Curiosidades

Apuntes sobre Jack el Destripador

Jack El Destripador ocupa un lugar preponderante en la galería de los personajes tristemente célebres. Tanto la abundante bibliografía sobre él como las diferentes conjeturas sobre quién fue y por qué hizo lo que hizo han contribuido a otorgarle un nivel mítico.

Sin embargo, junto a trabajos serios y documentados encontramos también mucha charlatanería y falsedad. Me ceñiré en lo posible a los hechos, para intentar una explicación del mito de este personaje, que en el otoño de 1888 habría de aterrorizar a su tiempo.

Londres en 1888

La época victoriana —que Charles Dickens retrató con maestría en sus novelas1 Para el realismo, la crónica era un rasgo fundamental en la creación literaria.— trajo bonanza económica e hizo de Gran Bretaña la nación más poderosa del mundo. Sin embargo, el Londres del siglo xix estaba lejos de ser un lugar agradable. La peste y la niebla propiciaban un ambiente difícil y lóbrego; los servicios sanitarios y de plomería eran casi inexistentes; y, si bien los privilegiados del West End disfrutaban de su estatus como hijos consentidos del imperio, la división social era más que evidente.

A lo que más podían aspirar las clases pobres era a trabajar como mulas y beberse la vida en las tabernas. Los obreros comenzaban su jornada a las 4 de la mañana y terminaban a las 11 de la noche. Las fábricas no tenían empacho en contratar niños de 5 años en adelante, que trabajaban al lado de los adultos al mismo ritmo y bajo las mismas condiciones.

La proliferación de las industrias tuvo otra consecuencia: el incremento de enfermedades respiratorias como la tuberculosis, el mal emblemático del siglo xix. Casi resulta innecesario decir que la tasa de mortalidad era muy alta.

En esta sociedad, el peor nivel no lo ocupaban los obreros, sino las prostitutas o infortunadas,2 Unfortunates como se les llamaba en los hogares decentes. Más que otro grupo, las prostitutas recibían el desprecio y la incomprensión de un tiempo y una sociedad basados en un concepto excluyente e inhumano sobre buenas costumbres y sexualidad. Para los victorianos, las prostitutas eran parias sociales sin posibilidad de redención o cura; eran «el negrito en el arroz» del orgulloso Imperio Británico.

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La policía calculaba que había siete mil prostitutas en Londres, pero la Society for the Suppression of Vice3 Sociedad para la supresión del vicio. Organización fundada en 1802, destinada a preservar las buenas costumbres en la sociedad, sobre todo entre los jóvenes. aseguraba que la cifra rondaba las 80 mil. Aunque la prostitución no estaba prohibida —paradoja de paradojas e indicación clara de lo confuso y difícil que era para los británicos manejar el asunto de forma abierta—, en Londres había pocos burdeles, y las mujeres se veían forzadas a ejercer su oficio en las calles y tabernas, sobre todo en Whitechapel, el distrito londinense más terrible. La mayoría gastaba su dinero en bebida y en asilos donde, por unos cuantos peniques, tenían derecho a cama y techo, y, en general, sufría de serios problemas de salud: sífilis y gonorrea, enfermedades gastrointestinales y anemia, entre otras.

Los asesinatos

En la madrugada del 31 de agosto de 1888, un chalán de mercado que caminaba por la sombría calle de Buck’s Row para llegar al trabajo descubrió un bulto en la acera de enfrente. Se acercó con la esperanza de toparse con algo de valor. Lo que vio, en cambio, fue el cuerpo de una mujer. Eran las 3:20 de la mañana. Un mozo que pasaba por ahí se acercó, y decidieron buscar a un policía. Pensaban que estaba borracha. Curiosamente, ninguno de los dos se percató de que a la mujer le habían cercenado el cuello. Se llamaba Mary Ann Nichols, tenía 42 años y era una prostituta conocida por esos lugares.

Mary Ann era, por lo menos, la cuarta prostituta asesinada con lujo de violencia premeditada ese año.

La prensa se ocupó mucho de este asesinato, de manera no muy sorprendente, porque, aunque los crímenes violentos eran comunes en Whitechapel, donde las peleas entre borrachos se sucedían con frecuencia, Mary Ann era, por lo menos, la cuarta prostituta asesinada con lujo de violencia premeditada ese año. La autopsia reveló un corte profundo en la garganta de oreja a oreja que había partido por completo las arterias carótidas; tenía otra rajada en el vientre, que dejaba al descubierto parte de los intestinos. El doctor Llewellyn, cirujano encargado de la autopsia, dijo que el arma homicida podía ser como las que usaban los cortadores de corcho o un cuchillo de zapatero; este comentario, casi al paso, generó que se sospechara de todo aquél cuyo oficio incluyera usar un delantal de cuero —carniceros, dentistas— y, por lo mismo, fue el primer apodo con el que se habrían de referir al asesino.

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Jack el Destripador4 Literalmente, the ripper —del verbo rip, desgarrar— significa «el desgarrador», pero fue acertadamente adaptado a «el destripador» por obvias razones. habría de cometer por lo menos cuatro crímenes más, cada uno de ellos más salvaje, brutal y grotesco que el anterior. Todas su víctimas fueron prostitutas y —salvo la última— mayores de 40 años, con serios problemas de salud y poco atractivas.

Las descripciones de los testigos muestran coincidencias importantes: se trataba de un tipo de alrededor de 1.70 metros, algo corpulento, bien afeitado, que llevaba una levita oscura y un sombrero de fieltro, también parecía un hombre respetable.

Pero para ser famoso no basta asesinar mujeres de forma cruenta, porque ¿quién recordaría a este sujeto si no fuera por su pseudónimo? Un par de semanas después del asesinato de la segunda mujer, Annie Chapman, la agencia Central News recibió una carta escrita con tinta roja, cuyas partes medulares traduzco a continuación:

«Querido jefe: He escuchado que la policía me atrapó, pero no lo han hecho. Esa broma sobre El delantal de cuero5 Leather apron. me produjo gran hilaridad. Odio a las prostitutas y no dejaré de destriparlas hasta que esté satisfecho. Adoro mi trabajo y quiero continuar. Mi cuchillo es tan agradable y filoso que quiero regresar al trabajo. Sinceramente, Jack el Destripador.»

Durante los siguientes 115 años se ha discutido acaloradamente sobre si las cartas de el Destripador fueron en realidad escritas por el asesino o por algún ocioso. Sin embargo, a partir de entonces y para siempre, así sería recordado.

La principal hazaña de Jack ocurrió en la madrugada del 30 de septiembre, cuando mató a dos mujeres en lugares distintos y en menos de dos horas. Tanto Catherine Eddowes como Elizabeth Stride, las víctimas de esa noche, fueron vistas por diferentes testigos poco antes de sus muertes platicando con alguien. Las descripciones de los testigos muestran coincidencias importantes: se trataba de un tipo de alrededor de 1.70 metros, algo corpulento, bien afeitado, que llevaba una levita oscura y un sombrero de fieltro, también parecía un hombre respetable.

La mañana del 9 de noviembre fue descubierto el cuerpo de Mary Kelly. Su asesinato fue diferente a los de las otras cuatro, pues era joven y hermosa, y, por primera vez, Jack cometió el asesinato dentro de una casa y no en la calle, como había sido su modo de operación. Además, fue el crimen más violento, cruento y repugnante de todos.

Tan abruptamente como la pesadilla había iniciado, apenas diez semanas después del primer homicidio, terminó, y Jack el Destripador desapareció para siempre. Los estudiosos en psicología criminal han descubierto que los asesinos seriales no se detienen; al contrario, se vuelven más audaces y más despiadados, y muestran una curiosa obsesión por ser capturados.

¿Por qué se detuvo? No lo sabemos, pero probablemente murió poco tiempo después del asesinato de Mary o lo detuvieron por algún crimen diferente y purgó una larga condena.

Los sospechosos

En cuanto a los sospechosos, las diferentes hipótesis, a decir verdad, son disparos en la oscuridad; la lista de los posibles «destripadores» es larga y cada generación ofrece su «solución verdadera». Entre los sospechosos que Scotland Yard consideró seriamente y que aparecen en las memorias de Macnaghten,6 La fuente de información contemporánea sobre Jack más importante que hay. sobresalen Severin Kosminski y Montague John Druitt.
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Kosminski era un judío polaco que llegó a Londres poco antes del primer homicidio y lo abandonó poco después del último; en 1903 fue colgado por el asesinato de tres mujeres en Estados Unidos. Por otra parte, parece que el mundo de Druitt, abogado y maestro de escuela que se suicidó en diciembre de 1888, se desmoronó en seis meses: fue despedido de la escuela donde laboraba —probablemente por avances sexuales a sus alumnos— y su madre fue recluida en un manicomio
poco antes del primer crimen. Pero el sospechoso más llamativo es Edward Duque de Clarence —nieto de la reina Victoria y primogénito del rey Edward vii—, un ser con taras evidentes, quizá locura —tal vez producida por la sífilis—, a quien protegieron para evitar un escándalo real.

Parece ser que se había casado secretamente por el rito católico con una infortunada y, cuando su abuela se enteró de semejante noticia, pidió al respetabilísimo cirujano de la corte, Sir William Gull, que eliminara a las testigos. Por último y más recientemente, la escritora de thrillers, Patricia Cornwell, publicó Portrait of a Killer: Jack the Ripper. Case Closed, donde intenta demostrar que Jack era el pintor impresionista Walter Sickert —discípulo de Degas y Whistler. Tan pronto como apareció su libro, fue atacado sin piedad, no sin razón, ya que las conclusiones de Cornwell son inverosímiles y no presenta evidencias convincentes.

El retrato

¿Cómo describir a Jack El destripador? La respuesta que salta de inmediato es la de «un monstruo, una bestia sedienta de sangre». George Bernard Shaw, contemporáneo suyo, lo catalogó como «un reformador social de gran originalidad». Otros no dudan en calificarlo como «un genio que se adelantó a su época», y por tal motivo, la policía de ese entonces «no fue rival para su mente criminal».

Yo creo que debió de haber sido un hombre de cierta educación y con conocimientos médicos o, al menos, con conocimientos de anatomía humana. Debió también de
haber sido un lector cuidadoso de Charles Dickens, quizá consternado por las descripciones terribles que hizo del bajo mundo londinense o quizá conmovido con la lectura de Oliver Twist, y cuando decidió visitar Whitechapel, llegó con una solución diferente y, claro, muy original para resolver el problema.❧

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