Ciencia

Los ovarios de Eva

Desde tiempos muy antiguos, los seres humanos con malformaciones congénitas han despertado la curiosidad y el asombro de quienes los rodean.

Por otro lado, la ignorancia, las creencias religiosas y la repulsión han hecho que, en el pasado, estos seres fueran satanizados, relegados o expuestos como fenómenos de circo. La historia de dos siamesas que vivieron en el siglo xix sirve como preámbulo para realizar un breve recorrido sobre diversas teorías que han buscado desvelar el misterio de estas malformaciones.

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La pareja de siamesas Cristina y Rita Parodi nació el 3 de marzo de 1829 en Sassari, un pueblecito de Cerdeña, Italia. Sus cuerpos se unían a la altura de la cintura, y compartían el mismo par de piernas. Los padres, de muy escasos recursos, vieron en ellas la oportunidad de hacerse de algún dinero exhibiéndolas en público, así que gastaron sus pocos ahorros para viajar con sus bebés a París.

En el otoño de ese mismo año, las Parodi llegaron con sus padres a la capital francesa.

Sin embargo, a pesar de su éxito en Italia, los parisinos no los recibieron muy bien: los magistrados, muy quisquillosos en lo relativo a la decencia pública, no permitieron que el matrimonio exhibiese a sus hijas; por ello, al haber perdido su única fuente de ingresos, se mudaron a las afueras de la ciudad y así pudieron ganar algunas monedas que numerosos médicos y filósofos les pagaron con tal de ver en privado aquel prodigio de la naturaleza.

Hasta que la muerte las separe

Aunque estaban conectadas en la parte inferior del tronco, Cristina y Rita eran claramente distintas. Mientras que Cristina lucía saludable, sonriente, vigorosa y tenía un apetito voraz, Rita era débil, quejumbrosa y su piel siempre tenía un tono azulado.

Expuestas constantemente a las inclemencias del clima —sus padres las descubrían para exhibirlas—, Rita adquirió una bronquitis aguda con una grave dificultad respiratoria, y murió mientras comía del pecho de su madre. Tres minutos después, Cristina emitió un grito lastimero y también falleció.

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Al poco tiempo, acudió una delegación de anatomistas con la intención de disecar los cuerpos. La autopsia se realizó en el anfiteatro del Museo de Historia Natural, situado en el Jardín Botánico. Entre los asistentes se encontraba Georges Cuvier —el más distinguido anatomista de Francia, conocido como «el Aristóteles francés»— y Étienne Geoffroy Saint-Hilaire, a quien hoy se atribuye la fundación de la teratología, la ciencia que estudia las alteraciones del desarrollo embrionario.

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Pronto se hizo evidente la causa de la frágil salud de Rita Parodi: su corazón se encontraba en el lado derecho del cuerpo —condición llamada situs inversus—, que no era grave en sí, pero que se había complicado por la presencia de varios agujeros en el órgano cardiaco.

También se encontró que las dos columnas vertebrales confluían en una sola pelvis, y los dos tubos digestivos terminaban en un recto común.

Aunque cada una tenía su dotación de útero, trompas y ovarios, compartían una misma vagina. Al terminar la disección, su esqueleto fue hervido durante varias horas y luego se puso en exhibición, junto con un modelo de yeso de sus cuerpos.

Algunas teorías

La breve historia de las hermanas Parodi ilustra perfectamente la mezcla de emociones y reacciones que generan las personas que nacen con malformaciones.

Las teorías sobre el origen de estas desviaciones han sido muy variadas: algunos pensaban que eran resultado de una influencia diabólica o que constituían una amenaza enviada por Dios cuando los progenitores —o los habitantes de la comunidad en donde éstos vivían— habían cometido algún pecado grave; es decir, creían que se trataba de una manifestación de la ira divina.

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Sin embargo, otros pensaban todo lo contrario; para éstos, la existencia de seres humanos con malformaciones era una prueba de la infinita capacidad creadora de Dios, que no se limitaba a las formas que consideramos «normales». Durante los siglos xvii y xviii, el conflicto entre estas dos vertientes de pensamiento se conoció como «La querella sobre los monstruos», y enfrentó a varios anatomistas franceses durante décadas; pero esta pugna iba mucho más allá de una disputa de orden religioso o teológico: representaba la lucha entre dos teorías rivales que explicaban el desarrollo de los embriones.

Los preformacionistas creían que todos los seres humanos ya existían completos —aunque diminutos— en los ovarios de su madre —ovistas— o, con menor frecuencia, en el esperma de su padre —espermistas.

Esta teoría implicaba que todas las generaciones de la humanidad estaban ya preformadas y contenidas en los ovarios de nuestra madre común, la bíblica Eva.

Los oponentes, partidarios de la epigénesis1 Doctrina según la cual los rasgos que caracterizan a un ser vivo se configuran en el curso de su desarrollo, sin estar preformados en el huevo fecundado., creían que los embriones no estaban preformados y que se empezaban a desarrollar a partir de la fertilización.

Lo que dice la ciencia

En la actualidad se sabe que la respuesta está en un punto intermedio: tanto los óvulos como los espermatozoides contienen información complementaria para formar un ser humano, pero se necesita la fusión de ambos —esto es, la fertilización— para que empiece el desarrollo de un nuevo ser. No es un pequeño embrión lo que viene preformado en las células germinales de los padres, sino la información química necesaria para construirlo.

El proceso mediante el cual llegamos a ser individuos autónomos es muy complejo. El huevo o cigoto —la célula madre de todas nuestras células— se multiplicará en decenas y centenas de células hijas que adoptarán, primero, la forma de un disco; luego, mediante dobleces y torsiones, constituirán una esfera multicelular y, tras varios cambios adicionales de forma, se convertirán en un pequeño embrión en el que pueden reconocerse la cabeza, el tronco y las extremidades.

La explicación de la tragedia de las pequeñas Parodi continúa siendo una asignatura pendiente para la ciencia. Aquí no termina el tema, encuentra este artículo completo en La ciencia platicadita ii, de Algarabía EDITORIAL.

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