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Arte

Félix González-Torres: Obras que se disuelven

Félix González-Torres es ejemplo del misterio que esconde un nombre y hombre sencillo.

Cuando pensamos en un artista esperamos nombres rebuscadísimos y rimbombantes pero Félix González-Torres es ejemplo del misterio que esconde un nombre y hombre sencillo.

González Torres inició con performance, pero fue en las instalaciones fugaces y minimalistas donde encontró su camino. Caracterizada por tocar temas como el amor, la enfermedad, el luto, la política y la muerte, su obra es íntima, pero no individualista, lo que ha sido clave para convertirse en una de las más representativas del arte conceptual de los años 80 y 90.

Nació en Cuba, vivió en Puerto Rico y finalmente se estableció en Estados Unidos, sin embargo, para hablar de su vida y obra los datos salen sobrando.

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Una pila de dulces, un montón de papeles, una cama vacía y centenas de cuentas colgando podrían necesitar de mucha explicación o quizá, solo de una buena mirada.

Félix González-Torres murió de complicaciones derivadas del sida a los 37 años, cinco años después de la muerte de su pareja, Ross Laycock.

Desde 1979 hasta sus últimos días en 1996 creó piezas que se disuelven pero que al mismo tiempo son inalterables: «Todas estas piezas son indestructibles en cuanto pueden duplicarse al infinito».

Estas son algunas de ellas:

«Untitled» Perfect Lovers (1987- 1990)

Dos relojes de pared colgados uno junto al otro. En el momento en que fueron colocados, las manecillas estaban en sincronía pero el tiempo hizo lo suyo. Se desfasaron e inevitablemente llegará el momento en que uno de los dos se detenga, sin embargo, se mantendrán juntos.

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En ocasiones, esta pieza es acompañada de la carta que González-Torres escribió para su amante en 1988: «No tengas miedo de los relojes, es nuestro tiempo, el tiempo ha sido tan generoso con nosotros. Imprimimos el tiempo con el dulce sabor de la victoria. Hemos conquistado el destino reuniéndonos en un momento determinado, por lo tanto devolvemos el crédito donde se debe: el tiempo. Estamos sincronizados, ahora y siempre. Te amo».

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«Untitled» Quimio (1991)

Una cortina hecha con miles de cuentas blancas espera a que el visitante atraviese la sala. Este ambiente blanco y estéril remite a las sensaciones que se viven dentro de un hospital y a la pérdida de glóbulos blancos a la que los pacientes se enfrentan cada día.

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«Untitled» Portrait of Ross in L.A (1991)

Esta montaña de caramelos envueltos en celofanes multicolor pesaba lo mismo que Laycock en sus últimos días (175 libras). El público puede tomar un dulce hasta que la pila se desvanezca. Cuando los dulces se terminan, el museo debe reponerlos de nuevo.

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«Untitled» Blood (1992)

Una cortina de cuentas rojas espera que el espectador atraviese para llegar al otro extremo de la habitación. Esta pieza invita a la confrontación, pues desde inicios de los 90 e incluso actualmente, existe un temor a la sangre, no tan solo de otra persona, también a la de uno mismo.

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Más que sentimental, González-Torres consideraba su obra como política, pues iba en contra del deber ser: «No puedes amar a un hombre, no puedes tener relaciones sexuales con un hombre», sin embargo, resulta difícil no remitirse a los pensamientos más cursis cuando se trata de una obra que habla del amor que trasciende lo terrenal e incluso la muerte.

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