#92 en papel

#92 Editorial

Al escuchar la palabra guillotina, no es difícil imaginar un sanguinario espectáculo de cabezas que terminan en una canasta. Pero, ¿sabe usted el origen de este instrumento de pena capital?, ¿quién murió en la guillotina? Lo invitamos a descubrirlo.

Entonces,  ¿yo qué vengo siendo del señor?

En este mundo, arrieros somos y en el camino andamos; y por una cosa u otra acabamos emparentados con quien menos esperábamos —y menos se desea—; porque a los cuñados no los elegimos, ni a los tíos ni a los esposos de los primos y, mucho menos, a los concuños —dígamelo a mí—; sin embargo, uno acaba conviviendo con ellos en comidas, fiestas y reuniones —más seguido de lo que se quisiera—; incluso en bautizos y velorios.

La cosa no termina ahí, porque hay vínculos de los que ni siquiera somos conscientes, debido a que en español no existe forma de nombrarlos y, por tanto, no los tenemos presentes; pero ahí están y son parte de nuestras circunstancias. Recuerde que «yo soy yo y mi circunstancia», como bien decía Ortega y Gasset.

Toda relación, corta o larga, profunda o superficial, deja huellas y cicatrices, algunas más hondas e indelebles que otras, pero las deja, y el vínculo con quien tuvimos algo que ver, no deja de existir sólo porque no continúen. Al contrario: quizá todavía haya más unión; quizá une más lo que no está, como decía Borges: «no hay otros paraísos que los perdidos». La frustración, el amor, el entendimiento y la separación, dejan ausencias, pero también nos heredan linajes y parentescos como los de nuestros gebrydgumas —pronúnciese /guebrídgumas/.

Un gebrydguma es la persona que ha tenido relaciones sexuales con alguien con quien nosotros también las hemos tenido, antes o después o al mismo tiempo. Es lo que nosotros, los hispanohablantes, conocemos como connovios o conyacentes —cofolladores, dirían los castizos— y los mexicanos, como «hermano de lecho», «compadre de hoyo» y otras cosas más soeces. Pero no importa cómo se les llame, el vínculo de la conyacencia existe, nos guste o no.

Porque ese alguien con quien estuvimos, esa persona examada, ahora lo es de otro, y ese nuevo otro se ha introducido, a pesar de la voluntad, en nuestra vida y, quizá, nos toparemos con él algún día en una fiesta, en la calle, en el trabajo, en la universidad o… de la mano de nuestros hijos. A diferencia de los concuños, gebrydgumas tenemos para dar y regalar, porque se multiplican en forma exponencial. Haga números.

Ahora que, si por gebrydgumas no paramos, menos lo hacemos por cosas, fenómenos y situaciones de este mundo caprichoso y colorido como las que celebramos en este número, desde las más extravagantes, excéntricas, estrafalarias, hasta las más exóticas y estrambóticas. Desde el
vino, los monolitos —como nuestra Peña de Bernal—, los desiertos del mundo, la francachela, los números y las matemáticas, la Luna —¿satélite o planeta?— y los inuit —antes esquimales—, hasta las consolas de videojuegos, la máquina de coser, los lemmings, el juramento hipocrático y los falsos cognados en la lengua —como el de theos, ‘dios’ en griego y teotl, ‘dios’ en náhuatl, que no están emparentados, pero significan lo mismo en Teotihuacan y teología—; así como los epónimos, esos sustantivos comunes que proceden de un nombre propio como mecenas, cesárea y pantalón, entre otros, y más temas como el de la gran Marie Curie, la guillotina, Amparito Arozamena, la Guerra del Golfo, los desiertos del mundo y el tarot.

Quede usted tranquilo, que sus gebrydgumas también lo estarán. Disfrute este número de Algarabía porque, después de todo, tienen algunos gustos en común, ¿qué no?

María del Pilar Montes de Oca Sicilia

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