Los avances tecnológicos actuales, como la resonancia magnética, permiten a los científicos medir directamente la actividad cerebral. Esta capacidad también ha hecho posible retomar y reformular conceptos psicoanalíticos clave, esas fuerzas internas que escapan a nuestra conciencia y que influyen en nuestro comportamiento.
por Heather A. Berlin y Christof Koch
De acuerdo con la teoría psicodinámica, existen procesos inconscientes que, de forma defensiva, tratan de mantener fuera de nuestra conciencia a los pensamientos e impulsos que nos provocan ansiedad. Estos procesos incluyen la represión, la supresión y la disociación.
La supresión es una forma voluntaria de represión propuesta por Sigmund Freud en 1892, es un mecanismo que consiste en «sacar de la conciencia» los deseos, pensamientos, recuerdos, emociones y fantasías indeseables o incómodos. Por ejemplo, cuando una persona está en un proceso de duelo por la muerte de alguien o por una relación que terminó, puede tratar conscientemente de no pensar en ello para seguir adelante con su vida; o cuando alguien siente el impulso de decirle a su jefe lo que piensa de él y de su comportamiento infantil, mejor suprime la idea porque «necesita la chamba».
En ambos casos, el deseo consciente es coartado por la voluntad, también consciente, de evitar llevar a cabo la acción. No obstante, los impulsos siguen ahí y pueden salir de otra forma: por ejemplo, desarrollando una tos nerviosa cuando se está junto al jefe en cuestión, o un deseo sexual no satisfecho, éste puede desembocar en un «acto fallido» o un lapsus linguae.
En general, los pensamientos, los deseos y las memorias suprimidas pueden influir en nuestro comportamiento, nuestros pensamientos conscientes y nuestros sentimientos, y pueden expresarse mediante síntomas o, incluso, como enfermedades mentales.
Aunque muchos afirman que el mecanismo de supresión es un mito psicoanalítico sin bases científicas; las últimas investigaciones no sugieren lo mismo. El psicólogo Michael C. Anderson, de la Universidad de St. Andrews, en Escocia, llevó a cabo un experimento de «pensar/no pensar» para explorar la base cerebral de la supresión de la memoria. Un grupo de voluntarios tuvo que memorizar 48 pares de palabras y luego, ya con un escáner puesto, se les mostraba la primera palabra y ellos tenían que recordar la palabra asociada —respuesta condicionada—, o bien, evitar que ésta entrara en su pensamiento consciente —supresión condicionada—; se observó que suprimir voluntariamente la palabra asociada durante el experimento provocaba que después fuera más difícil recordarla, pero de manera diferente al olvido que ocurre con el tiempo —un olvido más enfático, más definitivo.
Evidencias de la supresión
Las imágenes del escáner mostraron que, al suprimir las palabras, los participantes utilizaban áreas en la corteza prefrontal para bloquear los procesos de los sectores del cerebro involucrados en la formación de recuerdos —en particular del hipocampo—; esto es importante, porque estudios anteriores mostraban que la capacidad de recordar era proporcional a la actividad del hipocampo. Pero más importante aún fue descubrir que existe mayor actividad cerebral cuando se trata de suprimir un recuerdo que cuando se trata de recordarlo. La gente suele suprimir los recuerdos no deseados por medio de un esfuerzo voluntario, el cual puede ser rastreado en el sistema nervioso revelando una forma que sólo Freud pudo imaginar —después de todo, él tenía una formación neurocientífica—. Este vínculo entre la supresión y los mecanismos del cerebro relacionados con el control de nuestra conducta, llevan al fenómeno de la supresión, del diván del psicoanalista al ámbito físico de la neurociencia.
No suprima su deseo y corra por Algarabía 76.

También puedes comentar usando facebook: