Los universitarios: su sola mención —que hace 40 años causaba escozor en la sociedad mexicana más conservadora— es hoy casi un sinónimo de hormonas, mezclilla, inconsciencia juvenil, playeras, libros, exámenes, y —no nos hagamos— diversión lubricada por la fresca y abundante ingesta de alcohol que, de vez en cuando, degenera en violencia. ¿Y cómo no va a ser así, si las universidades se gestaron al calor de una pelea de cantina?
por Francisco Masse
Finales del siglo VIII. Carlomagno ocupa la silla imperial; desde esa altura, y aconsejado por Alcuino de York, impulsa el renacimiento carolingio: se estandariza el latín como lengua universal, y se establecen centros de enseñanza de las «artes liberales», divididas en el trivium —gramática, retórica y lógica— y el quadrivium —aritmética, geometría, astronomía y música.
Estos centros educativos estaban adheridos a las catedrales y monasterios católicos —y, desde luego, a sus bibliotecas— y gracias a la protección de la Iglesia, sobrevivieron a la muerte de Carlomagno y a la posterior fractura del imperio carolingio. El propósito esencial de esas escuelas catedralicias era la educación del clero, y en ellas se preservó, transmitió y generó gran parte del conocimiento matemático, astronómico y filosófico de la Europa medieval.
París y el barrio latino
En 1079, además de su famosa bula Libertas ecclesiae —que establecía que el papado no debía someterse al imperio y al poder laico—, el papa Gregorio VII decretó que todas las catedrales y monasterios debían establecer escuelas para la formación de los sacerdotes. El resultado fue una gran expansión de la enseñanza, y los lugares donde existía mayor concentración de monasterios se convirtieron en «centros de educación».
Uno de estos centros era la ciudad de París. Para principios del siglo XI, el corazón de París lo conformaban el palacio real —situado en Île de la Cité— y la catedral de Notre Dame que alojaban a los depositarios del poder secular y eclesiástico, el preboste y el canciller, respectivamente. A la vera de la catedral existía una escuela que atraía a un importante número de estudiantes que, junto con los catedráticos, se alojaban en los edificios próximos a Notre Dame.
Además, en la ribera izquierda —la rive gauche— del Sena existían diversos monasterios, cada uno con su propia escuela: Sainte-Geneviève de París, Saint-Germain-des- Prés y Saint-Victor de París. Cada una de estas escuelas tenía un director y varios maestros que solicitaban el rango de profesores y se integraban a la Facultad de cada institución. Los cursos consistían en lecturas de un texto generalmente aceptado como algo que debía aprenderse, de suerte que los estudiantes debían copiar el texto y, en la marginalia, anotar las explicaciones que el profesor daba sobre el mismo.
Para saber si las universidades se gestaron al calor de las copas, lea su Algarabía 76


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