Edimburgo

El presente texto está tomado del primer capítulo de Edinburgh: Picturesque Notes (1879), libro considerado uno de los más personales y vívidos del escocés Robert Louis Stevenson, mitad guía y mitad crítica social, que contiene una mirada profunda al Edimburgo de otro tiempo.

La antigua y famosa metrópolis del norte se asienta frente a un ventoso estuario en la pendiente y en la cumbre de tres colinas. Ningún emplazamiento podría resultar más importante para la ciudad principal de un reino, ninguno mejor elegido para nobles vistas.

Desde su alto precipicio y desde las terrazas de sus jardines, contempla una gran superficie de mar y de extensos campos. Por el Este puedes ver al atardecer la chispa del faro de May, donde el Firth desemboca en el mar del Norte, y por el Oeste, por la ribera del Stirling, puedes ver las primeras nieves en Ben Ledi.

Pero Edimburgo paga cruelmente su alto asentamiento con uno de los climas más horrendos del mundo. Puede verse atravesada por todos los vientos que soplan, quedar anegada de lluvia, sumergida en frías nieblas marítimas procedentes del Este, y espolvoreada de nieve que llega volando por el sur de las colinas de las Highlands.

El tiempo es duro y tempestuoso en invierno, cambiante y antipático en verano, y un auténtico purgatorio meteorológico en primavera. Los delicados mueren pronto, y yo, un superviviente entre los vientos lúgubres y la lluvia súbita, me he sentido tentado a veces de envidiar su suerte.

Aquellos a los que les gusta el amparo y las bendiciones del sol, que odian el tiempo oscuro y andar siempre torcido a causa de las tormentas, no podrían encontrar un lugar de residencia menos acogedor y más hostigador. Y sin embargo, la gente se encariña con el lugar; vayan donde vayan, se sienten orgullosos de su antiguo hogar.

Se ha dicho que Venecia se diferencia de todas las demás ciudades por el sentimiento que inspira. El resto puede tener admiradores, pero sólo ella, la famosa belleza, cuenta con amantes en su séquito.

Y, efectivamente, ni siquiera los mejores amigos de Edimburgo la consideran de la misma manera. A ellos les gusta por muchos motivos, ninguno de los cuales resulta satisfactorio en sí mismo. Les gusta caprichosamente, por decirlo de algún modo, y de forma algo similar a un virtuoso que adora su gabinete. Su atracción es romántica en el sentido más limitado de la palabra. Pese a que es hermosa, no resulta tan hermosa como interesante.

Descubra Edimburgo desde las páginas de Algarabía 74

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