Ciencia

La blancura del más güero

Verlo directamente podría cegarte.

En su blog «Bad Astronomy» —«Mala astronomía»— de la revista Discover, el astrónomo Philip Plait enlistó «Diez cosas que no sabemos sobre el Sol». En su lista, Plait ilumina dos mitos de proporciones astronómicas: en primer lugar, el sorprendente hecho —al menos para quienes crecimos con el miedo constante de quebrantar el mandamiento que desde muy pequeños nos advertía: «No mirarás al Sol o te quedarás ciego»— de que, en realidad si uno ve directamente y sin filtro alguno a nuestra estrella más próxima, el castigo por infringir esta regla no será la ceguera total.

De acuerdo con el astrónomo, es cierto que podemos dañar nuestras retinas, pero por lo general el daño es menor y casi nunca es permanente —el «casi nunca», claro está, es razón suficiente para que de todas formas no veamos directamente al Sol.

Por lo que en casos así, la temeridad y desobediencia infantil no es severa y ciegamente castigada por Ra, Tonatiuh o Helios.

Por supuesto, antes de llamar al astrónomo que todos llevamos dentro y hacer algo de lo que podamos arrepentirnos, es necesario leer por completo el artículo: no quedaremos total y permanentemente ciegos si vemos directamente al Sol, a menos que lo hagamos con ayuda de un telescopio o binoculares.

El segundo y no menos sorprendente hecho es la revelación de que el color del Sol... ¡es blanco!

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Y, añadiríamos nosotros, los malditos astrónomos expertos en heliocromatología —otro bocadillo inventado especialmente para nuestros filólogos lectores— convierten al Sol amarillo en un soso Sol blanco.

El Sol emite luz en todas las frecuencias del espectro electromagnético visible, desde el rojo hasta el violeta, pero nuestros ojos no son prismas que nos permitan descomponer esta luz en un arcoíris, así que en realidad lo que obtenemos al ver directamente al sol es la suma de todos esos colores: blanco1 El 
color con que percibimos el sol con nuestros ojos es algo muy distinto a la clasificación de las estrellas con base en su temperatura, determinada de manera indirecta a partir del análisis espectral de la luz proveniente de ellas. Así, para 
los astrónomos, nuestro Sol es una estrella amarilla..

¿Qué hacemos ahora con la famosa cita de Picasso: «Algunos pintores convierten el Sol en un punto amarillo; otros convierten un punto amarillo en el Sol»?

Los atardeceres con colores amarillo, anaranjado y rojizo no se deben a que el Sol sea amarillo, sino a un fenómeno físico que se conoce como dispersión de Rayleigh. Para explicar en qué consiste esta dispersión debemos tener en cuenta que en nuestra atmósfera es común la presencia de partículas —átomos y moléculas que se encuentran junto con gases que constituyen el aire atmosférico conocidos como aerosoles— de diferentes tamaños.

Entérate de cuando calienta el Sol

Cuando la luz que proviene del Sol choca contra estas partículas —recordemos la naturaleza mecánico-ondulatoria de la luz: se comporta como una onda, pero también como una partícula—, hace que vibren.

La frecuencia en la que vibran las partículas suspendidas en la atmósfera va a depender del tamaño que tengan y al ser alcanzada cada una de ellas por el haz de luz, la radiación solar es dispersada en todas direcciones.

A menor tamaño de la partícula, mayor frecuencia o, visto de otro modo, menor longitud de onda de la luz que se dispersa.

Un cielo azul es un cielo limpio de aerosoles, en el que las moléculas de nitrógeno y oxígeno, elementos más comunes en la atmósfera, dispersan las frecuencias más altas del espectro electromagnético de la luz solar; esto es, el azul y el violeta.

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A falta de una atmósfera contaminada, una buena cantidad de cenizas procedentes de la erupción de un volcán, por ejemplo, pueden ayudarnos a obtener un atardecer de un rojo lo suficientemente intenso para ocasionar la angustia extrema de personas tan sensibles como el artista noruego Edvard Munch, quien inmortalizó el suceso en «El grito» (1893), su obra más famosa.

Por los cómics sabemos que Superman pierde sus poderes cuando está expuesto a los rayos de un sol rojo. Entonces... ¿por qué no aprovecha el supervillano Lex Luthor un romántico atardecer entre Clark Kent y Lois Lane para, con toda facilidad, aniquilar al último hijo de Kriptón?

Conoce más de esto en el libro Mitos de la ciencia, de nuestra Editorial Otras Inquisiciones.

 

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