#94

La nación de Londres

¿Cuál era el centro de Londres, o cuál elegir de entre todos ellos: el longitudinal, el geométrico, el literario, el social, el mercantil, el astronómico o el «diabólico»?

¿Cuál era el centro de Londres, o cuál elegir de entre todos ellos: el longitudinal, el geométrico, el literario, el social, el mercantil, el astronómico o el «diabólico»?1

Un maravilloso día de mayo de ese mismo año (1800) contemplé por primera vez el impresionante lugar de la ciudad… no, no la ciudad, sino la nación de Londres. Desde aquel día, incluso aunque me encuentre a una distancia de dos y hasta trescientas millas de ese imperio colosal de hombres, riqueza, arte y poder, tengo la sensación de sentir su energía. En una ocasión, estando en las carreteras del norte, a doscientas millas de la ciudad, pude contemplar cómo todas las cabezas de un rebaño estaban dirigidas hacia la ciudad como si estuvieran dando cuenta de la energía de ese cuerpo gigantesco y confirmaran la atracción de su poder, a pesar de la enorme distancia a la que se encontraban.

El centro de atracción

La impresión de esa energía tan poderosa, la sensación de que pueda sentirse en un radio tan amplio y la conciencia de que podría sentirse en un radio aún más grande, atravesando tierras y mares, días y noches, inviernos y veranos, la impresionante atracción que produce ese centro hacia el que infinitos sentidos se dirigen en busca de infinitos propósitos, el inmenso tributo que merece su riqueza, su poder y su enorme población inunda la imaginación de tal forma que nada se le puede igualar en este planeta, ni entre las cosas que han existido, ni entre las cosas que existen. Sólo existe un ejemplo con el que se la puede comparar: la antigua Roma.

En aquella ocasión íbamos en un carruaje abierto y nos aproximamos a Londres por caminos rurales sobre todo —imagino— para evitar el polvo. Se trataba de vías de servicio, tranquilas y sombreadas, que transcurrían junto a las más grandes. Aquella manera de aproximarnos a la ciudad nos hizo perder parte de la sublimidad propia de la entrada por las vías principales. No vimos el remolino y el ajetreo, ni la agitación del tumulto que se espesa cada vez más y más en las últimas doce millas antes de entrar en los suburbios.

En las últimas tres etapas del camino —cuando se está a unas cuarenta millas de Londres— ya se tiene el vago presentimiento de que uno se está aproximando a una enorme capital. La ciega simpatía por ese objeto que aún permanece invisible y que va creciendo con la vista de todos esos barrios que se establecen como una cadena montañosa y magnética es algo que uno termina de comprender del todo. Cuando se llega a la última estación para el cambio de caballos —supongamos que sea Barnet, si uno se aproxima desde las carreteras del Norte, o Hounslow, si se llega desde el Oeste— ya no se piensa —como sucede en otros lugares— que a nadie se le vaya a ocurrir decir en voz alta cuál es la siguiente parada. Al subir al carruaje nadie dice: «Próxima parada: Londres», eso sonaría ridículo, porque una poderosa idea se ha apoderado ya de todas las conciencias haciendo imposible suponer que se pueda llegar a cualquier otro destino.

La «trepidatio»

En la última etapa del trayecto uno se siente como si hubiese entrado en una corriente parecida a la del maelstrom noruego y esa corriente fuese agitándose cada vez más, como en el preludio de una catarata. ¿Qué significa exactamente la palabra latina trepidatio? No se trata de algo relacionado con el pánico sino más bien con la sensación de que uno se aproxima hacia una inminente batalla, o hacia un ascenso, o hacia una tragedia. La palabra inglesa más cercana es perturbación. Aquella trepidatio aumentaba cada media milla de forma palpable, tanto para la vista como para el oído. Algo parecido debe ser el rugido del Niágara y la vibración con la que impregna el suelo y que hace que sea perceptible incluso a diez millas de la caída, hasta que todo se precipita en un sonido que lo ocupa todo.

Mucho antes de llegar a los suburbios de Londres, como Islington, por ejemplo, se percibe una gran señal premonitoria de la inmensidad de la ciudad a la que uno se aproxima y que obliga, hasta al más torpe de los viajeros a adquirir conciencia de su propia insignificancia. En cualquier otro lugar de Inglaterra uno siempre es capaz de contemplar los caballos, los carruajes, los sirvientes —si es que uno viaja con ellos—, puede contemplar todas esas cosas con atención o curiosidad, y en todas esas circunstancias uno mismo es también visible para los demás. Pero en cuanto se cruza la última parada de postas antes de la ciudad de Londres, durante las últimas diez o doce millas antes de entrar en ella, uno descubre con estupefacción que ya no es visible para los demás, nadie te ve, nadie te oye, ni siquiera eres capaz de verte a ti mismo.

¿Cómo puede nadie tener conciencia de sí mismo cuando es tan obvia su nulidad en mitad de ese océano de la vida humana? En ese momento, por primera vez, no importa el tipo de hombre que uno crea ser, escudero o señor, caballero o sirviente, no importa el lugar del que uno proceda, ciudad, pueblo, o aldea solitaria, por debajo de su ridículo disfraz uno se descubre en mitad del Atlántico, como una sencilla planta —y una planta parasitaria además— en mitad de un bosque de América.

Máscaras de locos

Estas sensaciones no son sólo propias de los intelectuales, ni de la que gente que tiene un carácter sentimental. No conozco a un solo hombre que haya sido abandonado a su suerte en las calles, aún desconocidas para él, de Londres, que no se haya sentido entristecido y amenazado a la vez, tal vez hasta aterrorizado, por la sensación de abandono y de soledad propia de esa situación. No puede haber una soledad como una que nos abandona rodeados de innumerables rostros que parecen no tener voz ni expresión, entre miradas sin número que nos contemplan sin juzgarnos, entre apresuradas figuras de hombres y mujeres que vienen y van sin que tengan sentido ni sus prisas ni sus movimientos, y que parecen máscaras de locos, o ciudadanos fantasmas.

La sensación de inmensidad que produce Londres desde el interior se ve alimentada también por la descomunal extensión de los barrios y por los constantes destellos que hacen suponer, en cada esquina, otros barrios de extensiones comparables. La espesa atmósfera que se vislumbra al final de cada enorme avenida envuelve su final en una especie de sombra incierta. He olvidado muchas de las sensaciones que tuve de las afueras de Londres y de la cautelosa ruta de carreteras secundarias que tomamos por las cercanías de Uxbridge y Watford, por las que nos introdujimos en los suburbios. Pero por esa misma razón fue también más impactante cuando llegamos a Edgeware Road, y poco después a las mismas calles de Londres. A través de qué calles lo hicimos, y hasta qué barrio es algo que se ha borrado totalmente de mi memoria y que no comprendí ni siquiera entonces. Todo lo que recuerdo es un asombro reverencial y una ciega comprensión de aquella misteriosa Babilonia humana que parecía perseguir y sitiar el completo sentido de la vida humana a medida que nos íbamos acercando durante aquellas dos horas2

Más o menos cada diez minutos nos quedábamos detenidos por lo que en Londres se denomina un «candado», es decir, una fila de carruajes totalmente detenidos que se impiden el paso unos a otros, y en tal número que la mirada no podía ver su final, pero súbitamente, como si se tratara del conjuro de un mago, el «candado» se abría y la masa volvía a ponerse en movimiento como si se descongelara y poco a poco fuera acercándose a nosotros esa influencia y nos hiciera volver a entrar en la corriente de aquellos carruajes. Finalmente, casi al amanecer, llegamos a cierto lugar, cuyo recuerdo está para mí tan borroso como el camino que hicimos para llegar a él.

A pesar de que el Londres de aquella época era descomunal, tengo la creencia de que la Roma de Trajano era más grande aún. La Academia suele coincidir en que los cálculos que hizo Lipsius de la población romana están sobredimensionados y yo comparto personalmente esa opinión, pero un estudio más detenido de la cuestión y un cotejo más laborioso de los datos —porque ninguno de ellos por separado puede darnos la seguridad de nada— me inclina a pensar que Lipsius estaba en realidad más cerca de la verdad que sus críticos y que la población de Roma, si se suman todas sus clases —esclavos, extranjeros, habitantes del extrarradio— debía oscilar entre cuatro y seis millones.

El Londres de 1833 cuenta con más de un millón y medio, pero menos de dos, por lo que corresponde a un tercio de lo que fue la ciudad de Roma. Para discutir esta cuestión con propiedad sería necesario escribir un libro aparte porque al fin y al cabo no disponemos del material suficiente, pero me permito aquí hacer una anotación: la de que el cómputo que se suele dar, que es el de un millón, o un millón y un cuarto, proviene en realidad de las cuentas que nos han llegado de las distintas «regiones» y que fueron aplicadas a Roma sin contar con el Pomaerium, por lo que no serían válidas para el cómputo de la Roma de Trajano, que se había expandido ya muchas millas. Por otra parte, hay que considerar también la impresionante altura de muchos edificios de Roma, que en muchos casos superaba la de nuestras construcciones modernas.

Sobre este punto en concreto traduzco aquí un elocuente pasaje del retórico griego Arístides —griego de nacimiento, pero afincado en Roma en la época de Antonino— que seguramente será del interés de algunos lectores: De la misma manera que en ocasiones contemplamos que existen hombres que a pesar de superar en fuerza y corpulencia a todos los demás parecen no estar nunca contentos con la ostentación que hacen de su fuerza y es como si lucharan, ellos solos, pero subiendo por pirámides humanas en las que cada base está sustentada por los hombros del anterior, así es esta ciudad que se expande desde su fundación por una extensión cada vez más grande pero que ni siquiera así parece satisfecha porque las dimensiones superficiales no parecen capaces de sostenerla.

De pronto se ha convertido en una ciudad que se alza sobre otra ciudad semejante a sus proporciones, y luego sobre otra más, en una sucesión aérea. La arquitectura se ve obligada a justificar la promesa que parece contenida en su nombre, y precisamente en referencia a ese nombre y a su significado griego, puede decirse que no hay nada que se despliegue antes nuestros ojos que no esté diciendo «¡Rome! ¡Rome!» —el retórico juega aquí con le sentido de la palabra griega romé, que significa fuerza—. «De este modo —continúa Arístides— se llega a la conclusión de que si se descompusiesen todos sus estratos y se pusiesen en una superficie, si la Roma del presente, coronada por tantas torres y construcciones apiladas unas sobres otras pudiera perder su condición aérea y se pusieran todas sobre el suelo en una sola planta, unas junto a otras, toda la superficie de Italia estaría cubierta y podríamos contemplar el espectáculo de una ciudad sin final, que extendería sus pomposos laberintos hasta el mar Adriático».

Esta pieza está muy lejos de ser una simple exageración retórica. Todo lo contrario, su objetivo es precisamente el de utilizar la retórica para expresar con la máxima precisión posible la grandeza de Roma presentando sus dimensiones de una manera diferente y suponiendo que la ciudad sólo tuviera una planta. De acuerdo con esa suposición colige que la ciudad debería extender desde el Mare Superum hasta el Mare Inferum, es decir, desde la Toscana hasta el Adriático.

El hecho, como recuerda Causabon con ocasión de una ridícula metedura de pata en una de sus estimaciones sobre la Roma imperial, es que el error suele producirse más habitualmente cuando se considera la grandeza de Roma, tanto en su política, sus instituciones y su extensión, suele ser casi siempre más por defecto que por exceso. Allí todas las cosas eran colosales y lo más probable es lo que parece imposible. En ocasiones los errores de Lipsius rozaban la extravagancia y fue un gran especulador sobre muchos temas, testigo de eso es su libro sobre los anfiteatros, pero desde luego no se equivocaba sobre las proporciones de Roma y sobre su población. Añadiré sobre este punto que toda la economía política de los antiguos, si exceptuamos las precisas investigaciones de Boeckh —Die Staatshaushaltung der Athener— que, propiamente dicho, no es un estudio de economía política, es una mina todavía virgen para la investigación. Pero todo depende del cotejo de los datos, y la única manera de arrojar un poco de luz sobre el asunto es comparar unas cifras con otras. Hay poca información directa y verosímil, y se ha investigado todavía de manera muy escasa esta materia.


1. Tomado de Bosquejos de infancia y adolescencia. 1785-1800; Ed., trad. y pról. de Andrés Barba. México: Sexto Piso; 2012.
2. Esta lentitud tal vez deba ser atribuida al poco conocimiento que tenía Mr. G. de las carreteras rurales que llevan hasta Uxbridge.


Thomas de Quincey (1785-1859) fue periodista, crítico y escritor romántico. Escribió Confesiones de un comedor de opio inglés —una descripción de su propia experiencia como opiómano—, y ensayos como La nación de Londres. Bosquejos de infancia y adolescencia —edición, traducción y prólogo de Andrés Barba, México: Sexto Piso; 2012—, del cual se condensó este texto.

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