Ciencia

Lo truculento –y nada trivial– de vivir en sociedad

Los humanos no somos islas, 
no podemos vivir aislados…

De hecho, regularmente somos menos felices y saludables cuando estamos solos que cuando formamos parte de un grupo, ya
 sea de familiares, paisanos, o, simplemente, cuando estamos cerca de cualquier persona con la que nos identificamos.

«Ningún hombre es una isla, algo completo en sí mismo; todo hombre es un fragmento del continente, una parte del todo.» John Donne

Pero las tribus son truculentas. Pueden ser muy sólidas y, de un momento a otro, desvanecerse. «Je suis marxiste» —«soy marxista»—, reza el graffiti francés, «tendance Groucho» —«de la tendencia de Groucho»—. Frase que evidencia cómo, en un abrir y cerrar de ojos, los hombres cambiamos nuestra lealtad de un Reich de los mil años a otro; cómo, por los dictados de algún demagogo distante, nuestro buen vecino se convierte en un enemigo acérrimo.

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En julio de 2005, cuatro hombres bomba se hicieron estallar en tres trenes subterráneos y un autobús de Londres y provocaron, además de su muerte, la de otras 50 personas. Lo más terrible es que los suicidas no eran insurgentes extranjeros, es decir, «de ellos», sino que se trataba de ingleses de nacimiento y por educación. Como los definiría la frase de Margaret Thatcher: «Uno de nosotros».

Con el tiempo, la crisis de identidad tribal que desencadenó el horror modificará, sin duda, las características de lo que significa «la britanidad», es decir, el consenso liberal y multicultural que se sostuvo durante el pasado medio siglo.

Aprender a interpretar al «otro»

Las tribus tienen tal grado de inestabilidad que se transforman en función de los cambios que se dan en las entidades vecinas. Quisiéramos entender esa fundamental necesidad humana de percibir y clasificar los «tipos humanos», una cuestión que proyectamos en lo que vemos. ¿Son reales las razas y los tipos humanos? La inconsistencia humana y esa facilidad para variar de opiniones sugieren que no.

David Berreby, periodista y escritor francés avecindado en Nueva York, manifiesta que las ideas que tenemos del «código de tipo humano» se basan «en la relación que llevamos 
con las personas al momento en que las clasificamos: qué queremos, esperamos o tememos de ellos».

Tomamos ese talento de distinguirnos entre «nosotros» y «ellos» como algo implícito que nos permite crear grupos, pero, ¿cómo sería la vida si careciéramos de él?

¿Si fuéramos como Funes, el paralítico creado por Jorge Luis Borges en su cuento Funes el memorioso: un hombre con una memoria tan increíblemente poderosa que no podía abstraer lo que veía?1 Para él, cada hoja era diferente a la otra. No concebía el concepto hoja. [N. del E.] Funes veía cada perro, cada gota, cada nube como sui generis: su incapacidad de formar categorías lo inhabilitaba para darle sentido a los conceptos y, por tanto, al mundo.

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Este truco vital nos funciona bien. Pero, cuando se aplica a las personas, puede provocar prejuicios, en especial cuando se mezclan entre sí diferentes tipos de individuos, como ocurre en Londres, una de las ciudades más políglotas del
 planeta. La actual crisis en torno al Islam y a la 
«britanidad» —que algunos consideran un síntoma del inminente fracaso del consenso multicultural— podía haberse predicho contradiciendo la hipótesis de «contacto», en la que se supone que el prejuicio es debilitado por la familiaridad.

Ese hombre de aspecto extranjero con impermeable al estilo Sherlock Holmes sería menos amenazador si supiéramos que sólo es Bernie, el vecino. Hoy en día, la mayoría de los académicos piensa 
—dice Berreby— que la hipótesis del contacto
 es confusa: «A veces, el contacto real hace que
 las personas tengan ‘mayores’ prejuicios. En 
muchos campus universitarios de ee.uu., el énfasis 
en la diversidad ha llevado a los estudiantes a unirse a uno de estos tipos humanos y evitar el contacto con los demás». Bernie puede ser su amigo de toda la vida, pero también su peor enemigo.

¿Seremos para siempre víctimas de nuestras irreprimibles urgencias por clasificar, por crear inadaptados, Untermenschen, «intocables»?

Ya que la designación de «tipos humanos» es un fenómeno secundario que resulta del encuentro de las débiles mentes humanas con la cambiante realidad, podemos elevarnos por encima de ellos. «Los tipos humanos existen debido a las mentes humanas», concluye Berreby, «pero la forma en que decida vivir con ellos es decisión suya», para bien o para mal. Siempre podremos elegir los «tipos» que deseamos.
Después de los bombazos, Ken Livingstone, el alcalde londinense, mandó poner carteles por toda la ciudad para promover la unidad de 
la población, que dicen: «Siete millones de londinenses, un solo Londres».

Otredad más allá de lo humano

En tiempos de crisis y conmoción universales, lo que de verdad se necesita es una sensación de perspectiva. El libro Our Inner Ape, escrito por Frans De Waal —un científico que ha dedicado toda su vida a estudiar a los simios—, es tal vez el tratamiento más humano de la condición del hombre, ya que trata casi por completo de chimpancés.

Es tentador ver a estas criaturas como si fueran personajes de caricatura, como caricaturas de nosotros mismos, amaestrados como payasos o, de manera más seria, como metáforas de la condición humana. De Waal aprovecha esto para llamar nuestra atención, pero se esfuerza en no exagerarlo: ni los chimpancés ni los bonobos son personajes humanizados de dibujos animados; tampoco son ancestros humanos, sino criaturas distintas con una larga historia evolutiva propia, que ha encausado sus respuestas propias de adaptación y su propio
repertorio de conductas.

La diferencia esencial entre los humanos y los chimpancés es que nosotros formamos familias nucleares, en tanto que los chimpancés, tan humanos en muchas formas, carecen de tal institución.

Nos definimos a nosotros mismos con referencia a nuestras familias y parientes más próximos y, a partir de allí, trabajamos para alejarnos.

Si bien nos apartamos de ese camino con mayor frecuencia de la que quisiéramos admitir, la razón de ser de la sociedad humana es la antiquísima noción de «el chico conoce a una chica» y establece un hogar bajo un techo. La define tanto que eso explica el tamaño de nuestros testículos, las rarezas manifiestas del sistema reproductor femenino y la forma en que preferimos practicar el sexo en privado.

En el análisis final, la alianza tribal no significa nada, a menos que haya otras tribus frente a las cuales podamos medirnos.❧

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