Ascetas y castrati

Un testículo es, atendiendo a su etimología, un «pequeño testigo» de virilidad. Con base en este simbolismo, las madres dominantes que impiden el florecimiento de la masculinidad de sus hijos, son llamadas «castrantes». Pero la práctica de la castración —la real; esto es, la extirpación de los testículos por medios quirúrgicos— ha tenido un lugar en la historia para representar la sumisión, como castigo y, frecuentemente, como un medio para alcanzar ideales místicos e, incluso, artísticos.

por Igor Übelgott

En los primeros siglos de nuestra era, algunos jóvenes cristianos llegaron a creer que hacerse emascular era la opción ideal para vencer las tentaciones del deseo carnal. En el siglo ii, por ejemplo, el mártir Justino narró el caso de un joven de Alejandría que solicitó al gobernador de la  provincia permiso para ser castrado. Aunque la petición fue negada —la  ley romana prohibía esta práctica—, Justino afirmaba que lo que el joven buscaba era ofrecer un testimonio de la elevada moral de la naciente religión cristiana.

 

Cortar antes que pecar[1]

A pesar de que siempre fue rechazada, la castración tuvo un importante papel en las primeras etapas del cristianismo y se justificaba en la interpretación literal de ciertos pasajes evangélicos. Por ejemplo, en Mateo 5:27, se dice: «…si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácalo, y échalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno…»; o en Mateo 19:12, se lee: «porque hay eunucos que nacieron así del vientre materno, y hay eunucos que fueron hechos tales por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos…».

Desde el principio, una de las mayores aspiraciones cristianas fue la abstinencia sexual, y autocastrarse llegó a ser visto como un acto de  infinita piedad. El mismo Orígenes, Padre de la Iglesia y pilar de la teología cristiana, se emasculó en un arranque de ascetismo a la edad de 18 años, aunque más tarde se arrepintió de haber interpretado literalmente el pasaje del evangelio de Mateo; además de él, otros obispos cristianos del siglo iii eran reverenciados por el simple hecho de ser eunucos. No hay que olvidar que la renuncia sexual era una de las bases del liderazgo masculino en el cristianismo antiguo, ya que se entendía que el celibato favorecía un estado indudable de disponibilidad para Dios y la comunidad; así, los eunucos «por causa del Reino de los Cielos» —es decir, por voluntad propia— encarnaban el sacrificio físico por un elevado ideal moral.

Rechazo y herejía

A pesar de lo anterior, la jerarquía eclesiástica condenó esta práctica y, también, a quienes tomaban esta medida para evitar las tentaciones de la carne —como los miembros de ciertas comunidades monásticas—. Los jerarcas se pronunciaban por un «celibato natural» como un mérito superior hacia la perfección cristiana. De ahí que, por ejemplo, los monjes valesianos, que defendían la castración como «el único medio para llegar al Reino de los Cielos», fuesen expulsados de la Iglesia, condenados por su jerarquía y señalados como herejes.

Además de los valesianos, en el siglo iv proliferaron grupos monásticos integrados por monjes castrados. Incluso, en el Concilio de Gangra del año 340 se denunciaba a mujeres que, haciéndose pasar por eunucos, ingresaban en monasterios. La práctica no sólo causaba alarma en el ámbito monacal: también numerosos sacerdotes seculares se emasculaban para erradicar las sospechas de sus relaciones con vírgenes cristianas.

Fue tan grave el problema que en el i Concilio de Nicea, en el 325, se dictó que si algún religioso, estando sano, se mutilaba a sí mismo, quedaría excluido del clero. Por su parte, los cánones apostólicos indicaban que si algún cristiano laico se mutilaba los genitales, quedaría privado de la comunión por tres años. Incluso se dice que en Roma, en el siglo v, se llegó a exigir una examinación a los mismísimos papas para comprobar que conservaban intacta su virilidad: los pontífices electos se sentaban en una silla diseñada ex profeso y los cardenales desfilaban para comprobar que no se tratara de un eunuco; al hallar todo en su sitio, éstos pronunciaban: testiculos habet et bene pendentes.[2]

Castrados cantantes

Pero, mientras el occidente del Imperio condenaba con tal dureza la automutilación, en Constantinopla los castrados no eran tan mal vistos, al menos por los monarcas. Existen registros de que la emperatriz Elia Eudoxia —que gobernó en la frontera de los siglos iv y v— tenía un coro con cantantes castrados —llamados castrati, plural de castrato—, supuestamente establecido por un maestre llamado Brison que, según los reportes, era también un eunuco y contaba con una voz extraordinaria. Aunque en aquella época se desconocían las funciones de las hormonas, por experiencia sabían que, cuando un niño con cualidades vocales notables era castrado —casi siempre, sin consultarlo— se evitaba que la testosterona modificara la estructura de la laringe antes de llegar a la pubertad —uno de los caracteres sexuales secundarios—; así, la voz «de niño», que en la clasificación de las voces se equipara a la de una mujer,[3] permanecía sin cambios hasta la edad adulta. Además, la falta de testosterona hacía que las coyunturas del castrato no se endurecieran y los huesos crecieran un poco más de lo normal —incluyendo las costillas—; esto les proveía de una caja torácica excepcional. Estas características resultaban en una aptitud vocal única, tanto en capacidad pulmonar como en rango y alcance que, incluso, superaba a las de las voces femeninas.


[1] Gran parte de la información de esta sección fue extraída de: Raúl González Salinero, «Ascetas y castrados», en La aventura de la Historia, núm. 115.

[2] «Tiene testículos y cuelgan bien.»

[3] v. Algarabía 35, junio 2007, Trivia: «Una voce poco fa»; pp. 88-90.

Los comentarios están cerrados, si tienes algo muy importante que decir acerca de este tema puedes enviarnos un correo.

También puedes comentar usando facebook: