La ciudad baja, fundación de Nueva York

por Paul Morand

Gracias a la llegada masiva de inmigrantes atraídos por el dinamismo económico de la ciudad, Nueva York se expandió rápidamente en pleno siglo XIX, pero mucho antes, las características de su fundación y desarrollo habrían de ser determinantes para su posterior encumbramiento como capital económica, cultural y artística de la Unión Americana.

[…] Una mañana del mes de septiembre de 1609, […] el Medialuna, enviado por unos mercaderes holandeses a través del Atlántico, acaba de fondear. Su capitán, el inglés Hudson, de pie en el puente de popa, escudriña el horizonte; a babor y estribor ve el mar hundirse en las tierras: ¿son aquéllos unos ríos o es el paso marítimo que busca él desde hace tanto tiempo y que, al unir el Atlántico con el Pacífico, le permitirá llegar, por fin, a China? Hudson se decide por el brazo de mar del Norte. Remonta el río que llevará su nombre y que él cree la verdadera ruta de la seda, objeto de su misión, como de todas las exploraciones europeas.

En las orillas se extiende la selva. La selva prehistórica. Solamente el agua detiene los árboles, que cubren todo el continente de un pelaje enrojecido por el otoño… Al cabo de tres meses, Hudson se da cuenta de que raspa el fondo. Su barco da media vuelta y vuelve a orillas del Atlántico. […]

Los hombres de la isla

Vigilando la costa desde lo alto de la cofa, los gavieros holandeses han descubierto, escondidos entre las rocas, a unos hombres rojos, color tierra. […] Pronto los indios se atreven a nadar alrededor del navío europeo; otros empujan hasta el agua unas barcas de paja; están desnudos, llevan una espina de pescado en la nariz y, ciñéndoles la cintura, pieles de tejón. Dan a entender que viven en una isla llamada Manhatte o Manhattan.

Los holandeses bajan a tierra y llegan ante el jefe, sentado delante de su casa de corteza; cambian con él el mensaje de paz, wampun, en el que las palabras están representadas por perlas ensartadas. Inmediatamente las mujeres, de crenchas aplastadas y relucientes, que habían huido, empiezan de nuevo a moler maíz; los viejos taciturnos prosiguen su labor de tejer, los hombres derriban árboles con sus hachas de piedra, las muchachas escarban la tierra, los niños cogen grandes ostras; y la orilla está blanca de conchas abiertas en algunos trechos. Los rostros pálidos, de cuerpo protegido, ofrecen unas pipas, una botella de aguardiente. El viejo jefe o sachem, después de revestirse con su manto de plumas, corresponde a su vez ofreciendo en homenaje tabaco y pieles de zorro, de nutria, de oso. Fiestas indias en las que se entierra el tomahawk en señal de paz. Primeras transacciones.

Los exploradores holandeses regresan a su tierra. Desde Ámsterdam a Rotterdam, bien pronto saben todos que si no han encontrado la ruta del Catay han descubierto nuevas tierras, cubiertas de selvas, en las que unos indios desnudos, llamados algonquinos, dan pieles por nada; esos salvajes adoran al Diablo y «no conocen ni ambicionan las riquezas…».
Los hombres con gorguera y gran chambergo negro juntan sus cabezas alrededor de una mesa, como en la Lección de anatomía. Van a hacer la disección del Nuevo Mundo. Durante tres años, preparan una nueva expedición, pero en secreto, para no llamar la atención. de los ingleses.

Por fin, en la primavera de 1613, un nuevo navío, bajo y panzudo como un mercader, el Tigre, se hace a la mar con Adriaen Block por capitán. Block llega a América; continúa lo que Hudson había empezado. Pero su barco se incendia y queda destruido. Con árboles de la selva fabrica otro y lo bautiza Onrest —Inquietud.

Siga el recorrido de la fundación de Nueva York en su Algarabía 80.

 

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