—primera de dos partes—
Una vez que el ser humano logró emplear los recursos de su entorno para adaptar la naturaleza a sus necesidades, comenzó el interés por la transformación de la materia. La descomposición de los alimentos o la posibilidad de cambiar la forma de los objetos por medio de temperaturas altas, marcó el nacimiento de una ciencia que, en 2011, celebra su año internacional, y de la que ahora el divulgador científico por antonomasia describe sus orígenes.
por Issac Asimov
La posibilidad de beneficiarse deliberadamente de algunos fenómenos químicos se hizo realidad cuando el ser humano fue capaz de producir y mantener encendido el fuego. Tras este hallazgo, el ser humano se convirtió en un químico práctico al idear métodos para que la madera —u otro material combustible— se combinase con el aire a una velocidad suficiente, y así producir luz y calor, junto con cenizas, humo y vapores.
Había que secar la madera y reducir a polvo una parte para utilizarla como yesca; luego emplear algún método —como el frotamiento— para alcanzar la temperatura de ignición, y así sucesivamente.
El calor generado por el fuego servía para producir nuevas alteraciones químicas: los alimentos podían cocinarse, y su color, textura y gusto, cambiaban. El barro podía cocerse en forma de ladrillos o de recipientes.
La Edad de Piedra
Los primeros materiales que se emplearon fueron cotidianos: madera, hueso, pieles, piedras… De todos ellos, la piedra es el más duradero, y los útiles de piedra tallada son las evidencias de que disponemos para conocer aquel dilatado periodo. Hacia el 8000 a.C., en la región que ahora conocemos como Oriente Medio, se introdujo un cambio revolucionario en la producción de alimentos. Hasta entonces se obtenía la comida cazando, pero el ser humano aprendió a domesticar y cuidar animales, disponiendo así de comida abundante y segura. Luego, casi por accidente, aprendió a cultivar las plantas. Como consecuencia, se registró un importante aumento de la población.
La agricultura exige fijar un lugar de residencia, y así nuestros antecesores construyeron viviendas, desarrollándose poco a poco las primeras ciudades. Esta evolución determina literalmente el comienzo de la «civilización», pues esta palabra viene del término que en latín significa «ciudad».
Durante los dos primeros milenios de esta naciente civilización, la piedra se mantuvo como material característico de los instrumentos, si bien se descubrieron nuevas técnicas de manufactura. Esta Nueva Edad de la Piedra o Neolítico se caracterizó por un cuidadoso pulido de las rocas. La alfarería fue otro de los factores que contribuyeron al desarrollo.
Lentamente, los logros del Neolítico superior se extendieron fuera de la región de Oriente Medio. Hacia el 4000 a.C. aparecieron características de esta cultura en el oeste de Europa. Pero en esta época las cosas ya estaban suficientemente maduras en Oriente Medio —en Egipto y en lo que hoy es Irak— para que se produjesen nuevos cambios.
El hombre empezó a servirse de materiales novedosos. Alentado por las útiles propiedades de éstos, aprendió a sobrellevar las incomodidades de una búsqueda tediosa y unos procedimientos complicados y llenos de contrariedades. A estos materiales se les conoce como metales, palabra que expresa el cambio, ya que probablemente deriva del vocablo griego que significa «buscar».
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