Ciencia

Los lemmings suicidas

Aunque tienen todavía la suerte de no compartir el incierto futuro de pandas y tigres siberianos, imaginemos un futuro apocalíptico en el que tenemos ante nuestros ojos a los últimos sobrevivientes de las veinte especies de lemmings que habitan en la Tierra.

No hay, posiblemente, en toda la historia de la Zoología, otra especie que en tan corto intervalo de tiempo haya sido tan injustamente catalogada como «la más estúpida de la creación» —dicho esto último, por supuesto, en sentido figurado y con perdón de Darwin. No queremos colaborar aquí con la perpetuación del mito bíblico.

¿Qué otra bestia, con la posible excepción del Homo sapiens, podría destronar a los leminos, comúnmente conocidos como lemmings, en su estúpido comportamiento, al estilo de la secta La Puerta del Cielo?

Cuando hay escasez de comida y sobrepoblación de lemmings, estas tiernas y —¿ya lo mencionamos?— estúpidas criaturas árticas deciden, ¿en un ataque de pánico?, suicidarse en masa, al arrojarse al océano por el acantilado más cercano.

Suponemos que, a diferencia de los seguidores de La Puerta del Cielo, los roedores suicidas no piensan que en algún punto del espacio una nave extraterrestre los espera.

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Según sesudas explicaciones provenientes de fuentes diversas más o menos confiables —un antiguo maestro de escuela, nuestros padres, algún amigo...—, gracias a este suicidio multitudinario de los lemmings más viejos, los lemmings de las nuevas generaciones pueden sobrevivir, y con ello se evita la extinción de esta especie. O sea que, en realidad, los lemmings no serían estúpidos, sino un ejemplo más de la sabia naturaleza. Lástima que todo esto no sea más que un mito.

Nadie sabe por qué a alguien se le ocurrió que estos animales, de los que existen veinte especies distintas, podían ser miembros vitalicios de un tipo de «club de los suicidas», que explicaría su dinámica poblacional o, en otras palabras, también se desconoce la razón detrás de la repentina disminución de lemmings que comúnmente sigue a sus estallidos demográficos, que casi los convierte en una plaga y que hasta hace poco tiempo ocurrían cada tres o cinco años.

Entre las causas de estos tan notorios ciclos de sobrepoblación, aunque muchas teorías se han propuesto, sobresalen las de fluctuaciones en la presencia de depredadores, de la disponibilidad y calidad de comida, y la de la variabilidad climática.

Lo que sí sabemos es que en 1908, el mito de los lemmings suicidas ya aparecía en las páginas de The Children’s Encyclopedia —La Enciclopedia de los niños—, editada por Arthur Mee, cuyos ejemplares, durante décadas, ocuparon un lugar importante en los libreros de las casas de habla inglesa; la obra se siguió publicando hasta 1964.

Quizá el origen de esta leyenda urbana sea la verdadera reacción de los lemmings que, cuando se dan cuenta de que son demasiados y la comida es escasa, deciden dispersarse en busca de alimento.

Ahora bien, que los lemmings se dispersen no significa que emigren, ya que continúan viviendo en la misma zona, sólo que en vez de andar todo el tiempo juntos como un cardumen de peces, en un único y enorme grupo compacto, deciden dividirse en pequeños grupos y explorar toda la región. Ante una situación similar otras especies, como los alces y los castores, actúan de manera similar.

¿Por qué han sido inmortalizados los lemmings, y no los alces y los castores, por autores como Salman Rushdie, quien escribió —no en Los lemmings satánicos—, sino en la novela Shalimar, el payaso (2005): «La ciudad era un acantilado y ellos eran sus lemmings en estampida»? Bueno, un poco de la culpa ha sido de los propios lemmings durante sus diásporas.
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Al dispersarse, a veces uno que otro río se interpone entre la comida y los lemmings, y aunque pueden nadar, en ocasiones, uno que otro no da el ancho y se ahoga.

Es más probable que los pobladores humanos que coexisten con lemmings en Alaska o la Península escandinava hayan visto de cuando en cuando a varios de estos roedores muertos, flotando a la deriva de los ríos, que igual número de cadáveres de alces o de castores —suponemos que el tamaño de los primeros ayuda bastante a la hora de atravesar un río y, en el caso de los segundos, ¿dónde puede sentirse un castor más a sus anchas que en un río?—. Esto no explica, por supuesto, cómo se volvió tan popular la asociación mental lemming-acantilado que Salman Rushdie y la mayoría de nosotros compartimos.

No ha sido un biólogo, sino el multimillonario Warren Buffett, quien mejor ha resumido lo que, en efecto, puede ser atribuido al más nefasto publirrelacionista que han tenido los lemmings: Walt Disney.

La popularización y globalización del mito de los lemmings suicidas se debe a un seudodocumental producido por Disney en 1958: White Wilderness —Desierto blanco o también, más apropiadamente para los lemmings, Infierno blanco.

Gracias a Internet, lo que en otros tiempos se hubiera convertido en una odisea para el lector curioso —peor que la de los lemmings en su búsqueda por alimento—, está ahora a unos cuantos «teclazos» de distancia: en YouTube podemos ser testigos de la película que propagó el mito.

Siendo justos con Disney, la voz en off del narrador jamás dice que lo que estamos a punto de presenciar es el suicidio masivo de lemmings y, de hecho, nos señala que lo que vemos es una migración —lo que, como hemos visto, es en realidad una dispersión— en la que «[los lemmings] se vuelven víctimas de una obsesión, un pensamiento en una dirección: ¡Muévete! ¡Muévete!» —no confundir con «¡Muérete! ¡Muérete!», lo que habría agravado más la situación y grabado aún más, si ello es posible, la escena en nuestras mentes.

El obsesivo, en todo caso, fue el equipo responsable del documental: dado que el filme no fue filmado en Alaska, sino en Alberta, Canadá —un lugar que, para desgracia de Disney, no es habitado por lemmings—; los empleados de Disney decidieron que la falta de lemmings no era un obstáculo insuperable para un documental sobre estos mamíferos y transportaron a tierras canadienses unas cuantas decenas de lemmings, comprados a niños inuit, provenientes de Manitoba.

Como en la vida real es claro que los lemmings no son nada estúpidos, el equipo de Disney colocó a los lemmings sobre un plato giratorio desde el que eran arrojados al agua.

La escena se editó y filmó de manera que, gracias a «la magia del cine», todos observáramos a los lemmings lanzándose, «por su propia voluntad» en caída libre —de haber podido hablar, quizá habrían gritado: «¡Te odio, documental de Walt Disney!», o cosas peores—, mientras que el narrador, ¿sarcástica?, ¿cínicamente?, explicaba: «ésta es su última oportunidad de dar vuelta [del acantilado]. Sin embargo, allá van, lanzándose a sí mismos [ajá] en el espacio».

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Lee la historia completa que desmiente la estupidez de estos roedores en el libro Mitos de la ciencia, de Algarabía EDITORIAL 

 

 

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