La magia del cine 3D

La época en que vivimos nos ha regalado maravillas tecnológicas que antes sólo creíamos posibles en películas de ciencia ficción, y muchos de estos inventos han sido cool, útiles y, si no indispensables, sí bastante amigables con el ser humano.

Por Víctor Artasánchez.
Sin embargo, existe una promesa que a todos los amantes de la tecnología se nos ha hecho, y durante años se ha tratado de cumplir a medias: la llamada tercera dimensión o 3D.

Hace muchos años, vi un documental que hablaba de las «maravillas» que habría en el año 2000, entre las que aparecían inventos como el Jetpack —un arnés con cohetes que se ponía como mochila para elevarse—, que después todo el mundo vio en la inauguración de las Olimpiadas de Los Ángeles 84; o el horno de microondas y el teléfono celular, que hoy son de uso cotidiano o sencillamente han sido superados.

Y uno podría pensar que la tecnología del cine 3D es de esta clase de maravillas que la tecnología reciente ha hecho posible, pero la verdad es que tiene una historia que prácticamente va de la mano con la invención de la fotografía y del cinematógrafo.

La «invención» del 3D

Este «invento» —por llamarlo de alguna manera— no es tal, pues la tercera dimensión es un artilugio mental, una ilusión generada en nuestro cerebro, que nos sirve para distinguir fondo y figura, profundidad y orientación espacial mientras nos movemos.
La capacidad de generar este efecto se debe a nuestra visión estereoscópica, derivada del hecho de poseer dos ojos, separados entre sí por unos cuantos centímetros y que, justo por esta razón, no captan imágenes idénticas, sino que cada uno tiene un ángulo de visión propio. A cada momento las imágenes registradas por los dos ojos son sintetizadas por nuestro cerebro, resultando en una imagen tridimensional.

No necesita lentes 3D para leer su Algarabía 75.

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