Algarabía 140 Ciencia

Ciencia de la chingada

Decir groserías, injurias, blasfemias, peladeces, maldiciones, juramentos, pestes, vulgaridades, palabrotas, mejora la salud.

Son las palabras tabú, prohibidas por algunos, odiadas por otros, pero no ignoradas por nadie que tenga edad suficiente para asistir a la escuela primaria1 En la que, dicen estudiosos del tema como los psicólogos Kristin Janschewitz y Timothy Jay, no aprenden los niños la gran mayoría de ellas, como quisieran creer los padres: en lugar de ello, nuestros querubes llegan ahí con un vocabulario que incluye el manejo con soltura de varias decenas de ellas..
Son las malas palabras: esas obscenas... ¿exclusivas de la gente con muy poca o ninguna educación, evidencia innegable de pobreza lingüística y, por ello y por mucho más, despreciadas por el resto de la sociedad, no se diga ya por la literatura y, en especial, la ciencia?

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¿No hay científicos que se hayan tomado la molestia de observar y experimentar con las groserías, más allá de emplearlas dentro 
y fuera del laboratorio y del aula universitaria?

Descubriendo lo que hay detrás de las groserías

Sin importar edad, género y nivel socioeconómico, las palabrotas están presentes 
en nuestra vida diaria. Diversos estudios muestran que las palabras soeces cumplen con funciones comunicativas que difícilmente pueden lograrse
 a través de otros medios lingüísticos.

Dicho de otra manera, a veces un «¡a huevo!» vale más que mil palabras.

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Es posible que las propuestas de clasificación de las groserías sean tan numerosas como las groserías mismas. En su libro Anatomy of swearing Anatomía de decir groserías—, el antropólogo Ashley Montagu distingue, por ejemplo, catorce categorías distintas. Algunos estudiosos las dividen simplemente en deístas o relacionadas con la religión —¡Diablos! ¡Me cago en la hostia!—, y viscerales 
o relacionadas con el cuerpo humano —¡Mierda!

Otros expertos en el tema señalan que las malas palabras recurren a temas tan diversos como la religión, el sexo, 
los desórdenes mentales, las funciones corporales, los grupos sociales, raciales, así como la nacionalidad.

En lo que todos concuerdan es en que prácticamente todas las sociedades, incluso las más modernas, se guardan ciertos tabúes sobre la práctica de decir groserías.

Los datos con que cuentan quienes estudian el uso de 
las leperadas permiten afirmar, entre otras cosas, que comenzamos a decir palabrotas alrededor de los 2 años
 de edad; que dominamos sus múltiples significados como cualquier otro adulto desde que cumplimos entre 11 y 12 años; que son los adolescentes quienes las emplean de manera más intensiva y extensiva, y que decirlas —quién sabe qué tanto el escucharlas— tiene un efecto catártico.

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A pesar de esto,
 no existen registros históricos suficientes que nos permitan concluir si su uso se ha incrementado, disminuido o permanece relativamente constante con respecto a otras épocas.

Hablando al chile: las diferentes funciones de las groserías

Eres hijo de los hijos de la chingada; serás padre de más hijos

de la chingada: nuestra palabra, detrás de cada rostro, de cada

signo, de cada leperada...

Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz

 

Científicos o no, a ninguno de nosotros se nos escapa que el significado de las palabras, groserías incluidas, depende del contexto, de la situación en la que se usan. Y esto es precisamente, el objeto de estudio de la pragmática como área de la lingüística.

Ya en 2008 Steven Pinker, vaca sagrada de esta ciencia del lenguaje, había señalado que, para establecer las múltiples funciones de las palabrejas, era necesario tomar en cuenta factores como las normas sociales, la cultura, las relaciones entre hablantes y oyentes, sus expectativas y hasta el ambiente físico en el que son pronunciadas.

Más específicamente, Na Wang, experta en ciencias de la información de la Universidad Estatal de Pennsylvania, en un artículo publicado en 2013 determinó cuatro motivos por los que usamos las malas palabras:

  1. Para expresar un estado emocional.

—¿De dónde eres, güey?

—De Chimalhuacán de las Tunas.

—¡No mames! ¡Yo también! ¡Paisano!

El «¡No mames!» no es agresivo, sino que indica alegría y sorpresa.

  1. Para enfatizar la importancia o la carga emocional de un mensaje. Como el chiste del pollito que, al salir del cascarón durante una mañana fría de invierno, comenzó a piar de una manera extraña: «Pi, pi, pi», hasta que su mamá, intrigada, le preguntó: «¿Por qué dices «pi» y no «pío», hijito?». Y el pollito respondió: «¡Porque está haciendo un pinche frío, mami!»

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Mamá gallina entiende que, con «pinche frío», su hijo quiere decir que está sintiendo muchísimo frío, pero de una manera 
más rotunda que si sólo hubiera dicho esto último.

  1. Para identificarse como miembro de un grupo, para establecer y reforzar la solidaridad entre los integrantes de ese grupo.

—¿Cómo te fue en el examen?

—Saqué 95.


—¡Ahora sí, pendejo, te pasaste de verga!

Para estos amigos de estudio, que uno 
llame a otro «pendejo» no implica 
ofensa alguna, como sí lo sería si llamara 
así a un maestro o, inclusive, a otro
 estudiante fuera de este círculo de amistad.

Los miembros del mismo grupo saben también cuándo y dónde
 es apropiado emplear ciertas groserías.

Pendejearse en este contexto permite distinguir al grupo de amigos/estudiantes de cualquier otro grupo social.

Algo parecido ocurre con insultos raciales como, en inglés, llamarse «nigger» entre personas de color, lo que sería profundamente ofensivo si quien usa esta palabra pertenece a cualquier otro grupo racial.

  1. Como agresión: ¡Ya cállate la puta boca!


De entrada, gritarle a alguien «¡cállate!» ya es bastante rudo, pero añadir «la puta boca» añade insulto a la orden.

Aquí no acaba el asunto, de acuerdo con especialistas las palabrotas juegan un papel prominente en varios desórdenes del lenguaje; y varios estudios demuestran que las groserías nos sirven en ocasiones como un bálsamo para el dolor. No te quedes aquí, conoce más en la edición 140 de Algarabía sobre felicidad.

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