El conejo de Pascua

Si los conejos son vivíparos, como casi todos los mamíferos —no ponen huevos y atienden a sus crías desde el vientre—, entonces, ¿por qué un conejito esconde huevos de colores en parques, escuelas y jardines?, ¿los puso, los robó, los fabricó? Quizá este texto esclarezca esta costumbre que en las últimas décadas se ha vuelto muy popular.

 

por Francisco Masse

ilustraciones de Sergio Neri

¿Recuerda usted los ociosos momentos de la decoración de los huevos de Pascua? Yo no. Pero, según me reportan los más jóvenes, antes de las vacaciones de Semana Santa, en la escuela los hacen llevar muchos cascarones, aun con el riesgo de que muchos terminen en la cabeza, los zapatos y la ropa de los compañeros. Es infaltable el resistol, los bigotes de pintura y las lentejuelas o la diamantina en los dedos; luego, a esperar a que sequen y que los profesores los escondan imitando la cautela —mas no el salto— de los conejos. Por fin, a correr con la canasta para conseguir todos los huevos posibles. Por supuesto que los niños se divierten, pero, ¿cuál es la historia detrás de este batidillo, de la búsqueda frenética y, sobre todo, de ese lepórido con dudosas costumbres ovíparas?

 

Primero, el huevo

Desde la antigüedad, los hombres se vieron fascinados por las diversas especies animales que nacían de un huevo: la forma, la blancura, la ruptura del cascarón y una nueva vida que se asomaba a partir de ese objeto inerte. Por esa razón, muchos pueblos adoptaron el huevo como un símbolo de la vida nueva o, si se añadía la idea de la vida después de la muerte, de la resurrección y la reencarnación.

En la antigua Persia, los zoroastristas celebraban el Año Nuevo en una ceremonia llamada Nowrooz —o Nowruz, que era muy próxima al equinoccio de primavera; tome nota de este dato—; para esta ocasión se horneaba pan, y las mujeres llevaban al templo una ofrenda que consistía en un ave cocinada, frutos de todo tipo y un huevo, el símbolo de la vida. Ahí empieza todo.

Para el judaísmo, la Pascua[1] —que también es cercana al equinoccio de primavera— es una festividad en la que se conmemora la liberación del pueblo de Israel de su esclavitud en Egipto; en esa ocasión, se come cordero asado, pan sin levadura y hierbas amargas. Quizá por influencia de sus vecinos persas, se reporta que también existían ofrendas de huevos crudos y cocidos en los templos hebreos.

De ahí pasamos a los días de Jesús. Es bien sabido que los días aciagos de la pasión y muerte de Jesucristo coincidieron con la Pascua en Jerusalén. Así, cuando el nazareno resucitó de entre los muertos el Domingo de Pascua, los primeros cristianos adoptaron esta fecha como un símbolo de la vida nueva: la Resurrección —tal como las culturas antiguas— y como una «nueva liberación» del alma más allá de la muerte. Más adelante, ya establecido el cristianismo y la costumbre de los 40 días de Cuaresma —en memoria de cuantos pasó Jesús en ayuno en el desierto— antes de los días santos, algunos creyentes adoptaron la costumbre de comer huevos al terminar la abstinencia, recordando las antiguas prácticas que aquí referimos. Después, en ciertas iglesias cristianas, se adoptó la costumbre de pintar de rojo los huevos de la Pascua.

 

Píntele huevos a la curiosidad y corra cual conejo por su Algarabía 82 para seguir leyendo este intrincado origen cultural.


[1] Pascua proviene del latín vulgar pascŭa, éste del latín pascha, que a su vez se deriva del griego πάσχα, y éste del hebreo pes a h, influenciado por el latín pascuum «lugar de pastos», por alusión al fin del ayuno.

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