—primera parte—
La presencia de Alejandro de Humboldt en la Nueva España, en los primeros años del siglo xix, marca un claro punto de inflexión en las investigaciones científicas que se realizan en nuestro país.
por Jaime Labastida
Humboldt llega a la América española en el año de 1799 y ha de recorrer los vastos territorios que hoy se integran a seis países de lo que conocemos como América Latina: Cuba, Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador y México. Abandonará América cinco años después, en 1804.
Sus primeras indagaciones estarán centradas en las ciencias naturales. Le interesa el estudio de los volcanes y los perfiles de las montañas, de modo tal, que hasta los paisajes que forman parte del Atlas pintoresco son cuadros en los que se dan a la mano de la ciencia y el arte: son, por decirlo así, cuadros verdaderamente científicos en los que se miden trigonométricamente ángulos y anfractuosidades de las cordilleras. Hace herborizaciones —Bonpland y él recogen tal vez la sexta parte de la flora del planeta—: pero no sólo recolectaban la especie, sino que la clasifican, le otorgan un nombre científico de acuerdo con el sistema binario de Linneo y la sitúan a la altura, la latitud y la longitud en la que la encuentran. El conjunto de esas investigaciones le permite escribir un libro notable, el primero de los 30 volúmenes de su magno Voyage aux régions equinocciales du Nouveau Continent, el Essai sur la Géographie des plantes.
Humboldt, geógrafo
Eso no es —todavía— bastante. Humboldt determina las latitudes y las longitudes de cuanto sitio visita. Así, ratifica o rectifica —casi siempre lo segundo— las anteriores determinaciones. Está sólo tres días en el puerto de Acapulco; será tiempo suficiente para levantar el plano de la bahía. Hace excavaciones y se da cuenta de que las mismas capas sedimentarias se encuentran en toda la superficie del planeta —luego, por ello mismo, le dará a Georges Cuvier el esquema de las capas sedimentarias que le permiten a éste escribir Ensayo sobre las revoluciones en la superficie del globo—. Por eso, cuanto afirma de las capas sedimentarias destruirá para siempre la tesis sin base de De Bufón, De Pauw y todos aquellos que dieron pie a lo que Antonello Gerbi llamaba La disputa del Nuevo Mundo.
Hace mapas, pero de una precisión y un rigor tales que aun hoy nos causan asombro. Nada de eso es suficiente: los mapas de Humboldt poseen una característica especial, puesto que sirven para establecer escalas y comparaciones universales —por esa causa, un gran historiador moderno de la ciencia los ha llamado isomapas, o sea, mapas en los que se vacía la información congruente, que guardan la mayor semejanza entre sí—. Se interesa en la electricidad y la respiración de los animales: disecará las gimnotos eléctricos que se provee en el pequeño poblado de Calabozo, Venezuela. Aún está animado por los experimentos de Galvani y desconoce la pila eléctrica de Volta, que éste ha de inventar en el curso del viaje de Humboldt por América. Examinará la laringe y el hueso hioides de los cocodrilos, los monos y los pájaros. Disecará una serpiente de cascabel que encuentra en Cumaná y hallará en su vientre un verme desconocido.
Coleccionará los monos de las riberas del Orinoco y, además de su nombre vulgar, les otorgará uno científico y los llevará consigo a Europa. No sólo los describe, sino que los dibuja: Simia lenina, Simia santanas, Simia ursina. […]
Desciende a varias minas y atraviesa los Andes a pie, seguido de grandes bestias domésticas en las que carga su preciso instrumental científico: telescopio, microscopio, sextante. Se hace llevar aguas arriba del Orinoco, en un viaje que es a un mismo tiempo distinto y similar al que siglo y medio más tarde emprenderá en Los pasos perdidos, del escritor Alejo Carpentier. Ascenderá al Chimborazo y en todas partes medirá los gases y el azul del cielo. En una de las márgenes del Orinoco, hallará de súbito el cementerio de un pueblo extinguido. En Colombia empieza a ver, por primera vez, que en la América precolombina floreció una civilización de la que apenas tenía una fugaz noticia.
Confirmará ese dato al arribar a Ecuador, luego, en Perú, verá en diversos sitios las ruinas de la civilización incaica y, por último, al llegar a la Nueva España, le asombrará el espectáculo de las civilizaciones de Mesoamérica —que engloba, sin embargo, en un solo concepto: el de la cultura mexicana.


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