#91

Fiestas que no deberíamos celebrar

Quienes no nos cocemos al primer hervor quizá nos sobresaltemos por grupos de niños y adultos disfrazados de vampiros, brujas o Frankensteins, que salen a pedir «su calaverita» el primer día de noviembre…

Aquí no viene el conejo de Pascua, porque no somos gringos ni judíos;en esta casa festejamos el Domingo de Resurrección.

Sentencia materna

Quienes no nos cocemos al primer hervor de la olla y somos testigos del devenir de la globalización, quizá nos sobresaltemos por grupos de niños y adultos disfrazados de vampiros, brujas o Frankensteins, que salen a pedir «su calaverita» el primer día de noviembre. El mismo estupor provocan quienes se empeñan en esconder huevos multicolores «puestos» por un conejo al terminar la Semana Santa, o peor, comparten el pan y la sal en «Tenksgivin». ¿Qué nos impulsa a celebrar esas fiestas, y por qué no deberíamos hacerlo?

Pocas cosas son más resbalosas que una oración sin sujeto determinado. Por ejemplo, en la frase «Dicen que se va a acabar el mundo», ¿quiénes dicen? ¿Los antiguos mayas, las profecías de Nostradamus, los catastrofiambientalistas, científicos de un observatorio astronómico tras observar un cometa en trayectoria hacia la Tierra… o mi primo Nabor y su equipo de futbol llanero? Así pues, para no dar lugar a equívocos mayores, empecemos por definir el sujeto de la oración «No deberíamos celebrar».

Mexicanos al grito de…

Al decir deberíamos —conjugación en pospretérito del indicativo del verbo deber, en su acepción de «tener la obligación de hacer algo»—, el sujeto tácito es la primera persona del plural nosotros, que corresponde al conjunto de hijos de padres mexicanos que nacimos y vivimos en territorio mexicano y que, aun cuando podemos tener alguna ascendencia anglosajona, escandinava, árabe, africana, asiática o melanésica, básicamente somos producto del mestizaje entre los indígenas de Mesoamérica que se asentaban en estas tierras y los españoles que las sometieron mediante el poderío militar entre los siglos xvi y xviii. Unos cien millones de individuos que, para bien o para mal, comemos tortillas y chile, y saludamos al lábaro tricolor del águila y la serpiente.

Este grupo comparte, en términos abstractos y generales, una «biografía colectiva»; esto es, una serie de rasgos culturales heredados de los procesos históricos de este país. Entre otras cosas:

  • Una lengua, el español, impuesta por los conquistadores europeos, y que luego de diversas influencias, se convirtió en el «español de México», algunas de cuyas manifestaciones son nuestros nombres del santoral católico, nuestros apellidos españoles,y un cúmulo de obras escritas en ese idioma que nos dan contexto histórico e ideológico y sentido de identidad.
  • Una historia, que en la versión oficial adoctrinada por el Estado, gira en torno a la exaltación grandilocuente de «los héroes» y de las guerras que definieron violentamente la geopolítica y la identidad del México actual —la Conquista, la Independencia, las intervenciones, la Reforma, la Revolución.
  • Una tradición religiosa, la católica, que según los censos corresponde a cerca de 80% de la población, y que históricamente ha dictado una importante porción de nuestro marco moral, de costumbres y festividades.

 

¿Qué tan oportuno es celebrar el Halloween? ¿De qué nos toca si a la tradición religiosa de México corresponde un sincretismo entre la fiesta católica de «Todos los Santos» y las visiones prehispánicas del paso al inframundo, que llamamos «Día de Muertos»? Más acerca de la influencia entre culturas y razones para celebrar o no, en Algarabía 91.

 

Para profundizar en el tema de las fiestas importadas, dejamos este artículo relacionado:

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