Arte

Jesús Helguera: El encanto de las utopías en la pared

De la memoria de los subyugados por la modernidad se desvaneció un «dato insignificante»: antes del póster, el calendario fue el arte posible en el ámbito popular…

Por más de medio siglo, el calendario fue el esperado regalo decembrino de las fábricas de cerillos, de los baños de vapor, 
de las tiendas de abarrotes, de los pequeños establecimientos comerciales que así daban cuenta ante sí mismos de su existencia.

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«¿Que no le he dado su calendario, señor Ramírez? Lléveselo. Esta vez nos quedó muy bonito, todo para complacer a nuestros favorecedores y amigos.»

Y en misceláneas, jacalones, estanquillos, cuartos de vecindad, los calendarios destellaron solucionando —en distintos tamaños— las urgencias decorativas de lugares al margen de la decoración, y alegrando a plazo fijo el mismo rincón. Así fue, y esta vez que no se le acaben, me guarda uno... Y de pronto, de un día a otro, se evaporó el México-reconocible-a-simple-vista y el estilo del crecimiento nacional se hartó de trenzas con moños, sombreros de charro y calendarios.

¿Dice usted un calendario?

Pero si eso la imaginación modernizada ya nada más lo admite en las escenografías de películas sobre pobres que piensan pobremente: «Y allí me ponen una imagen de la Guadalupana con veladoras, un calendario, unos botes con flores y el retrato de la abuela. Que todo se vea del pópolo».

Al calendario se le declaró objeto estorboso, un método ridículo para medir el paso del tiempo ligado a la falta de status de sus sostenedores.

Algo influyó la ubicuidad de estos calendarios en el gusto artístico y en el sentido de la decoración o, si se quiere ser más exacto, «del cómo hacerle para que esto no se vea feo. Un cromo siempre anima a las paredes, no que tan vacías...». Ni modo, ojalá a nuestro pasado cultural le hubiese ido mejor, pero así resultaron las cosas y tal fue el aprendizaje.

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El «pintor de cabecera»

La cumbre del arte calendárico es el pintor Jesús Helguera, nacido en México, formado en España, y promovido almanaque tras almanaque por la Cigarrera La Moderna —Santiago Galas, el impresor— que lo contrató en exclusiva muchos años y lo difundió
 en cuartuchos, en casas edificadas con heroísmo quincenal, en ferreterías, fondas, despachos y consultorios erosionados por falta de clientela, talleres, cantinas.

A propósito, ¿a quién se le ocurrió el calendario?

La investigadora Teresa del Conde ha documentado el método de trabajo de Helguera. La Cigarrera 
La Moderna —por conducto del señor Álvaro Mondragón— le proponía al pintor el tema: un «guión literario» con el repertorio de personajes, el sitio 
de la acción y los elementos secundarios. Un comité discutía el «guión», lo modificaba si era preciso y lo aprobaba. Acto seguido, un equipo —el guionista,
 dos camarógrafos y Helguera— se desplazaba al sitio convenido para la primera fase de la empresa.

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Se tomaban abundantes fotografías de paisajes, flora y fauna, artesanías, arquitectura, y se viajaba por casi todo México, eligiendo los «sitios paradisiacos», los menos afectados por el progreso, las casitas que evocaban armonía y antiguas costumbres, los remansos a simple vista.

Por último, ya en su taller, Helguera hacía bocetos a lápiz o con pluma atómica, examinaba las fotografías y, asimilada la materia prima, producía el cuadro.

El sueño del tradicionalismo

Sabemos muy poco de Helguera. Nació en 1910 [Chihuahua] y murió en 1971 [Córdoba]; trabajó en México, vivió en la colonia Portales, admiró a los muralistas, fue católico ferviente, y, sin dificultades, se consideró parte de un engranaje industrial y se aceptó como pintor de almanaque, objeto de admiraciones no muy explícitas y de lealtades acumulativas. Él, sin que esto pareciese afectarlo, vivió siempre el doble trato: la admiración de la mayoría y las referencias sardónicas de la minoría.

No tan afortunado en lo económico, Helguera impulsó un gusto visual y apuntaló a su manera el sueño del tradicionalismo, la reverencia por un pasado móvil, la imaginería del México igual y fiel, devoto
 y cariñoso, sonriente como el agradecimiento al patrón, bienaventurado como la gran fiesta de rancho sin alcohol, el México hoy confinado, a falta de otro castigo, en el territorio del kitsch.

«Lo bonito»

Helguera inventa los escenarios o los transfigura
 a placer, poblándolos con una alegría dulcemente artificial, tan idílica como las canciones campiranas de los años 20, con chaparritas que no lloran porque su Pancho muy pronto volverá, con surcos y casitas anteriores a las inclemencias del Progreso. Ante 
los cromos /cuadros de Helguera, el espectador no renunciaba al «gusto verdadero» —que él nunca había poseído—, ni al temperamento crítico —que nunca había ejercido—, sino a la incredulidad respecto a 
sus posibilidades de juzgar lo bello.

Metamorfosis instantánea: si la reproducción de Helguera me conmueve, no soy del todo ajeno al arte.

Antes de los años 60, son muy exiguas las ofertas en materia de artes plásticas: unos cuantos libros, ausencia de bibliotecas, museos malamente habilitados, revistas por lo común mal impresas, y en este paisaje desolado, gente como Helguera, perfeccionista en su trabajo, decidida a complacer, excelente dentro de sus propios términos, que encarna el Arte, y más que eso, representa las sensaciones placenteras de Lo Bonito.

De los modos típicos de inventar la tradición

Al margen de si se creía o no gran artista, Helguera estuvo seguramente al tanto de la penetración de su obra, y de la estima en que lo tenían quienes guardaban sus calendarios sin sentirse coleccionistas. Él agregó a la encomienda de la Cigarrera su espíritu catequista, que proyectó un sueño moral iniciado en la regeneración física de la raza y prolongado en la exaltación de las creencias ancestrales.

A dioses y guerreros del mundo prehispánico les han faltado, por gracia del arte monumental, las seducciones del gimnasio y el salón de belleza.

En algunas de sus estampas más celebradas: El flechador del sol [4], Amor indio [5], Grandeza azteca [p.78], Guerrero azteca [6], La leyenda de los volcanes [7], Helguera, mucho antes de la moda «embellecedora» de lo prehispánico, algo supuso: sin el añadido de la gracia física, el pasado indígena será irrecuperable.

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Helguera, excelente pintor parroquial, manejó una sola idea de conducta permisible: el respeto por las tradiciones y por la gente bella que debía habitarlas; y ante la puntual reproducción que de los cuadros hizo la imprenta de Santiago Galas, los espectadores se hallaron ante una doble recompensa: lo noble y lo bonito.

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Lee este artículo completo en la edición 132 de Algarabía «de a devis».

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