de la estancia con frecuencia y a volver
a entrar con la misma prontitud. Finalmente, el rey lo llamó en el preciso instante en que el hermano iba a deleitarse con otro pedo. «Hermano —pidió el rey—, os ruego que no salgáis, y que cambiéis el modo de ataque. Tiraos los pedos ante todos, y salid después a esparcir la pestilencia». Esa clase de pedo puede denominarse pedo de estratagema descubierta.

Escuchen esto quienes padecen un saludable morbo

[...] El difunto doctor P***, más celebrado por lo excelente de su cabeza y de su corazón que por su delicadeza o sus buenos modales, fue a visitar a la difunta lady B*** cuando ésta se hallaba gravemente enferma. La dama se quejó con el doctor del gran malhumor y de la debilidad que la aquejaban. «¡Por
 los clavos de Cristo! —repuso el doctor— ¿Por qué 
me referís tales desdichas? En cuanto he entrado en 
la estancia he oído que os tirabais un pedo. ¡Pardiez, apestáis! Creedme: mientras sigáis soltando flatulencias no existe peligro de muerte

Solemos recurrir al pedo como venturoso alivio: no hay síntoma mejor.

«Oh, doctor —replicó la señora, meneando la
 cabeza y con voz queda y débil—, ¿de qué me sirve ventosear? Llevo haciéndolo toda la noche y no siento mejoría». «¡Conque eso habéis hecho! —observó el médico—. En ese caso, la señora debería presentarse a un concurso de pedos». Estas ventosidades pueden llamarse pedos en vano.

No, paisanos y paisanas, si no os avergonzáis de comer y de beber juntos, de sonaros la nariz ni de respirar juntos, o de llevar a cabo cualquier otro quehacer delicado y natural juntos, os ruego que tampoco os avergoncéis de pedorrear juntos.

Ventosead libres, hermanos míos, y que los pedos se extiendan entre vosotros.❧

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