Algarabía 141 Ciencia

Frankenstein, ancas de rana y evolución

Este es un texto de las primeras ediciones de la revista Algarabía –inconseguibles– y que incluimos en nuestra edición conmemorativa de XV años.

Por los años 1800, el fisiólogo italiano Luigi Galvani presentó ante la Academia de Ciencias de Bolonia un descubrimiento que le haría pasar a la historia. Mediante la estimulación eléctrica de unas ancas de rana lograba hacer que éstas se movieran, tuvieran contracciones e incluso saltaran de vez en vez.

Él refirió que el descubrimiento había sido realizado por una persona adscrita a su laboratorio.

Lo que nunca dijo, es que ese «alguien» había sido su mujer, la cual descubrió por serendipia, mientras cocinaba, que las ancas de rana eran estimuladas al juntar electrodos metálicos de cobre.

La fuerza vital

Tal acontecimiento habría pasado inadvertido de no ser porque durante todo el siglo xvii se había desarrollado
en Europa un debate sobre cuál era la fuerza vital de los organismos, la llamada vis viva, pues ya desde el barroco Leibniz y otros filósofos naturales habían señalado la nula necesidad de Dios para explicar a los organismos vivos, dejando un vacío en el lugar que tradicionalmente ocupara el alma o, en todo caso, dejando al alma en un limbo de inexistencia material.

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Así, ante el hallazgo de Galvani y con la llamada filosofía mecanicista de Newton imperando, se veía entonces por primera vez en la historia la posibilidad real de explicar la vida con principios materiales.

La electricidad era la naturaleza material del alma.

Las demostraciones de la existencia de esa fuerza y su importancia rápidamente se extendieron por Europa, y
la costumbre de dar choques a los cuerpos muertos de animales pasó entonces a ser un eje de la educación universitaria dieciochesca y decimonónica.

Erasmus Darwin

La idea se transformaría de tal forma que durante gran parte del siglo xix sería un espectáculo común el acudir a los anfiteatros para observar los cuerpos de criminales ejecutados siendo estimulados y, con ello, moviéndose y abriendo los ojos y la boca como si el individuo fuese a emitir alguna pronunciación.

Incluso llegó a los círculos médicos, ya que en el Londres del rey Jorge iii era popular dar tratamientos con opio y choques eléctricos; tratamientos que la familia real llegó a solicitar para su majestad en aquellos años cuando los americanos luchaban por su independencia y el rey agonizaba en su demencia.

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Afortunadamente, Jorge iii se salvó —gracias a la prudencia de su médico— de ser tratado con estas técnicas. Lo curioso aquí es que el médico solicitado era el afamado Erasmus Darwin, abuelo del famoso naturalista descubridor de la evolución, y uno de los más destacados defensores de estas ideas.

Tan defensor fue que perdió a su hijo Charles —tío de Charles— por los tratamientos que le aplicó para intentar remediar una pavorosa enfermedad conocida como púrpura.

Erasmus incluso llegó a escribir libros donde narraba las dosis y combinaciones de electrochoques y opio que se requerían para curar distintas afecciones. Si esto pudiere parecernos raro, piénsenlo dos veces; hoy por hoy es práctica común de los aeropuertos la posesión de uno o dos desfibriladores por si algún pasajero se estresa «demasiado».

Precursora del Romanticismo

Así, las ideas de la electricidad como fuerza vital se hicieron parte de la sabiduría popular y serían llevadas a la sublimación en la novela Frankenstein o el nuevo Prometeo (1818) de Mary Wollstonecraft Shelley. Cabe aquí hacer notar que ella tenía apenas 20 años cuando escribió el libro luego de la trágica pérdida de su bebé. La idea la desarrolló en tan sólo una noche, tormentosa por cierto, en la cual se hallaba desconsolada junto a su marido Percy B. Shelley y su amigo Lord Byron.

La novela —precursora del Romanticismo— es una apología de la ciencia y la medicina como métodos de curar y entender la vida.

El carácter gótico ya era parte de la obra, pero sería hasta después que el simbolismo cambiaría para hacer énfasis no ya en la medicina y sus bondades, sino en la ciencia ciega y desenfrenada.

Para aquellos curiosos será interesante saber a quién dedicó la obra, y seguro están cerca de adivinar: a Erasmus Darwin, al que califica como «un excelente científico gracias a cuyas investigaciones se fundamenta todo lo que el libro contiene».

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El origen de la vida

Pero la influencia no acaba allí, la red continúa con Charles Darwin, quien en 1871 escribió una carta en la que hacía constar el problema del origen de la vida, uno de los puntos más frágiles de su teoría de la evolución.

Para él era claro que la vida había surgido en el pasado remoto de la Tierra, sin la acción de Dios y gracias a la presencia de una serie
de factores y condiciones.

Entre ellos estaban: la luz, el calor, una serie de moléculas y claro está, la electricidad, que llevaría un rol esencial en los procesos que darían origen a los primeros seres vivos a partir de la materia orgánica.

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De no ser por el hecho de que la carta fue divulgada 50 años después de ser escrita, podríamos alabar a Darwin no sólo por descubrir la evolución, sino por elucidad el origen de la vida, ya que en la década de 1930, A. I. Oparin tuvo la misma idea que serviría de base para sus famosos experimentos en los que fundamenta el origen de la vida como producto de una sopa primitiva expuesta a tormentas eléctricas.

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